Quincuagésima: Domine ut videam!

Quincuagésima: Domine ut videam!

Con el domingo de Quincuagésima, la liturgia romana llega al umbral mismo de la Cuaresma. Si Septuagésima nos enseñó a entrar despacio, y Sexagésima nos obligó a preguntarnos si la Palabra encontraba tierra, Quincuagésima va más al fondo: nos dice qué clase de Palabra es esta y adónde conduce. La liturgia deja de hablar en parábolas indirectas y se vuelve frontal: aparece Jerusalén, se anuncia la Pasión y se revela que el camino cristiano, para desembocar en la gloria, debe pasar primero por la Cruz aceptada. Nada hay aquí de sentimentalismo. Tampoco de dureza. Hay verdad desnuda, dicha con impresionante serenidad.

En el Evangelio Cristo anuncia con claridad lo que va a suceder: Ecce ascendimus Ierosolymam. Será entregado, burlado, azotado, crucificado… y resucitará. Pero el texto añade una frase decisiva: “ellos no entendieron nada de esto”. Porque la Cruz no se entiende desde fuera ni se asimila por pura inteligencia: sólo se comprende cuando se la sigue, siguiendo a Quien la lleva. Por eso inmediatamente después aparece el episodio del ciego de Jericó como clave interpretativa: para comprender el misterio de la Cruz hace falta luz, y esa luz se implora. El ciego no discute ni analiza: grita y grita, en súplica insistente y, cuando ve, sigue a Jesús. Antes de entrar en la Cuaresma, la Iglesia nos enseña que sólo se empieza a entender la Pasión pidiendo ver: Domine ut videam!

La Epístola de este domingo es una de las páginas paulinas más conocidas: el himno a la caridad, que colocado aquí, a las puertas de la Cuaresma, adquiere particular densidad. Pablo no habla de un sentimiento amable, sino de una forma de existir: una caridad que todo lo soporta, todo lo espera, todo lo sufre. No hay edulcoración: la caridad que describe el Apóstol es exactamente la que va a manifestarse en la Pasión de Cristo. Así, la liturgia establece un enlace poderoso: la Cruz anunciada en el Evangelio y la caridad descrita en la Epístola son la misma realidad. Antes de cualquier práctica penitencial, la Iglesia pone una advertencia decisiva: sin caridad, el sacrificio se vacía. La Cuaresma no es una gimnasia moral; es una escuela de amor crucificado.

Las oraciones litúrgicas del día son una súplica por la mirada interior, insistiendo en un mismo punto: la ceguera del corazón y la necesidad de ser curados. No se pide fuerza para hacer grandes cosas, sino luz para comprender y seguir. La Iglesia se reconoce necesitada de gracia; se confiesa discípula que camina detrás de Jesús, aprendiendo el misterio pascual. Este tono orante es clave: justo antes de que empiece la austeridad cuaresmal, la liturgia enseña que la falta de voluntad es muchas veces carencia de visión sobrenatural.

Quincuagésima es el umbral del desierto; ausente el Aleluya, la Cruz ha sido anunciada y la caridad definida: el ciego ha recobrado la vista. La liturgia nos coloca detrás de Cristo que sube a Jerusalén y nos pregunta, sin dramatismo: ¿quieres ver?, ¿quieres seguirMe?, ¿quieres amar así?

Este domingo de carnestolendas es decisivo para que el cristiano entienda que la Cuaresma será aprender a amar hasta el extremo. El miércoles habrá ceniza y ayuno, y no podremos reprochar a la Quincuagésima no habernos dicho la verdad, no habernos hecho pedir luz, no habernos señalado el camino.

 

Por: Mons. Alberto José González Chaves

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