TRIBUNA: El apostolado olvidado, los ancianos

TRIBUNA: El apostolado olvidado, los ancianos

Por: Yousef Altaji Narbón

Levántate ante el canoso, honra la persona del anciano y teme a tu Dios (Lev 19,32). El anciano: objeto de repulsión, marginación, obsolescencia y olvido. Así paga el mundo revolucionario a los ancianos, ya cuando su vida util -conforme a sus términos y modo de pensar- concluye y pasan a formar una carga para la sociedad, que es cuestión de tiempo que perezcan. El libro del Levítico se contrapone en santa oposición a lo previamente mencionado como el típico actuar de una cultura neopagana. El anciano constituye una parte esencial de la civilización cristiana. ¿Qué digo? ¡Más que eso! En una parte vital e indispensable del orden instituido por Dios en el orden terrenal; es tan importante que Dios Padre Celestial se identifica con la figura del anciano. Nosotros, que deseamos restaurar todas las cosas en Cristo, como bien lo estableció San Pío X como el ápice de su pontificado, no podemos olvidar o dejar pasar este apostolado de relevancia que consiste en la ayuda o cuidado de los ancianos.

La importancia del anciano

Usualmente -y con bastante tristeza- no se ve más allá de lo físico en relación a la figura del anciano, pero en el plano sobrenatural es donde se puede ver la joya que yace dentro de la persona de la tercera edad. Las Sagradas Escrituras son nuestra referencia para entender el valor invisible (y aún más trascendente que lo visible) del anciano: Fructificarán aun en la senectud, y estarán llenos de savia y verdor” (Salmo 92, 15); “Expiró y murió Abraham en senectud buena, anciano y lleno de días, y fue a reunirse con su pueblo.” (Gen 25, 8); “Isabel era estéril y los dos ya avanzados en edad.” (Lucas 1, 7). De estas citas bíblicas podemos extraer varias conclusiones puntuales. Dios concede la sabiduría a los ancianos, a los que han llegado a la senectud de su vida; hasta tal punto es concedida que “estarán llenos de savia y verdor”. Suena contradictorio estar al final de la vida a la vez dando un pleno verdor. Así es como funciona la Eterna Sabiduría: después de largos años, uno crece en experiencia y Dios bendice a aquellos que han caminado obedientemente su camino con toda clase de gracias hasta crecer como el cedro del Líbano (Salmo 92, 13). Este árbol es fuerte, robusto y llega a su esplendor mientras más años tenga de vida. Justo este es el caso con los mayores de edad desde lo sobrenatural, lo cual supera a leguas lo palpable en el plano tangible, consistente en dolores, pérdida de peso, fatigas, enfermedades y demacración corporal.

Veamos la vida del justo Abraham. En el versículo bíblico citado con anterioridad se describe en unas palabras toda la vida de este santo patriarca. Fijemos la mirada en el detalle de la triple mención que hace el autor del libro sagrado del Génesis: “senectud buena, anciano y lleno de días”; en eso versa la vida del anciano. Solo estas personas pueden alcanzar un estado de semejante unión con Dios, aunado a la plenitud de todas las cosas terrenales, habiendo cursado el largo trecho de la vida cristiana. En otro orden de ideas, tenemos a los irreprochables -para usar la palabra exacta utilizada en el texto Sagrado- Santa Isabel y San Zacarías. En breves estrofas de las Sagradas Escrituras se ilustra el nivel de piedad de estos dos vitales personajes en la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Se les puntualiza por el milagro grandioso que acontece en el ocaso de la vida de ambos. En la ancianidad de los prenombrados es cuando Dios dispensa su misericordia copiosa para anunciarles el advenimiento del gran profeta San Juan Bautista. Esta es la clase de frutos que rinde la ancianidad aprovechada al máximo conforme a los preceptos divinos.

