Marco Rubio pide fundamentar Occidente sobre la «conciencia histórica de una tradición espiritual común»

Marco Rubio pide fundamentar Occidente sobre la «conciencia histórica de una tradición espiritual común»

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, pronunció ayer un importante discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en una intervención plenaria seguida de un breve turno de preguntas que supone un cambio de paradigma en el discurso de los gobiernos, volviendo a reivindicar unas raíces fundacionales.

El discurso fue una reconstrucción explícita de la noción de Occidente en clave civilizacional cristiana. No como un alegato técnico sobre seguridad ni una pieza diplomática convencional: sino como una reivindicación identitaria. Desde una perspectiva católica civilizacional, para Rubio el eje no es la OTAN ni el equilibrio de poder, sino la conciencia histórica de una tradición espiritual común.

Rubio formula una tesis central: Europa y Estados Unidos no están unidos solo por intereses estratégicos, sino por una herencia compartida que hunde sus raíces en la fe cristiana, en el derecho, en la universidad medieval, en la revolución científica nacida en suelo europeo. Occidente no es presentado como una abstracción liberal, sino como una civilización concreta con fundamentos religiosos y culturales definidos. La insistencia en la fe como elemento estructural del vínculo transatlántico introduce una ruptura respecto al universalismo poshistórico que dominó el discurso occidental tras 1989.

El diagnóstico es también moral. Se acusa a las élites occidentales de haber abrazado una ilusión: el “fin de la historia”, el comercio sin límites, la dilución de la soberanía en organismos internacionales, la apertura indiscriminada de fronteras, la subordinación energética y la desindustrialización deliberada. Desde esta óptica, el problema no es meramente económico o militar, sino una pérdida de confianza en la propia legitimidad histórica. Occidente habría internalizado una narrativa de culpa que lo paraliza.

La propuesta es restauracionista. Reindustrialización, soberanía energética, control migratorio, reforma de instituciones multilaterales, autonomía estratégica tecnológica. Pero el núcleo no es técnico: es antropológico y cultural. Se defiende que los ejércitos no combaten por abstracciones, sino por pueblos concretos y modos de vida específicos. En ese punto, el discurso se alinea con una concepción clásica de la política como defensa de una comunidad histórica determinada.

Desde el ángulo católico civilizacional, el elemento decisivo es la afirmación explícita de que la alianza transatlántica descansa sobre una tradición cristiana compartida. Se invoca la Capilla Sixtina y la catedral de Colonia no como ornamento turístico, sino como símbolos de una cosmovisión que dio forma a Europa y, a través de ella, a América. La civilización occidental se presenta como única, distintiva e irremplazable.


Muchas gracias.

Hoy nos reunimos como miembros de una alianza histórica, una alianza que salvó y cambió el mundo. Como saben, cuando esta conferencia comenzó en 1963, se celebraba en una nación —de hecho, en un continente— dividida contra sí misma. La línea que separaba el comunismo de la libertad atravesaba el corazón de Alemania. Las primeras barreras de alambre de púas del Muro de Berlín se habían erigido apenas dos años antes. Y sólo unos meses antes de esa primera conferencia, antes de que nuestros predecesores se reunieran aquí por primera vez, en Múnich, la crisis de los misiles en Cuba había llevado al mundo al borde de la destrucción nuclear.

Mientras la Segunda Guerra Mundial seguía viva en la memoria de estadounidenses y europeos, nos enfrentábamos a una nueva catástrofe mundial, portadora de un tipo de destrucción sin precedentes, más apocalíptica y definitiva que todo lo que la humanidad había conocido hasta entonces.

En el momento de este primer encuentro, el comunismo soviético estaba en plena expansión. Miles de años de civilización occidental estaban en juego. La victoria estaba lejos de estar asegurada, pero nos animaba un objetivo común.

No sólo nos unía aquello contra lo que luchábamos, sino también aquello por lo que luchábamos.

Juntos, Europa y América triunfaron, y se reconstruyó un continente. Nuestros pueblos prosperaron. Con el tiempo, los bloques del Este y del Oeste se reunificaron. Una civilización volvió a ser completa.

