La no individualidad de las partículas elementales y la resurrección de los cuerpos

La no individualidad de las partículas elementales y la resurrección de los cuerpos

Durante décadas, la incineración ha suscitado en muchos católicos una inquietud instintiva, casi física. No tanto por razones doctrinales —la Iglesia ha dejado claro que no impide la fe en la resurrección— como por una especie de temor subterráneo: ¿qué ocurre con el cuerpo? ¿Cómo resucitará aquello que ha sido reducido a cenizas?

El problema, sin embargo, quizá no está en la incineración, sino en una imagen demasiado materialista —paradójicamente materialista— de lo que significa el cuerpo humano. Y en este punto resulta iluminador un pasaje poco conocido del jesuita y astrofísico Manuel Carreira, en su libro El origen del universo (Didascalos), cuando aborda precisamente “la materia en la resurrección”.

Carreira parte de una constatación sencilla: muchos teólogos hablan de estos temas “con miedo a que se les tache de poco científicos”, como si aceptar la resurrección obligara a imaginar un cuerpo reconstruido pieza a pieza, átomo a átomo. Pero esa objeción nace de una comprensión pobre de la materia.

“La materia es mucho más flexible y mucho más maravillosa de lo que se piensa”, escribe.

Y entonces introduce una idea decisiva: la no individualidad de las partículas elementales.

Cuando preguntamos con qué cuerpo resucitamos —si con el de jóvenes, el de viejos, el de antes o el de después de una operación—, solemos imaginar que nuestro cuerpo es una suma de partículas identificables, como si cada átomo llevara nuestro nombre grabado. Pero eso no existe. En la física moderna, las partículas elementales no son “cosas” individuales en el sentido clásico. Son intercambiables. No hay un electrón “mío” y otro “tuyo”.

Por eso Carreira puede afirmar con ironía que, ante la resurrección, Dios no tiene que hacer ningún trabajo de arqueología atómica:

“En el momento en que Dios rehace el hombre completamente en la resurrección, no tiene que andar buscando los átomos que fueron parte de mi cuerpo, en el instante en que me morí ni en ninguna edad determinada”.

La clave no está en recuperar los mismos componentes materiales, como si la resurrección fuera un puzzle cósmico. El cuerpo humano no se define por la permanencia de sus átomos.

De hecho, Carreira recuerda que las partículas del cuerpo cambian constantemente:

“Las partículas del cuerpo van cambiando día a día, momento a momento”.

Si eso es así —y lo es—, entonces la pregunta “¿qué pasa si el cuerpo se destruye?” pierde dramatismo. Nuestro cuerpo ya está en permanente transformación. No somos un bloque fijo de materia, sino una estructura viva informada por el alma.

Aquí el jesuita se sitúa en la tradición filosófica católica más clásica:

“La manera de hablar de la Filosofía tradicional católica es que el hombre es un ‘compuesto de alma y cuerpo’. No son dos realidades yuxtapuestas… El alma está hecha para estar unida al cuerpo”.

El alma no es un “ángel encerrado en un trozo de materia”, sino el principio que estructura esa materia y la hace ser mi cuerpo. Por eso, insiste:

“Cualquier estructura material hecha a partir de ese sustrato común de toda la materia, cualquier estructura adaptada a mi espíritu, es mi cuerpo”.

Esta afirmación tiene consecuencias enormes para el debate sobre la incineración. Porque si el cuerpo no se identifica con un conjunto irrepetible de átomos, entonces la reducción a cenizas no significa aniquilación personal. La materia no se pierde para Dios. No hay un “resto” que salvar.

Carreira incluso menciona los casos extremos que suelen aparecer en las discusiones populares —antropofagia, trasplantes— para señalar que son objeciones mal planteadas:

“Desaparece el problema de los cuerpos que se han comido antropófagos o de los otros que han tenido trasplantes. Son objeciones superficiales y hasta pueriles”.

Dicho con claridad: el miedo a la incineración nace muchas veces de imaginar la resurrección como un regreso mecánico de los mismos átomos, cuando en realidad la fe cristiana habla de una transformación gloriosa, obra de Dios, no de una recomposición química.

Y en el centro de todo está Cristo.

Carreira concluye recordando que la resurrección no es un acertijo material, sino una promesa:

“Cristo Resucitado es la razón de nuestra fe y nuestra esperanza… Esta es la promesa inimaginable hecha a los hijos de Dios”.

Quizá, entonces, la no individualidad de las partículas elementales —esa verdad humilde de la física moderna— pueda servir como clave interpretativa para perder un miedo que no viene del dogma, sino de una imagen demasiado pobre de la materia.

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