En otras secciones de la historia de la salvación se puede apreciar de forma tácita no solo la importancia, sino la indispensabilidad del mayor de edad en todo. Cuando Cristo, en los brazos de sus padres, se le presenta en el templo para cumplir el precepto de la antigua ley, uno se debe preguntar quiénes son los primeros dos que reconocen la venida del Mesías: unos ancianos. Simeón y Ana, dos personas longevas y con una profundidad espiritual como la de ningún otro. En cierto modo, es Simeón, un anciano bendecido por Dios, quien da las primeras palabras de alabanza pública hacia el Hombre-Dios, ya que podemos leer exactamente lo que Dios puso en su boca para proclamar las maravillas de aquel suceso divino. Este es el mismo caso de Ana, quien dio gran alabanza al Todopoderoso porque finalmente ha visto al Salvador (Lucas 2, 38). Transportándonos al último libro de la Biblia, se aprecian las figuras de los ancianos como los elegidos de Dios hasta el punto de rendir suprema adoración al Cordero sin mancha. ¿Qué otras pruebas necesitamos para ver la relevancia -me atrevo a decir- divina de los avanzados en edad? De ellos es de quienes podemos aprender una cantidad inimaginable de conocimientos de todo tipo para poder formar nuestras vidas con pensamientos y pautas probadas con el tiempo. De ellos podemos aprender cómo acercarnos a Dios, ya que ellos se encuentran cada vez más cerca de Él, no por estar cerca de la muerte, sino por el nivel de unión mística con Él. 

Haciendo un recorrido breve por la historia de la Cristiandad, se puede apreciar de manera explícita en qué forma los ancianos configuran una parte elemental del orden cristiano. Estos eran quienes principalmente eran los que tomaban las decisiones de peso, los referentes para algún tema y los guardianes de la historia de un pueblo. No es poca la responsabilidad impuesta sobre los mayores de edad. Se aplicaban todas las enseñanzas bíblicas enunciadas previamente con nitidez. Otro ejemplo es cuando en las familias cristianas de antaño, el anciano era quien mayor honor y respeto se le daba por su labor de transmitir la historia familiar a su heredad; de esta forma se prolonga y continúa la genealogía con su memoria. Todo esto y mucho más era el rol de este sector de la población que dotaba a un pueblo con virtudes, conocimiento y experiencia.

¿En qué consiste el apostolado con los ancianos?

Este apostolado, que ha sido olvidado porque ha sido dado por sentado, necesita ser resucitado por su valor tanto para ellos como para uno mismo. Llama la atención al observador formado que se le dé puesto de honor a la lucha Pro-Vida, la cual es de valor inmensurable, pero parece a veces eclipsar este apostolado que también es propiamente Pro-Vida. Ahora bien, puntualizando con celeridad, este tierno apostolado consiste en ser sirviente desinteresado y entregado de Cristo sufriente. Servir a un miembro de este sector demográfico es ser como un ángel socorriendo a Nuestro Señor Jesucristo en el desierto, al igual que en medio de su dolorosa muerte en la Cruz. En caso de que tengan algún dolor -sea fisico, moral o espiritual- nuestra labor es aliviar la carga para aprovechar al máximo la cruz puesta sobre sus hombros con el fin de su propia salvación, aunada a alcanzar una multiplicidad innumerable de gracias que solo se pueden recibir en esa condición. Tenemos el menester de ser bálsamos en esa última etapa de la vida en que ellos se pueden sentir solos, desalentados o propensos a alejarse de la verdad para vivir la comodidad de la modernidad neopagana.

Este trabajo apostólico no es muy fácil; es más, puede ser bastante difícil por el carácter de quien estamos ayudando. Si este es el caso, ¡oh, hermano, tu recompensa será mayor! Cuanto más pesada la cruz, mayor el mérito, y que podremos vislumbrar más a Cristo presente en nuestro ser querido de avanzada edad. Lo bello de este apostolado es que es muy sencillo, no requiere mucho para completar de forma deleitable.

