Primera Misa pública de León XIV asistido por monaguillas

Primera Misa pública de León XIV asistido por monaguillas

 

En la mañana del domingo, el Papa León XIV celebró la Santa Misa en una parroquia del litoral de Ostia, en una visita pastoral sobria, como obispo de Roma, de carácter ordinario y dinámica habitual diocesana. La liturgia contó con la participación directa de los fieles de la comunidad y se desarrolló en un ambiente discreto. Eso sí, un detalle concreto ha concentrado la atención: el servicio del altar fue desempeñado, en parte, por monaguillas. La imagen no es inédita en la Iglesia, pero sí poco frecuente en celebraciones presididas por el Romano Pontífice y hasta la fecha no se había dado en el pontificado de León XIV.

Desde 1994, tras una respuesta interpretativa publicada por la Congregación para el Culto Divino durante el pontificado de san Juan Pablo II, quedó claro que el canon 230 §2 del Código de Derecho Canónico permite al obispo diocesano autorizar que mujeres y niñas puedan desempeñar funciones de servicio en el altar. Aquella aclaración no impuso la práctica ni la convirtió en obligatoria, y dejó intacta la legitimidad de mantener la tradición allí donde se estimara pastoralmente conveniente. La decisión corresponde siempre al ordinario del lugar.

Es necesario distinguir entre el monaguillo y el acólito. El monaguillo —niño o adolescente— presta un servicio litúrgico sin recibir un ministerio instituido: ayuda al sacerdote, prepara el altar, porta la cruz o los ciriales. El acólito, en sentido propio, recibe un ministerio estable conferido mediante rito litúrgico por el obispo. Tras la reforma de las antiguas órdenes menores en 1972, el acolitado pasó a ser un ministerio laical, habitualmente vinculado a seminaristas o varones adultos comprometidos con la vida parroquial.

Cambios en los últimos años y su impacto

En 2021 se produjo un cambio significativo: el motu proprio Spiritus Domini modificó el canon 230 §1 y abrió expresamente el ministerio instituido de lector y acólito también a mujeres. Desde entonces existen acólitas instituidas, no solo monaguillas. No se trata de un servicio ocasional, sino de un ministerio estable reconocido por la Iglesia. Esta reforma no afecta en absoluto a la doctrina sobre el sacerdocio —que la Iglesia ha afirmado de modo definitivo como reservado a varones—, pero sí amplía el marco de los ministerios laicales del altar.

En una Iglesia en crisis vocacional la cuestión del altar no es secundaria. En la tradición latina, el servicio cercano al altar estuvo íntimamente vinculado al sacerdocio ministerial. No por una lógica de reparto de tareas, sino por coherencia sacramental: el sacerdote actúa in persona Christi, y el entorno inmediato del altar tenía una dimensión formativa orientada hacia esa configuración. El monaguillo no era simplemente quien ayudaba; era quien se familiarizaba, desde la infancia, con el misterio del Sacrificio.

Entre los ocho y los diecisiete años se forjan las raíces y las grandes decisiones de vida. La disciplina del rito, la proximidad al celebrante, todo ello educa. Históricamente, ese espacio ha sido uno de los cauces más fecundos de vocaciones sacerdotales. No por automatismo, sino por exposición constante al centro de la vida de la Iglesia: la Eucaristía.

En un contexto occidental marcado por la escasez de ordenaciones y el envejecimiento del clero, la pedagogía del altar debería adquirir un peso particular en el debate eclesial. La liturgia no es neutra; transmite una comprensión concreta del sacerdocio y de la diferencia entre ministerio ordenado y servicio laical. Cabe preguntarse si, como parece por los frutos, al debilitar la percepción de esa especificidad, puede resentirse también la claridad vocacional.

La dramática y constante crisis y la falta de adolescentes y jóvenes que quieran entregarse al sacerdocio obliga a pensar con rigor cómo se configura hoy el entorno del altar y la propuesta que se transmite a las nuevas generaciones. Lo que parece algo anecdótico o secundario podría ser una de las claves desde las que analizar la falta de vocaciones.

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