TRIBUNA: Sobre todo la doctrina verdadera. Mandato de un Padre de la Iglesia

Por: Yousef Altaji Narbón

TRIBUNA: Sobre todo la doctrina verdadera. Mandato de un Padre de la Iglesia

“No se puede poner la carreta antes que el burro”; constituye el contenido de un refrán simpático típico de los países de habla hispana. Lo podemos aplicar a una variedad innumerable de situaciones cotidianas donde se le da prioridad a elementos secundarios o accidentales, soslayando el elemento principal o de mayor preponderancia.

En la actualidad vemos un mar de mentalidades y escenarios destacables por tener tonos notables de descaro, incoherencia e irracionalidad donde se da cabida para aplicar dicho refrán, específicamente dentro de la estructura de la Santa Iglesia. Se ve constantemente y debe ser denunciado con dedo acusador en el plano objetivo; puede ser que varias personas no sepan, pero esto no supone una eximente de responsabilidad de los mismos. Se manifiesta de diversas formas y en distintos ámbitos, como es lo meramente estético por encima de las verdades que debe transmitir lo primero; los sentimientos/emociones imperando sobre la realidad; las opiniones subjetivas de cada quien que decapitan los fundamentos cardinales vinculantes de nuestra fe. Indicando de manera precisa, un orden de elementos que se invierte de forma ya establecida a la fuerza, es la autoridad entendida como superior al Depósito de la Fe, lo cual conduce a un detrimento severo de lo más profundo, hondo o medular de nuestra fe.

La concepción diseminada por doquier de tener a la autoridad como un cuasi oráculo del Señor es tan habitual que no suscita cuestionamiento alguno entre la feligresía y cualquier tipo de cuestionamiento interrogativo se toma como una vulgar falta de respeto a la jerarquía. “Pero ellos son los que mandan… pero ellos son los sucesores de los apóstoles y no se pueden equivocar… ellos tienen al Espíritu Santo que los guía… no es posible que se equivoquen o que nos lleven por mal camino, tienes que confiar…” Estas y otro monto exorbitante de falacias son la parte mayoritaria de la poquísima formación infundida entre las ovejas del Señor. Se contempla el actuar despótico y subversivo de los jerarcas eclesiales como parte de la voluntad positiva de Dios. Un ejemplo muy sencillo es el actuar doloso del Cardenal José Cobo contra el Valle de los Caídos en España. Este prelado ha manifestado su profundo desagrado -para no decir la palabra odio- contra el lugar en mención. Es imposible determinar el actuar del purpurado como irreprochable por ser guiado por Dios o muestra del Espíritu Santo haciendo la voluntad de Dios por medio de su puesto de autoridad.

En la crisis actual infiltrada en la estructura de la Iglesia que ha destrampado los elementos más rudimentarios de la catolicidad, vemos estas inversiones citadas con anterioridad ser usadas como armas mortales contra lo medular de nuestra fe: la doctrina bimilenaria. Tener la placa de ser parte de la Ecclesia docens (Iglesia docente) hoy en día se asume como una licencia dotada del poder de morfar, cambiar, incluso eliminar puntos doctrinales certeros de nuestra fe. Desde la simonía hasta el modernismo, se ha visto cómo el objetivo principal de los enemigos de Cristo Jesús ha sido la doctrina. “No os dejéis engañar… si alguno camina en doctrina extraña [herejía], no tiene parte en la pasión [de Cristo]” (cf. San Ignacio de Antioquía, Carta a los Filadelfios). Lo dictado por el santo aludido con antelación nos deja ver muy claramente la necesidad de mantener la doctrina intacta sobre todo; esto lo podemos combinar con las sacrales palabras estipuladas en el Credo Atanasiano rezado constantemente en la tradición de la Iglesia que, entre otras cosas, declara lo siguiente: “Todo el que quiera salvarse debe, ante todo, mantener la fe católica. El que no guardare esta fe íntegra y pura, sin duda perecerá eternamente”. 

