En los días iniciales de la Cuaresma, el libro El Señor nos lleva de la mano —que recoge homilías privadas de Benedicto XVI pronunciadas en el monasterio Mater Ecclesiae— ofrece una oportunidad singular para redescubrir el sentido profundo de este tiempo litúrgico. La Revista Ecclesia destaca así la meditación del 9 de marzo de 2014, correspondiente al primer domingo de Cuaresma, en la que el Papa emérito propone entrar en lo que denomina el “sacramento de los cuarenta días”, expresión que remite al misterio mismo del desierto bíblico.
Para Joseph Ratzinger, la Cuaresma no era simplemente una preparación moral para la Pascua, sino un misterio que introduce al creyente en la lógica de Dios. Comentando el Evangelio de las tentaciones, afirma que Jesús es conducido por el Espíritu “a entrar en el sacramento cuadragesimal, en el sacramento de los cuarenta días”. Ese desierto recuerda los cuarenta años de Israel: tiempo de cercanía con Dios, pero también de prueba y purificación.
El hambre del hombre y el verdadero alimento
Ante la primera tentación —convertir las piedras en pan— Benedicto XVI desvela una cuestión siempre actual: ¿en qué consiste realmente la redención? El tentador sugiere que el Mesías debe eliminar el hambre material. Pero, advierte, el bienestar no agota la vocación del hombre. “Vemos cómo precisamente en los países del bienestar (…) el hombre se destruye a sí mismo, se autodestruye”.
Incluso cuando posee lo necesario, el corazón humano puede vaciarse si pierde el sentido de Dios. Por eso, “el pan de Dios es Cristo mismo”. La verdadera Cuaresma comienza cuando el creyente comprende que el hambre más profunda no es solo física, sino espiritual.
El ayuno, en este contexto, adquiere una dimensión concreta y solidaria. No es una práctica intimista, sino apertura al otro: “El ayuno y la renuncia están orientados a la corresponsabilidad, al compartir, al amor”. La conversión personal desemboca necesariamente en caridad.
No poner a Dios a prueba
La segunda tentación introduce una mentalidad muy contemporánea: someter a Dios a experimento. “Queremos hacer el experimento; Dios debería someterse a nuestro experimento”, advierte Ratzinger. Es la pretensión de reducir la fe a demostración empírica.
Sin embargo, Dios no se impone como un objeto de laboratorio. “Dios nos deja la libertad y nos espera en un camino de búsqueda”. Ese camino es la oración, entendida como ejercicio del deseo de Dios. La Cuaresma, así, se convierte en escuela de confianza: aprender a buscar su rostro sin exigir pruebas espectaculares.
El misterio del sufrimiento redentor
La tercera tentación —el poder sobre los reinos del mundo— revela la lógica opuesta a la cruz. Incluso Pedro, al rechazar el anuncio de la pasión, intenta apartar a Jesús del camino del sufrimiento. Pero la respuesta del Señor es tajante: la salvación no pasa por el dominio político ni por el éxito inmediato.
Benedicto XVI resume esta verdad con palabras que condensan el núcleo del Evangelio: “Jesús no vino a liberarnos del sufrimiento, sino a liberarnos a través del sufrimiento”. La redención no consiste en suprimir la cruz, sino en transformarla desde dentro mediante el amor.
Un combate interior
En el tramo final de su homilía, el Papa emérito evoca la antigua expresión Militia Christi, pero la redefine como una “guerra santa del amor contra la frialdad del corazón”. La Cuaresma es combate, sí, pero no contra enemigos externos, sino contra la indiferencia, el egoísmo y la soberbia que anidan en el propio corazón.
La petición con la que concluye resuena como programa espiritual para estas semanas: “Pidamos al Señor que nos ayude a entrar en el misterio cuaresmal, a ser verdaderamente cristianos y a aprender la verdadera redención”.
En estas palabras, pronunciadas hace unos años en la discreción de una capilla monástica, Benedicto XVI nos recuerda que la Cuaresma no es una temporada de prácticas formales, sino un camino de transformación interior. Un desierto que no conduce al vacío, sino a Cristo, verdadero pan, verdadera certeza y verdadera victoria.