TRIBUNA: El Papa y la “querella” sobre la Corredención (I)

TRIBUNA: El Papa y la “querella” sobre la Corredención (I)

Pocos días después de la presentación del documento “Mater Populi Fidelis” un amigo estuvo dialogando con algunos pastores pentecostales sobre asuntos de negocios. Al final de la conversación, uno de los pastores, sabiendo que su interlocutor era católico le dijo con frenesí: “¿has visto? Finalmente, el Papa ha puesto a María en su lugar”… Esta alegría de los protestantes, sin embargo, no tuvo eco por parte de los católicos, ¡al contrario! En su trabajo pastoral los sacerdotes han comprobado la confusión, la tristeza y el disgusto de una cantidad enorme de hijos de la Iglesia. La pregunta que se pone a partir de estas experiencias pastorales es: quid prodest? ¿A quien aprovechó el reciente documento sobre la Corredención y la Mediación Universal de María? ¿Confirmó en la fe a las ovejas del rebaño de Pedro? ¿O más bien consolidó en su error a los que ya antipatizaban con Ella?

Esta realidad, comprobable por quien se empeña realmente en la pastoral, me llevó a formular una opinión sincera y llana a respecto de un factor que parece estar en la raíz de toda la polvareda levantada por el Documento, y es el hecho de que el Santo Padre haya puesto en él su firma – un gesto innovativo nunca antes usado en una nota doctrinal – elevando el texto de este modo a la categoría de magisterio ordinario pontificio. Siendo León XIV el papa de la unión, como proclama con claridad su lema episcopal “in Illo uno unum”, pienso que hubiese sido más oportuno actuar con prudencia, dejando asuntos sensibles y de escandalosa repercusión para un momento de madurez, aún no alcanzado.

A seguir gustaría de ofrecer algunas observaciones teológicas y pastorales por las cuales opino que el Papa habría actuado bien si no hubiese firmado el documento, y aún mejor si no hubiese permitido que se publicase en los términos en que fue redactado.

Antes de nada, recordar lo muy sabido. En efecto, muchos hijos de la Iglesia consideran inoportuno que el Santo Padre haya rubricado un documento sobre Nuestra Señora de autoría del Card. Fernández, autor tristemente famoso de dos libelos cuyo contenido inconveniente y crudamente erótico ha escandalizado a una multitud de fieles. La ley de la carne se opone a la ley del espíritu (cf. Gal, 5, 17), por eso, comprobar que la siempre Virgen María, Reina Inmaculada de celestial pureza, ha sido objeto de consideraciones por parte de alguien tan familiarizado con el más primario instinto animalesco, hiere la sensibilidad de quienes la aman. María Santísima y Fernández, bajo ese aspecto, son dos realidades que se presentan a los ojos de los bautizados como antagónicas de tal suerte que, como se dice en francés, “ils hurlent de se trouver ensemble”, gritan por encontrarse juntas. A Nuestra Madre nadie la toca, menos aún un especialista en lo que algunos han calificado de “porno-teología”

De otra parte, este mismo Cardenal, del punto de vista teológico, no posee la seguridad y la seriedad necesarias para servir al Sumo Pontífice, llamado a confirmar a sus hermanos en la fe. Su estilo equívoco y confuso obstruye con facilidad la manifestación de la verdad, que debe ser clara, bella y luminosa. Eso sin contar su discutida ortodoxia. Sus intervenciones a lo largo del pontificado precedente mostraron su capacidad de “hacer lío” pero no solo a nivel pastoral, sino doctrinal. Es llamativo y quizás alarmante que el Papa León no haya llevado ese dato en cuenta. ¿Cómo no recordar las infinitas discusiones y divisiones que se siguieron a la publicación de Amoris Laetitia o de Fiducia Supplicans? Si es verdad que por los frutos se conoce el árbol, ¿cómo confiar a Fernández un documento sobre un tema tan delicado y no esperar que causase confusión, tristeza y desilusión? Fue lo que pasó y así lo ha demostrado la explosión de manifestaciones negativas e inconformes en las redes sociales. Procurar la promoción y la confirmación en la unidad en la Iglesia – tan polarizada en la actualidad – y servirse de Fernández como teólogo de confianza es paradójico.

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Las dos observaciones precedentes son de dominio público y han sido mencionadas de mil formas en la web, sin embargo, pareció indispensable sintetizarlas antes de proseguir. Se trata ahora de señalar algunas razones relativas al texto que desaconsejan vivamente la firma del Papa y su misma publicación.

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Por lo que respecta al título de Corredentora la “nota” es más directa que al tratar de la mediación de María. Y será sobre la corredención mariana que nos ocuparemos en primer lugar.

La sentencia emanada contra el título de Corredentora así se expresa en su numeral 22: “Teniendo en cuenta la necesidad de explicar el papel subordinado de María a Cristo en la obra de la Redención, es siempre inoportuno el uso del título de Corredentora para definir la cooperación de María. Este título corre el riesgo de oscurecer la única mediación salvífica de Cristo y, por tanto, puede generar confusión y un desequilibrio en la armonía de verdades de la fe cristiana”.