El infame muro que había dividido a esta nación en dos cayó, y con él un imperio del mal, y el Este y el Oeste se convirtieron en uno.

Pero la euforia de esta victoria nos llevó a una peligrosa ilusión: la de que habíamos entrado, según la expresión consagrada, en el «fin de la historia», que a partir de entonces todas las naciones se convertirían en democracias liberales, que los vínculos creados por el comercio sustituirían a la propia idea de nación, que el orden mundial basado en normas —una expresión manida— suplantaría al interés nacional y que viviríamos en un mundo sin fronteras en el que todos seríamos ciudadanos del mundo.

Era una idea descabellada, que ignoraba la naturaleza humana y las lecciones de más de 5000 años de historia escrita. Y nos ha costado muy caro. En esta ilusión, adoptamos una visión dogmática del libre comercio sin restricciones, mientras que algunas naciones protegían sus economías y subvencionaban a sus empresas para socavar sistemáticamente las nuestras, cerrar nuestras fábricas, desindustrializar amplios sectores de nuestras sociedades, deslocalizar millones de puestos de trabajo de la clase media y trabajadora, y confiar el control de cadenas de suministro críticas a adversarios y rivales.

Hemos externalizado cada vez más nuestra soberanía a instituciones internacionales, mientras que muchos países invertían en Estados del bienestar masivos en detrimento de su capacidad de defenderse. Y esto mientras otras naciones lanzaban el rearme militar más rápido de la historia de la humanidad, sin dudar en utilizar la fuerza para perseguir sus propios intereses.

Para complacer a un culto climático, nos hemos impuesto políticas energéticas que empobrecen a nuestros pueblos, mientras que nuestros competidores explotan el petróleo, el carbón, el gas natural y muchos otros recursos, no sólo para alimentar sus economías, sino también para utilizarlos como palanca contra las nuestras.

Y, en nombre de un mundo sin fronteras, abrimos nuestras puertas a una ola sin precedentes de migración masiva que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestros pueblos. Hemos cometido estos errores juntos, y juntos debemos ahora a nuestros pueblos mirar la verdad de frente y seguir adelante para reconstruir.

Bajo la presidencia de Donald Trump, los Estados Unidos de América emprenderán de nuevo la tarea de la renovación y la restauración, guiados por una visión del futuro tan orgullosa, soberana y vital como el pasado de nuestra civilización.

Y aunque estamos dispuestos, si es necesario, a actuar solos, nuestra preferencia y nuestra esperanza es hacerlo con ustedes, nuestros amigos aquí en Europa.

Estados Unidos y Europa están unidos por lazos indisolubles.

América se fundó hace 250 años, pero sus raíces existen desde hace mucho más tiempo en este continente. Los hombres que construyeron la nación en la que nací llegaron a nuestras costas portando los recuerdos, las tradiciones y la fe cristiana de sus antepasados, un legado sagrado y un vínculo inquebrantable entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

Pertenecemos a una misma civilización: la civilización occidental.

Estamos unidos por los lazos más profundos que pueden compartir las naciones, forjados por siglos de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia y por los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización que hemos heredado. Por eso, a veces, los estadounidenses podemos parecer un poco directos y presionadores en nuestros consejos.

Por eso el presidente Trump exige seriedad y reciprocidad a nuestros amigos europeos: porque nos preocupamos profundamente por su futuro como por el nuestro. Y si a veces discrepamos, esas discrepancias nacen de nuestra profunda preocupación por una Europa a la que estamos vinculados no sólo económica y militarmente, sino también espiritual y culturalmente.

Queremos una Europa fuerte. Creemos que Europa debe sobrevivir, porque las dos grandes guerras del siglo pasado nos recuerdan constantemente que nuestros destinos están y seguirán estando indisolublemente unidos.

Porque sabemos que el destino de Europa nunca dejará de tener consecuencias para nuestra propia seguridad nacional. Y esta conferencia, que se centra en gran medida en estas cuestiones, no se limita a consideraciones técnicas: cuánto gastamos en defensa, dónde y cómo la desplegamos. Estas cuestiones son importantes, sin duda, pero no son fundamentales.

