Entre los muchos detalles que han salido a la luz en torno a Jeffrey Epstein, hay uno que ha pasado sorprendentemente desapercibido. En 2018, en un correo dirigido a Steve Bannon, Epstein copió íntegramente la proclamación de Lucifer en Paradise Lost del poeta John Milton:
Aquí al menos seremos libres; el Todopoderoso no ha construido este lugar por envidia suya, ni nos expulsará de aquí:
Aquí podremos reinar seguros, y en mi elección de reinar vale la pena la ambición, aunque sea en el Infierno:
Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo.
No es un verso suelto ni una ironía culta. Es el núcleo doctrinal de la rebelión luciferina. Es la anti-teología del non serviam: libertad entendida como ruptura con Dios, ambición elevada a principio supremo, reinado concebido como dominio sin límites, e infierno reinterpretado como espacio de soberanía.
En un personaje cualquiera podría pasar por provocación literaria. En Epstein, no. No hablamos de un excéntrico solitario, sino de un operador que acumuló información sensible sobre élites políticas, financieras y académicas; que comprometió a poderosos; que construyó un sistema de captación, grabación y archivo; y que mantuvo durante años una estructura de protección casi inexplicable. Quedan demasiadas lagunas. ¿Para quién almacenaba tanta información? ¿A quién servía realmente? ¿Con qué finalidad comprometía a figuras clave del poder global?
La cita adquiere entonces otra densidad. No es estética: es programática. El “reinar seguros” del texto encaja con la creación de un entorno blindado donde la ley parecía no penetrar. La ambición que “vale la pena aunque sea en el infierno” se corresponde con una lógica donde el poder es fin en sí mismo, aunque el coste sea la destrucción de inocentes y la corrupción moral de las élites.
Sabemos bien que el satanismo no se reduce a rituales concretos – que existen- sino que impregna ambientes y actitudes. Existe una adhesión intelectual y operativa a la lógica de Lucifer en Epstein: no servir a Dios, no reconocer límite, instrumentalizar al prójimo, colocar el propio dominio como absoluto.
Más aún: la elección del destinatario no es irrelevante. Steve Bannon ha sido descrito como un estratega obsesionado con el poder, la construcción de movimientos y la influencia. Epstein, que sabía detectar debilidades y tentaciones en los hombres del poder, le coloca delante el lema exacto: mejor reinar que servir. El espejo de su mayor tentación.
¿Era Epstein un satanista en sentido formal? Aunque se han podido identificar indicios gráficos, quizás no hay (todavía) acreditados altares o manuales de rituales satanistas en los documentos públicos desclasificados. Pero la hipótesis se hace más que verosimil cuando convergen una vida estructurada en torno al dominio y la corrupción; una red opaca de información y chantaje que sugiere fines superiores no aclarados; y la adopción explícita de la consigna luciferina como mensaje propio.
El mal no es solo desorden individual: a veces es proyecto, y a veces es sistema. En ocasiones deja rastros simbólicos que delatan la lealtad profunda de quien lo encarna. La frase citada por Epstein no fue un accidente literario. Leída a la luz de su trayectoria, suena menos a metáfora y más a identificación.