El cardenal dominico Timothy Radcliffe ha respondido con firmeza a quienes lo encasillan como “progresista”, después de que algunos sectores conservadores criticaran su elección para abrir con una meditación el consistorio convocado por León XIV. En una entrevista concedida a La Repubblica, el purpurado inglés lamenta que se le reduzca a una etiqueta ideológica y afirma que “las etiquetas van bien para los tarros de mermelada, no para los seres humanos”.
Radcliffe asegura que muchos de los que lo juzgan “no han leído ni una palabra” de sus libros o artículos y sostiene que la polarización entre “tradicionalistas” y “progresistas” es ajena a la esencia del catolicismo. A su juicio, la fe vive de una tensión fecunda entre la fidelidad a la tradición y la apertura a la acción renovadora del Espíritu, no de una oposición radical entre lo antiguo y lo nuevo.
Defensa del impulso sinodal
El cardenal, elegido por Francisco para predicar en el Sínodo y ahora invitado por León XIV a intervenir ante los cardenales, considera que el actual Pontífice continúa el camino sinodal iniciado por su predecesor. De hecho, define como “profundamente sinodal” el último consistorio, en el que —según relata— los cardenales votaron los temas que deseaban abordar.
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Radcliffe sostiene que la “extraordinaria creatividad” de Francisco y el “ministerio de unidad” de León XIV son “perfectamente complementarios”. En su opinión, la Iglesia necesitaba el impulso reformador del Papa argentino y ahora requiere un trabajo específico de reconciliación para quienes se sintieron inquietos ante determinados cambios.
Tensiones en la Iglesia
En relación con las tensiones internas, admite que documentos como Fiducia Supplicans provocaron “indignación y rabia” en numerosos obispos y reconoce que habría sido deseable un proceso más amplio de escucha antes de su publicación, sin renunciar por ello a la idea de una Iglesia que sea “casa de todos”.
En ese mismo marco de debate eclesial, reafirma su postura “totalmente a favor” del diaconado femenino. Radcliffe no ve objeciones teológicas decisivas en contra y, aunque reconoce las reservas expresadas por Francisco sobre la clericalización, dice comprender la frustración de muchas mujeres que reclaman mayor reconocimiento de su autoridad en la vida de la Iglesia.
Sobre la sinodalidad, Radcliffe admite que existe temor a una pérdida de autoridad en un contexto general de crisis institucional. Sin embargo, sostiene que la autoridad no se debilita cuando se escucha al Pueblo de Dios, sino que se fortalece. Por lo tanto, para superar la polarización interna, el cardenal no propone un simple punto medio entre extremos, sino atender con seriedad las preocupaciones profundas. La unidad, concluye, no se construye con etiquetas, sino desde la comunión y la escucha mutua.
No hay unidad sin la Verdad
La Iglesia no se construye sobre etiquetas ni sobre mayorías coyunturales, sino sobre la Verdad revelada y transmitida. La unidad que hoy se invoca solo será sólida si está enraizada en la tradición apostólica y en la claridad doctrinal. Todo lo demás —incluidas las buenas intenciones— aumentan la confusión, los fieles necesitan certezas, no ambigüedades.