Para poder contrarrestar y sanar esa nefasta inversión del orden de las cosas, debemos poner siempre en frente la claridad doctrinal. A continuación vamos a leer un breve extracto del conocido texto patrístico llamado el Conmonitorio, escrito por San Vicente de Lerins. Prestemos atención al valor singular del Depositum Fidei (Depósito de la Fe); es tan elevado que se le describe de diversas formas para destacar su integridad inamovible y su fuerza normativa para cada uno de los que profesan la fe católica. El santo destaca la tarea inquebrantable que tienen los obispos de transmitir la fe de siempre sin alterarla, cosa que hoy en día no sucede y se toma como una caja de juguetes dispuesta a su pleno arbitrio. Nada ni nadie en la faz de la tierra tiene el poder o la autoridad para cambiar o eliminar una sola coma de las verdades reveladas por Cristo Jesús y transmitidas fielmente por los siglos. Recibir toda la fe no es un privilegio ni un carisma, sino un derecho inherente de todos los bautizados que están plenamente facultados para exigirlo de sus pastores. San Vicente de Lerins nos va a describir con perfecta elocuencia cómo debemos manejarnos con la tradición de la Iglesia para poderla transmitir a futuro.

Leamos con los ojos del alma lo siguiente para poder orientarnos en estos tiempos en que los errores se vuelven más sutiles, sumado a la agenda subversiva de prelados que han preferido al mundo pestilente en sustitución de los tesoros de Cristo.

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“El Conmonitorio”, numeral 22, por San Vicente de Lerins

«Pero es provechoso que examinemos con mayor diligencia esa fra­se del Apóstol: “¡Oh Timoteo!, guarda el depósito, evitando las nove­dades profanas en las expresiones”.

Este grito es el grito de alguien que sabe y ama. Preveía los errores que iban a surgir, y se dolía de ello enormemente.

¿Quién es hoy Timoteo sino la Iglesia universal en general, y de modo particular el cuerpo de los obispos, quienes, ellos principal­mente, deben poseer un conocimiento puro de la religión cristiana, y además transmitirlo a los demás?

Y ¿qué quiere decir “guarda el depósito”? Estáte atento, le dice, a los ladrones y a los enemigos; no suceda que mientras todos duer­men, vengan a escondidas a sembrar la cizaña en medio del buen gra­no que el Hijo del hombre ha sembrado en su campo.

Pero, ¿qué es un depósito? El depósito es lo que te ha sido confia­do, no encontrado por ti; tú lo has recibido, no lo has excogitado con tus propias fuerzas. No es el fruto de tu ingenio personal, sino de la doctrina; no está reservado para un uso privado, sino que pertenece a una tradición pública. No salió de ti, sino que a ti vino: a su respecto tú no puedes comportarte como si fueras su autor, sino como su sim­ple custodio. No eres tú quien lo ha iniciado, sino que eres su discí­pulo; no te corresponderá dirigirlo, sino que tu deber es seguirlo.

Guarda el depósito, dice; es decir, conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que te ha sido confiado es lo que debes custodiar junto a ti y transmitir. Has recibido oro, devuelve, pues, oro. No puedo admitir que sustituyas una cosa por otra. No, tú no puedes desvergonzadamente sustituir el oro por plomo, o tratar de engañar dando bronce en lugar de metal precioso. Quiero oro puro, y no algo que sólo tenga su apariencia.

¡Oh Timoteo! ¡Oh sacerdote!, intérprete de las Escrituras, doctor, si la gracia divina te ha dado el talento por ingenio, experiencia, doctri­na, debes ser el Beseleel del Tabernáculo espiritual. Trabaja las pie­dras preciosas del dogma divino, reúnelas fielmente, adórnalas con sabiduría, añádeles esplendor, gracia, belleza. Que tus explicaciones hagan que se comprenda con mayor claridad lo que ya se creía de ma­nera oscura. Que las generaciones futuras se congratulen de haber comprendido por tu mediación lo que sus padres veneraban sin com­prender.

Pero has de estar atento a enseñar solamente lo que has aprendido; no suceda que por buscar maneras nuevas de decir la doctrina de siempre, acabes por decir también cosas nuevas.»

 

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