Dicho lo anterior, entrando en el meollo del asunto, uno se preguntará de qué manera exactamente se realiza dicha obra de amor por el prójimo. No hay una fórmula precisa o de paso a paso para esto, pero sí existen ciertas nociones fundamentales, cuyo contenido es el siguiente. Primero, hay que conocer a la (o las) persona(s) con la cual hemos de desarrollar este apostolado. Claro, si es un abuelito nuestro, este paso es asimilado rápidamente por su estrechez de familiaridad. En caso contrario, se puede empezar a conocer a esta persona como se haría en toda otra situación. Antes de seguir, se toca indirectamente un punto de preeminencia con lo dicho en la oración previa, del cual conviene allanar sin ambigüedad alguna. Los ancianos no son muebles viejos que uno puede mover o hacer con ellos lo que esté dentro de nuestra potestad; no son cuervos mañosos que debemos mandar a callar porque su voz estorba, son personas que tienen todo el derecho de expresar su pensar en temas que les conciernen; no son conejillos de indias para hacer experimentos científicos de medicinas sedativas para atontarlos al grado de perder el uso de sus facultades corporales; no son seres irracionales que no tienen gustos, preferencias y opiniones, son tan humanos como aquel que lee el presente artículo -incluso los ancianos padecientes de algún tipo de condición degenerativa cognitiva-.

Aclarado de manera inequívoca lo expuesto en el parráfo precedente, vamos a dar continuidad a las pautas y pasos sugeridos. Segundo, hay un mar interminable de cosas que se pueden hacer como vehículo de este dichoso apostolado. Estas actividades pueden ser tanto piadosas como seculares. Unas sugerencias piadosas pueden ser, pero no se limitan a: rezar el Santo Rosario con ellos (o por ellos), alguna devoción de su preferencia, leer las lecturas del día, compartir un rato de meditación espiritual con ellos, leer algún texto piadoso de los santos, contar episodios conocidos de las Sagradas Escrituras y relatarlos de manera entretenida, repasar la vida de los santos; si es domingo y su condición no permite ir a la Santa Misa, se pueden leer los textos de la misma para unirse espiritualmente al Santo Sacrificio. Estas son algunas ideas que serán de enorme provecho en el plano sobrenatural para ambos.

En el plano secular se pueden realizar una variedad de actividades estimulantes con ellos. A continuación una terna diversa de ideas: una conversa sobre temas de su interés, que cuenten  momentos especiales de su vida o momentos historicos que vivieron, dependiendo su nivel de movilidad física se pueden hacer rompecabezas o jugar algun juego de mesa, leer un libro sencillo de su preferencia, pintar o colorear, comer algo delicioso juntos, escuchar su música favorita, contarles de la vida de uno -esto los hace sentir importantes-, otra idea fenomenal es hacer actividades productivas con ellos porque los hace sentir útiles en el plano terrenal. Se puede solicitar amablemente su ayuda con cosas ínfimas como doblar ropa, poner la mesa, que nos ayuden con la cocina, contar algunos números de algo, hacerlos participar en algún aspecto de nuestros deberes de estado, entre otras iniciativas de las cuales se puede incorporar su ayuda.

En medio de todo esto, lo crucial es ejercer la creatividad para idear actividades y tareas que compartir con nuestros ancianos queridos. Pedirle al Espíritu Santo constante celo apostólico con nuestros seres queridos para poder siempre guiarlos a que todo sea para su edificación espiritual y la mayor gloria de Dios. Todo lo anterior se extiende con mayor motivo a los ancianos encamados, a los cuales debemos tratar con especial amor por su condición de vulnerabilidad casi absoluta. En ellos se puede ver a Cristo con aún más claridad porque se pueden aplicar las sabias palabras de San Camilo de Lelis que predicó: “Los enfermos son el corazón de Cristo”. Esto es totalmente cierto, estos son como tabernáculos vivientes, ¿de qué forma?, uno se preguntaría escandalizado, usando una simple pero piadosa lógica. Si estos abuelitos están encamados, están en estado de gracia por medio de una santa confesión, reciben la Santa Comunión; Cristo literalmente vive en ellos con pureza. En cierta forma llevan a Nuestro Señor Jesucristo tal como Él quiere ser llevado: con un corazón sencillo, puro y arrepentido; justo esto es estar viviendo un anticipo del cielo en la tierra. Sus oraciones, penitencias, dolores y sacrificios son significativamente más valiosos ante los ojos bondadosos del Sagrado Corazón.

