Satué y la línea roja entre experiencia personal y magisterio episcopal

Satué y la línea roja entre experiencia personal y magisterio episcopal

Las declaraciones de José Antonio Satué en las que aplaude las bendiciones a parejas homosexuales confirman una línea que no es nueva en él: una voluntad explícita de situarse en la «vanguardia» en cuestiones polémicas, especialmente en lo referente a la homosexualidad activa y la bendición de parejas del mismo sexo. Nada hay que objetar, en el plano personal, a la especial proximidad con la cuestión homosexual de este obispo. Es indudable que la inclinación en sí misma no es pecado, como enseña el Catecismo, y nadie debería ser juzgado por una condición que no ha elegido. La Iglesia distingue con claridad entre la persona y sus actos. Esa distinción es fundamental y debe ser respetada siempre.

La cuestión no es, por tanto, la vida privada de nadie en particular, ni siquiera de un obispo. El problema surge cuando determinadas sensibilidades personales parecen convertirse en prisma interpretativo de su ministerio episcopal. Un obispo no habla en nombre de su biografía ni desde su experiencia subjetiva, sino en nombre de la Iglesia. Su misión no consiste en trasladar al gobierno pastoral sus vivencias personales, sino en custodiar y transmitir íntegramente el depósito de la fe.

Cuando Satué afirma que la bendición de parejas del mismo sexo es “un paso adelante”, no está simplemente compartiendo una opinión privada: está marcando orientación pastoral en una diócesis concreta, la de Málaga, que no tiene que ser rehén de los traumas de nadie. La Iglesia ha enseñado de forma constante que el matrimonio es entre hombre y mujer y que los actos homosexuales no pueden ser aprobados moralmente. Cualquier gesto que, aunque no equipare formalmente esas uniones al matrimonio, pueda generar confusión sobre ese punto, es una malversación de la labor del obispo.

El episcopado no es un espacio de autoexpresión. Es un ministerio de representación sacramental de Cristo y de comunión con la Iglesia universal. La vida personal de un obispo pertenece a su ámbito íntimo; su enseñanza, en cambio, pertenece a la Iglesia. Confundir ambos planos empobrece el ministerio y debilita la claridad que los fieles necesitan.

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