Antes de analizar el texto, es menester traer a colación tres citaciones omitidas en la “nota”, la primera bíblica, la segunda patrística y la tercera magisterial. Tales omisiones podrían justificarse por la necesidad de delimitar la extensión del texto, pero dado el caudal de palabras empleado para descualificar el título de “mediadora universal de todas las gracias”, la cuestión que surge es si la omisión no fue causada por una parcialidad en el uso de las fuentes, característica del “patinaje” sofístico-teológico de Fernández. En efecto, los textos “olvidados” habrían causado gran embarazo al autor de la “nota”, como un palo entre las ruedas en su deseo de desaconsejar (porque al final ni se ha proscrito ni se ha condenado sino tan sólo desaconsejado del punto de vista prudencial) el término Corredentora.

Como sabemos la teología de la corredención echa sus raíces más antiguas y profundas en la teología paulina (Col 1, 24): “Nunc gaudeo in passionibus pro vobis et adimpleo, ea quae desunt passionum Christi in carne mea pro corpore eius, quod est ecclesia”, en la versión latina de la neovulgata. En español: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia”. Este texto de la Escritura, inexplicablemente ausente en la nota doctrinal de Fernández (está apenas citada la referencia bíblica una vez en conferetur) exige una correcta exégesis teológica para la compresión armónica de la verdad revelada por San Pablo sobre la corredención de los fieles, a la luz de la única redención operada por Cristo, también afirmada por la Escritura de manera incontestable. A primera vista parece un rompecabezas insoluble, pero no lo es. Hay que partir del dato que tanto la única redención de Cristo, cuanto la cooperación de los cristianos en su obra redentora, son dos verdades reveladas, tan respetable la una como la otra.

En realidad, Jesús, el único Redentor, no quiso realizar solo su obra de salvación, llamando a los hombres a la vocación de asociarse a ella, y ambas realidades constan en la Revelación. Es necesario, pues, que la teología primero y el magisterio después afirmen la única redención de Cristo, así como conduzcan los espíritus a la comprensión del modo en que los fieles en general y María Santísima en particular cooperan en la Redención de Cristo, siendo auténticos co-redentores, entendido el prefijo “co-” como definido por los diccionarios, a saber, “junto con” o simplemente “con”. En próxima publicación volveremos a tratar de esta perícopa paulina, como dato revelado de ineludible importancia para el tema de la corredención.

Este presupuesto bíblico es la base de la audaz intuición patrística a respecto de la misión de María en la redención de la culpa de Eva y de todo el género humano. Figuras de destaque, como San Justino, Tertuliano y San Irineo, consideraron a la Madre de Cristo como la Nueva Eva. En especial el Obispo de Lyon, declarado Doctor de la Iglesia por Papa Bergoglio y considerado padre de la teología sistemática por Benedicto XVI, fue explícito y concluyente en el determinar sus atribuciones co-redentoras. He aquí sus palabras:

“En correspondencia encontramos también obediente a María la Virgen, cuando dice: «He aquí tu sierva, Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38); a Eva en cambio indócil, pues desobedeció siendo aún virgen. Porque como aquélla, tuvo un marido, Adán, pero aún era virgen […] habiendo desobedecido, se hizo causa de muerte para sí y para toda la humanidad; así también María, teniendo a un varón como marido pero siendo virgen como aquélla, habiendo obedecido se hizo causa de salvación para sí misma y para toda la humanidad (Heb 5, 9). […] El Señor, al hacerse Primogénito de los muertos (Col 1,18) recibió en su seno a los antiguos padres para regenerarlos para la vida de Dios, siendo él el principio de los vivientes (Col 1,18), pues Adán había sido el principio de los muertos. […] Así también el nudo de la desobediencia de Eva se desató por la obediencia de María; pues lo que la virgen Eva ató por su incredulidad, la Virgen María lo desató por su fe. (S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 22, 4: PG 7/1, 959C-960A)

Llama la atención el título de “causa salutis” atribuido por San Ireneo a la Virgen María en relación a sí y a todo el género humano, en calidad de nueva Eva, o sea, la verdadera madre de los vivientes en Cristo, como la reconocen muchos padres de la Iglesia. La expresión “causa salutis”, en griego aítios sōtērías (αἴτιος σωτηρίας), es la misma usada por la Epístola a los Hebreos en referencia a Jesús, el cual “llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en causa de salvación eterna” (Hb 5, 9). Esto hace bien entender hasta qué punto San Ireneo considera la existencia de una causalidad común e inseparable – aunque subordinada por parte de María – en la obra de la salvación por parte de Jesús y María, ambos son causa de salvación como Adán y Eva fueron ambos juntamente causa de ruina.

