Naufraga la gestión del Vaticano para frenar las consagraciones

Naufraga la gestión del Vaticano para frenar las consagraciones

Alguien debería advertir a León XIV y al cardenal Fernández de que cometen un error de base en la gestión del caso de la Fraternidad de San Pío X: actuar como si estuviéramos en 1988. No lo estamos. Entonces, Écone fue un pequeño terremoto en un ecosistema informativo lento, jerárquico y fácilmente encuadrable desde los centros de poder. Hoy el escenario es radicalmente distinto.

Vivimos en la era de las redes sociales, de comunidades digitales transnacionales que se organizan y movilizan en horas. El mundo tradicional no es una periferia aislada. Tiene seminarios, prioratos, vocaciones y una capacidad de comunicación directa con millones de fieles. En algunos países, la vitalidad vocacional del ámbito tradicional contrasta de forma llamativa con el declive de estructuras diocesanas enteras. Las certezas post-45 sobre las que se construyó el mundo posmoderno y el posconcilio han sido trituradas, la ventana de Overton ha explotado.

Jugar este conflicto con una estrategia propia de los años noventa es jugar con fuego. Un “Écone” en 2026 no sería un episodio encapsulado. Puede convertirse en un estallido incontrolable, amplificado globalmente, capaz de consolidar un contrapeso estructural estable. Pensar que la dinámica será la misma que hace casi cuarenta años es ignorar el terreno sobre el que se pisa.

Una estrategia temerosa y pastoralmente débil

Roma ofreció un “diálogo específicamente teológico” dejando claro que los textos conciliares no se corrigen y que la legitimidad de la reforma litúrgica no se discute. Desde el punto de vista doctrinal, la posición es coherente, pero desconcierta que se haya elegido ese campo como eje central de la negociación. Lo que estaba en juego no era un simposio académico sobre documentos de los años 60 y 70, sino la continuidad sacramental del rito tradicional y de su comunidad más grande del mundo.

¿Te imaginas la imagen de un Papa que recibe personalmente al disidente y escucha, en lugar de delegar todo en un prefecto controvertido? ¿Te imaginas una propuesta caritativa en la que Roma ofreciera garantizar ordenaciones y confirmaciones a través de obispos en comunión, en paralelo al debate doctrinal? ¿Te imaginas una Roma más preocupada por asegurar que las almas puedan cumplir el precepto y recibir los sacramentos válidamente que por sacar del cajón disputas sobre documentos de los años sesenta y setenta?

Ese movimiento habría cambiado el terreno. Habría obligado a la Fraternidad a retratarse ante millones de fieles. En cambio, se optó por un comunicado rápido necesariamente preparado antes de la propia reunión, por tachar incorrectamente de cisma un desacato y por poner en el centro un debate abstracto técnico con resultado previsible y las cartas marcadas.

Fracaso personal y riesgo estructural

Si las consagraciones se consuman, como ya parece irreversible, no será solo un fracaso de negociación. Será percibido como un fracaso personal del Papa en la gestión de la unidad. No porque deba ceder en la doctrina, sino porque no supo —o no quiso— desplegar toda la caridad pastoral y la autoridad simbólica que la situación exigía.

Muchos fieles que no pertenecemos a la FSSPX ni compartimos todas sus posiciones observamos con preocupación dos errores simultáneos: la unilateralidad de consagrar sin mandato y la torpeza de una estrategia romana marcada por la dejadez y la falta de visión. Defender la autoridad del Papa no obliga a aplaudir decisiones ineficaces.

Si de verdad preocupan las almas, la prioridad no puede ser ganar un debate ya ganado, sino evitar una fractura que puede adquirir dimensiones imprevisibles en el contexto actual. Gobernar es anticipar consecuencias. En este caso, la sensación creciente es que se ha reaccionado con esquemas del pasado ante un escenario nuevo y explosivo. Y eso, en la Iglesia de hoy, es una imprudencia de gran alcance.

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