La cuestión fundamental es: ¿qué defendemos exactamente?

Los ejércitos no luchan por abstracciones. Luchan por un pueblo, por una nación, por un modo de vida.

Eso es lo que defendemos: una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia, confiada en su futuro y decidida a seguir siendo dueña de su destino económico y político.

Aquí, en Europa, nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad y cambiaron el mundo.

Aquí surgieron el Estado de derecho, las universidades y la revolución científica.

Este continente ha dado a luz a genios como Mozart y Beethoven, Dante y Shakespeare, Miguel Ángel y Leonardo da Vinci, los Beatles y los Rolling Stones.

Y es aquí donde las bóvedas de la Capilla Sixtina y las majestuosas agujas de la catedral de Colonia no sólo dan testimonio de la grandeza de nuestro pasado y de la fe en Dios que inspiró estas maravillas, sino que también anuncian las maravillas que nos esperan en el futuro.

Pero sólo asumiendo plenamente nuestro legado y estando orgullosos de este legado común podremos empezar a imaginar y a forjar juntos nuestro futuro económico y político.

La desindustrialización no era inevitable.

Fue una elección política deliberada, un proyecto económico de varias décadas que privó a nuestras naciones de su riqueza, su capacidad productiva y su independencia.

Y la pérdida de nuestra soberanía sobre las cadenas de suministro no fue el resultado de un sistema comercial sano y próspero: fue una transformación deliberada y sin sentido de nuestras economías, que nos hizo dependientes de otros y peligrosamente vulnerables a las crisis.

La migración masiva no es, ni ha sido nunca, una preocupación marginal. Es una crisis que está transformando y desestabilizando las sociedades de todo Occidente.

Juntos podemos reindustrializar nuestras economías y reconstruir nuestra capacidad para defender a nuestros pueblos. Pero el trabajo de esta nueva alianza no debe limitarse a la cooperación militar o a la reconista de las industrias del pasado: también debe aspirar a promover juntos nuestros intereses comunes y nuevas fronteras, a liberar nuestro ingenio, nuestra creatividad y nuestro espíritu emprendedor para construir un nuevo siglo occidental.

Viajes espaciales comerciales, inteligencia artificial de vanguardia, automatización industrial, producción flexible, cadenas de suministro occidentales para minerales críticos, no vulnerables al chantaje de otras potencias, y un esfuerzo conjunto para conquistar cuotas de mercado en las economías del Sur global.

Juntos, podemos recuperar el control de nuestras industrias y cadenas de suministro y prosperar en los ámbitos que definirán el siglo XXI. Pero también debemos recuperar el control de nuestras fronteras nacionales, controlando quién entra en nuestros países y en qué cantidad. No se trata de xenofobia ni de odio: es un acto fundamental de soberanía nacional. No hacerlo no sólo supone abandonar una de nuestras obligaciones más básicas para con nuestros pueblos, sino que también supone una amenaza urgente para el tejido mismo de nuestras sociedades y para la supervivencia de nuestra civilización.

Por último, no podemos seguir anteponiendo el supuesto orden mundial a los intereses vitales de nuestros pueblos y naciones.

No necesitamos abandonar el sistema de cooperación internacional que hemos creado, ni desmantelar las instituciones mundiales del antiguo orden que hemos construido juntos. Pero estas deben reformarse. Deben reconstruirse.

Por ejemplo, las Naciones Unidas siguen teniendo un enorme potencial para ser una herramienta al servicio del bien en el mundo.

Pero no podemos ignorar que, hoy, en las cuestiones más urgentes que se nos plantean, no aportan ninguna respuesta y prácticamente no desempeñan ningún papel.

No han podido resolver la guerra en Gaza. Ha sido más bien el liderazgo estadounidense el que ha liberado a los cautivos de los bárbaros y ha permitido una frágil tregua.

No han resuelto la guerra en Ucrania. Ha sido necesario el liderazgo estadounidense, en colaboración con muchos de los países aquí presentes hoy, para llevar a ambas partes a la mesa de negociaciones en busca de una paz aún esquiva.