Consideraciones finales

Para terminar este escrito, del cual espero que sirva como chispa para encender la llama del apostolado en aquellos que la Divina Providencia ha dispuesto a servir a los ancianos, es conveniente hacer unas consideraciones, unido con una advertencia severa para todos. Nos dice con gran amor San Juan de Dios: Ruega a Nuestro Señor Jesucristo que lo que vos hiciereis y vuestros hijos e hijas, todo sea para servicio de Nuestro Señor Jesucristo y de nuestra Señora la Virgen María.” (Cf. Primera Carta a Gutierrez Laso). Todo el servicio que podamos dar a los mayores de edad, desde lo más simple hasta lo más desagradable, se tiene que hacer para dar servicio a Jesús y María. No podemos perder de vista el valor de las acciones pequeñas hechas por amor a Dios. Incluso las Sagradas Escrituras nos dicen muy claramente que darle un vaso de agua a un pobre es gesto de valor incalculable ante los ojos del Altísimo. ¿Cuánto más alto será el servicio hacia un pobre anciano vulnerable y dependiente? Podemos tomar pautas basadas en el conocido Decálogo de los servidores de los enfermos inspirado en instrucciones de San Camilo de Lelis, como son: “Honra la dignidad y sacralidad de mi persona, imagen de Cristo, por encima de mi fragilidad y limitaciones… Cuídame como tú quisieras ser atendido, o como lo harías con la persona más querida que tengas en el mundo… Comparte mis angustias y sufrimientos: aunque no puedas quitarme el dolor, acompáñame. Me hace falta tu gesto humano y gratuito que me hace sentir alguien y no algo, o un caso interesante”. Estos deben ser los lemas para tomar como bandera en todo nuestro proceder con los mayores de edad. Solo de ponderar la expansión y posible fruto del apostolado aquí esbozado, el alma devota se regocija en santo fervor por querer empezar de inmediato a servir a Cristo sufriente en el prójimo.

Todo esto suena fenomenal visto con los ojos de la fe, pero pocos son los que hacen este apostolado. En realidad, hacen todo lo contrario con los ancianos, como fue dicho al inicio, pero es necesario recalcar insistentemente. El Juez Supremo y Todopoderoso ha emitido su sentencia de antemano para los hombres mundanos que abandonan a sus padres en asilos, no los llaman ni visitan, los tratan mal, los ven como una carga y, como si fuera poco, tácitamente esperan con cierto anhelo el día en que se mueran. Reza así el santo libro del Eclesiástico 3, 14-18: Hijo, acoge a tu padre en su ancianidad y no le des pesares en su vida. Si llega a perder la razón, muéstrate con él indulgente y no le afrentes porque estés tú en la plenitud de tu fuerza; que la piedad con el padre no será echada en olvido; y en vez del castigo por los pecados, tendrás prosperidad. En el día de la tribulación, el Señor se acordará de ti, y como se derrite el hielo en día templado, así se derretirán tus pecados. Como un blasfemo es quien abandona a su padre, y será maldito del Señor quien irrita a su madre.”. Son las palabras acusadoras de un Dios que se levanta por el débil y a su vez maldice la conducta soberbia y cochina de estas personas. Tengan la plena seguridad del advenimiento de la venganza divina con estos sujetos malditos que, por su actuar aparentemente poderoso con los ancianos, se están cavando su propia tumba. 

El presente autor ha hablado previamente sobre sus abuelos en el artículo titulado ¿Quiénes son los genuinos Traditiones Custodes? Con el pasar del tiempo, uno sigue aprendiendo a amar aún más a sus seres queridos de avanzada edad. Uno nunca sabe el día en que serán llamados para rendir cuentas ante el tribunal divino, por eso corresponde apreciar cada momento que se goce de su presencia. Beatriz, Shawquia, Tahsin, Jaime son nombres que solo suscitan gozo en el corazón de quien escribe estas palabras. Ellas guardan -las primeras dos que todavía viven por la gracia de Dios- la integridad de una vida plena y de haber dado buenos frutos; en esto se asemejan a lo escrito sobre Abraham en sus largos días de satisfacción. Los otros dos que fueron llamados después de haber vivido con el cariño y respeto debido a un pater familias. Los ancianos son un tesoro para nosotros, tan acostumbrados a la novedad instantánea notablemente carente de todo espesor sacral. Aprovechemos esta oportunidad de cuidar a los más vulnerables y ganar el cielo tanto para ellos como para uno mismo; seamos siempre los ángeles que deseamos tener en nuestra vejez para poder hacer el santo tránsito a la eternidad como Dios lo espera de nosotros.

 

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