La distancia entre púlpito y realidad está empezando a ser obscena

La distancia entre púlpito y realidad está empezando a ser obscena

Entre el restaurante cómodo, donde comen los obispos hasta inflarse, y la perfumería asaltada de la víctima de los menas, hay cada vez más metros.

Un amigo me cuenta que ayer asaltaron la perfumería de su madre. Los agresores, menores extranjeros no acompañados. No es una estadística. No es un argumentario. Es una mujer concreta, un negocio pequeño, el susto, el miedo que no se borra cuando baja la persiana.

Y mientras tanto, desde tribunas eclesiales se repite que hablar de fronteras, de límites o de consecuencias sociales es “negación del Evangelio”, es falta de misericordia, es casi un sacrilegio.

Aquí es donde el discurso se estrella contra la realidad.

Porque la madre asaltada también es prójimo. También es digna. También es vulnerable. También tiene derecho a seguridad. Y su miedo no es ideología: es experiencia.

La misericordia no puede ser selectiva. No puede mirar solo en una dirección. No puede conmoverse infinitamente ante el recién llegado y mostrarse fría —o peor, moralmente acusadora— ante quien sufre las consecuencias de políticas mal pensadas.

Y surge una pregunta incómoda. Ojalá quienes predican con tanta ligereza sobre fronteras inexistentes y acogidas sin condiciones tuvieran que enfrentarse personalmente al desorden que sus palabras legitiman. No para que sufran violencia —nadie desea eso—, sino para que el debate dejara de ser abstracto. No es lo mismo escribir sobre “los pobres” desde un restaurante cómodo, con sobremesa tranquila y seguridad garantizada, que cerrar una tienda con el corazón acelerado después de un asalto.

La distancia entre púlpito y realidad está empezando a ser obscena.

Cuando un obispo afirma que cuestionar determinadas políticas migratorias es escupir a Cristo, debería recordar que el pequeño comerciante también es Cristo. Que la anciana asustada también es Cristo. Que la familia que ve degradarse su barrio también es Cristo.

El Evangelio no es un eslogan para bendecir decisiones políticas concretas. La caridad no elimina la prudencia. Y el bien común no es una categoría sospechosa.

Lo que muchos fieles perciben es una compasión ideologizada: una compasión que exige silencio, que descalifica la experiencia concreta y que convierte cualquier pregunta en pecado. Eso no fortalece la fe. La erosiona.

La madre asaltada no necesita sermones sobre fuego y agua. Necesita que alguien le diga que su seguridad importa. Que su miedo importa. Que su dignidad no es inferior a la de nadie.

Y recordarlo no es falta de misericordia. Es justicia.

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