Se han mostrado impotentes para frenar el programa nuclear de los radicales chiítas de Teherán. Para ello fueron necesarias 14 bombas lanzadas con precisión por bombarderos estadounidenses B-2.

Y no han sido capaces de hacer frente a la amenaza que supone para nuestra seguridad un dictador narcoterrorista en Venezuela. Fueron las fuerzas especiales estadounidenses las que tuvieron que intervenir para llevar a este fugitivo ante la justicia.

En un mundo ideal, todos estos problemas y muchos otros se resolverían con diplomáticos y resoluciones firmes. Pero no vivimos en un mundo ideal y no podemos seguir permitiendo que quienes amenazan abierta y descaradamente a nuestros ciudadanos y a la estabilidad mundial se escuden tras abstracciones del derecho internacional que ellos mismos violan regularmente.

Este es el camino que han tomado el presidente Trump y los Estados Unidos.

Este es el camino que les pedimos, aquí en Europa, que sigan con nosotros. Es un camino que ya hemos recorrido juntos y que esperamos volver a recorrer juntos.

Durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente no dejó de expandirse. Sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores abandonaron sus costas para cruzar los océanos, colonizar nuevos continentes y construir vastos imperios en todo el mundo.

Pero en 1945, por primera vez desde la época de Cristóbal Colón, comenzó a contraerse. Europa estaba en ruinas. La mitad de su territorio vivía tras un telón de acero, y el resto parecía estar a punto de seguirle. Los grandes imperios occidentales habían entrado en una fase de declive irreversible. Este declive se vio acelerado por las revoluciones comunistas ateas y los levantamientos anticolonialistas que transformarían el mundo y cubrirían con la hoz y el martillo rojos vastas zonas del mapa en los años venideros.

En este contexto, tanto entonces como ahora, muchos llegaron a creer que la era de dominio occidental había llegado a su fin y que nuestro futuro estaba condenado a ser un débil y pálido eco de nuestro pasado.

Pero juntos, nuestros predecesores reconocieron que el declive era una elección, y era una elección que se negaban a hacer. Eso es lo que hicimos juntos en el pasado, y eso es lo que el presidente Trump y Estados Unidos quieren volver a hacer hoy, con ustedes. Y por eso no queremos que nuestros aliados sean débiles.

Porque eso nos debilita. Queremos aliados capaces de defenderse para que ningún adversario se sienta tentado a poner a prueba nuestra fuerza colectiva.

Por eso no queremos que nuestros aliados se vean obstaculizados por la culpa y la vergüenza. Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y su legado, que comprendan que somos herederos de una misma civilización grande y noble, y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla.

Y por eso no queremos que nuestros aliados racionalicen el statu quo fallido en lugar de reconocer lo que es necesario para remediarlo.

Porque nosotros, los estadounidenses, no tenemos ningún interés en ser los guardianes educados y ordenados del declive controlado de Occidente. No buscamos separarnos, sino revitalizar una vieja amistad y renovar la mayor civilización de la historia de la humanidad.

Lo que queremos es una alianza revitalizada que reconozca que lo que aflige a nuestras sociedades no es sólo un conjunto de malas políticas, sino un malestar relacionado con la desesperanza y la complacencia.

La alianza que queremos es una alianza que no esté paralizada por el miedo. El miedo al cambio climático, el miedo a la guerra, el miedo a la tecnología.

Por el contrario, queremos una alianza que se lance con audacia hacia el futuro, y el único miedo que tenemos es el de no dejar a nuestros hijos naciones más orgullosas, más fuertes y más ricas.

Una alianza dispuesta a defender a nuestros pueblos, a proteger nuestros intereses y a preservar la libertad de acción que nos permite forjar nuestro propio destino. No una alianza que exista para gestionar un estado del bienestar mundial y expiar los supuestos pecados de generaciones pasadas.

Una alianza que no permite que su poder sea externalizado, coaccionado o subordinado a sistemas que escapan a su control, que no depende de otros para las necesidades esenciales de su vida nacional y que no mantiene la cortés pretensión de que nuestro modo de vida es sólo uno entre muchos y que pide permiso antes de actuar.

