La sotana que va y viene, ¡oh metáfora!

La sotana que va y viene, ¡oh metáfora!

Cuando León XIV acababa de ser elegido, nadie sabía exactamente cómo respiraba el nuevo pontificado. Tras años de giros imprevisibles, silencios elocuentes y sastrería minimalista, lo prudente era no arriesgar. Y el Opus Dei, que de prudencia estratégica sabe un rato, compareció en aquella primera audiencia con el uniforme bajo perfil: traje oscuro, clergyman discreto, estética de sobriedad institucional. Ni demasiado clerical, ni demasiado simbólico. Lo justo para no equivocarse.

Era lógico. Los primeros días de un Papa son territorio minado. Un gesto mal interpretado puede convertirse en titular. Una sotana puede parecer reivindicación. Y el Opus, que ha aprendido a sobrevivir en todos los climas eclesiales, optó por la prudencia textil.

Meses después, la escena cambia. León XIV ya no es incógnita. Se le ha visto cómodo con signos tradicionales, con formas clásicas, incluso con una sastrería más cuidada que la de su predecesor. Ya no parece que una sotana vaya a ofender sensibilidades. Al contrario. Y entonces reaparece la sotana negra, el fajín, los botones alineados. La versión completa del clericalismo elegante.

No es un detalle menor. Es una declaración sin palabras: ahora sí. Ahora conviene. Ahora no molesta.

Y ahí asoma el verdadero espíritu que se quiere retratar. El Opus Dei siempre ha defendido que tiene principios firmes, identidad clara, misión estable. Sin embargo, su forma de presentarse ante el poder eclesial ha demostrado una elasticidad admirable. Cambia el clima, cambia el tono. Cambia el pontificado, cambia el gesto. Cambia la atmósfera, cambia el traje.

La frase de Groucho Marx encaja con una precisión incómoda: “Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”. No porque la Obra no tenga doctrina —la tiene—, sino porque su instinto de conservación es más fuerte que cualquier teatralidad identitaria. La sotana no es renunciada; es administrada. No desaparece; se dosifica.

En paralelo, el Vaticano añade su propio matiz llamando “moderador” a quien durante décadas fue presentado como prelado. No es lo mismo. No suena igual. No pesa igual. Es una reducción silenciosa, burocrática, quirúrgica. Pero eso pertenece a otro plano. Cuando el moderador decidió recuperar la sotana, no sabía qué término usaría la Sala Stampa. La elección del traje fue cálculo; la etiqueta romana, corrección jurídica.

Lo interesante es el conjunto: una institución que nació reivindicando santificación en medio del mundo y que hoy parece especializada en santificación en medio de cualquier viento. Sotana o clergyman, prelatura o moderación, excepcionalidad o normalización. Siempre hay versión disponible.

La sotana no va y viene por descuido. Va y viene porque en el Opus Dei la identidad no se exhibe: se gestiona.

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