Y, sobre todo, una alianza basada en el reconocimiento de que nosotros, Occidente, lo que hemos heredado juntos es único, distintivo e irremplazable. Porque ese es, después de todo, el fundamento mismo del vínculo transatlántico.

Al actuar así juntos, no sólo contribuiremos a restablecer una política exterior sensata. Nos devolverá una imagen clara de nosotros mismos. Nos devolverá un lugar en el mundo.

Y, al hacerlo, reprenderemos y disuadiremos a las fuerzas que hoy amenazan con hacer desaparecer la civilización, tanto en América como en Europa. Ahora que los titulares anuncian el fin de la era transatlántica, que quede claro para todos que ese no es nuestro objetivo ni nuestro deseo.

Porque para nosotros, los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el hemisferio occidental, pero siempre seremos hijos de Europa.

Nuestra historia comenzó con un explorador italiano cuya aventura hacia lo desconocido para descubrir un nuevo mundo llevó el cristianismo a América y se convirtió en la leyenda que definió el imaginario de nuestra nación pionera.

Nuestras primeras colonias fueron fundadas por colonos ingleses, a quienes debemos no sólo el idioma que hablamos, sino también todo nuestro sistema político y jurídico.

Nuestras fronteras fueron moldeadas por los escoceses-irlandeses, ese clan orgulloso y robusto originario de las colinas de Ulster que nos dio a Davy Crockett, Mark Twain, Teddy Roosevelt y Neil Armstrong.

El gran corazón del Medio Oeste fue construido por agricultores y artesanos alemanes. Estos transformaron las llanuras vacías en una potencia agrícola mundial. Y, por cierto, mejoraron considerablemente la calidad de la cerveza estadounidense.

Nuestra expansión hacia el interior siguió los pasos de los comerciantes de pieles y exploradores franceses cuyos nombres aún adornan las señales de tráfico y los nombres de las ciudades de todo el valle del Misisipi.

Nuestros caballos, nuestros ranchos, nuestros rodeos, todo el romanticismo del arquetipo del vaquero, que se ha convertido en sinónimo del oeste americano, nacieron en España. Y nuestra ciudad más grande y emblemática se llamaba Nueva Ámsterdam antes de tomar el nombre de Nueva York.

El año en que se fundó mi país, Lorenzo y Catalina Giraldi vivían en Casal Monferrato, en el reino de Piamonte-Cerdeña. José y Manuela Reina vivían en Sevilla, España. No sé qué sabían ellos de las 13 colonias que habían obtenido su independencia del Imperio Británico. Pero hay algo de lo que estoy seguro: nunca hubieran imaginado que, 250 años después, uno de sus descendientes directos volvería a este continente como jefe de la diplomacia de esta joven nación.

Y, sin embargo, aquí estoy, recordando mi propia historia, que nuestras historias y nuestros destinos siempre estarán entrelazados. Juntos reconstruimos un continente destrozado tras dos devastadoras guerras mundiales.

Cuando nos volvimos a ver divididos por el telón de acero, el Occidente libre se unió a los valientes disidentes que luchaban contra la tiranía en el Este. Para derrotar al comunismo soviético. Luchamos unos contra otros, luego nos reconciliamos, luego luchamos, luego nos reconciliamos de nuevo.

Y derramamos nuestra sangre y morimos codo con codo en los campos de batalla, desde Pyongyang hasta Kandahar.

Hoy estoy aquí para afirmar claramente que Estados Unidos está trazando el camino hacia un nuevo siglo de prosperidad. Y que, una vez más, queremos hacerlo con ustedes, nuestros valiosos aliados y nuestros más antiguos amigos.

Queremos hacerlo con ustedes, con una Europa orgullosa de su legado y su historia.

Con una Europa que posee el espíritu de creación y libertad que envió barcos a mares desconocidos y dio origen a nuestra civilización.

Con una Europa que tiene los medios para defenderse y la voluntad de sobrevivir.

Debemos estar orgullosos de lo que hemos logrado juntos durante el último siglo, pero ahora debemos afrontar y aprovechar las oportunidades de un nuevo siglo.

Porque el ayer ha pasado, el futuro es inevitable y nuestro destino común nos espera.

Gracias.

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