De otra parte, esta doctrina de Ireneo y el título “Causa Salutis” fueron felizmente “magisterializados” por los padres conciliares en la Lumen Gentium: “Piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano»”. (LG, 56)

Este título así consagrado en la tradición y en el magisterio de la Iglesia, fue sorprendentemente omitido por la “nota”, en la que, sin embargo, se hace referencia a la mariología del obispo de Lyon en la nota de pie de página 11 dónde se presenta resumida su doctrina y se le adjudica, con cierta imprecisión, a un conjunto de Padres de la Iglesia: “si Eva trajo la perdición, la fe de María nos trajo la salvación” (nota doctrinal, nota 11). Observe bien el lector que entre “traer la salvación” y ser “causa de salvación” hay una significativa diferencia, así como cualquiera puede traer el agua de la fuente, pero sólo la fuente es la causa de que a todos llegue el agua. Tratemos de averiguar, a seguir, el porqué de esa clamoroso “lapsus”.

En el número 20 de la Nota doctrinal, Fernández menciona a Ratzinger de modo incierto, sin citación directa ni conferetur, y le hace decir, o dice Fernández como si Ratzinger hablase: “El entonces Cardenal mencionaba las Epístolas a los Efesios y a los Colosenses, donde el vocabulario utilizado y el dinamismo teológico de los himnos presenta, de tal modo, la centralidad redentora única y la fontalidad del Hijo encarnado que queda excluida la posibilidad de agregarle otras mediaciones”. Aún en el mismo párrafo la nota añade que los textos bíblicos alegados para confirmar la precedente aserción, referentes a la unicidad de la Redención por parte de Cristo, invitan “a situar a cualquier criatura en un lugar claramente receptivo y a una religiosa y delicada cautela a la hora de plantear cualquier forma de posible cooperación en el ámbito de la Redención”. En este párrafo oscuro y contradictorio, típico del estilo sofístico-teológico de Fernández, primero se niega la posibilidad y después se recomienda cautela ante una posible cooperación de los fieles en el ámbito de la Redención. Pues bien, la negación alegada en primer lugar es un dato erróneo a la luz de la doctrina de San Pablo y de San Ireneo, sellada ésta última magisterialmente por la Lumen Gentium, y la observación subsiguiente referente a la “religiosa y delicada cautela” es superflua, ya que no se conoce mariólogo católico que haya tratado de la corredención mariana sin antes haberse preocupado en situar la cooperación de la Virgen como dependiente y participada de la de Cristo a la luz de Col 1, 24.

Hay que llamar la atención al hecho de que en este párrafo confuso consta el único argumento teológico – si así se le puede llamar – aducido por la Nota para descualificar el término “corredentora”, las demás razones son de circunstancia o prudenciales o de supuesta autoridad. ¿Qué consistencia teológica tiene entones la descalificación del término “Corredentora”? La respuesta es llana: ninguna. Podrá deberse a motivos prudenciales, jamás a motivos teológicos.

Aún a respecto de los mencionados argumentos de circunstancia o prudenciales o de supuesta autoridad, se encuentran, de una parte, los alegados por Ratzinger en su voto secreto, ahora revelado, de índole más bien prudencial, y sobre ellos volveremos en próxima publicación. A esos deben añadirse los alegados por la misma “nota” que intentan resumir las mencionadas razones prudenciales. Sin embargo, constan también algunas citaciones de Francisco, una de las cuales podría ser aducida como argumento de autoridad. En efecto, Bergoglio dijo: “Cristo es el único Redentor: no hay co-redentores con Cristo”. Si eso se toma al pie de la letra y no le descontamos la imprecisión típica del lenguaje hablado de un hombre no docto, ¿cómo interpretar la teología de Ireneo a respecto del papel salvador de María y el título por él cuñado de “causa salutis”? Y aún, ¿qué explicación podría tener la afirmación de San Pablo en Col 1, 24? Si María fue causa de salvación para sí y para todo el género humano, ¿cómo negar que de alguna manera redimió con Cristo? Si San Pablo completó lo que faltaba a la pasión del Señor en favor de la Iglesia, ¿cómo negarle un papel corredentor? Estas preguntas se hacen aún más acuciantes si consideramos el Magisterio Pontificio, en especial la afirmación de Benedicto XV en su Carta Inter Sodalicia, también omitida por Fernández: “[María] en comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; abdicó los derechos de madre sobre su hijo para conseguir la salvación de los hombres y, para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de Ella, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar, con razón, que redimió al linaje humano con Cristo” (BENEDICTO XV, Litterae Apostolicae, Inter Sodalicia, 22 de marzo de 1918, AAS 10, 1918, 182).

Si Ella redimió al linaje humano, se la puede considerar en sana lógica redentora con Cristo. Redentor es aquel que redime, dicen los diccionarios. Si el término corredentor significa “redentor junto con” o “redentor con”, y si María redimió al linaje humano con Cristo, ¿cómo negarle el título de “corredentora”? Sería un error lingüístico básico… Y si María es corredentora en la fuerza del término, ¿cómo negar que existan corredentores con Cristo? En ese sentido, cabe preguntarse: ¿estarían en comunión Francisco y su teólogo Fernández con San Pablo, San Ireneo y Benedicto XV? La respuesta positiva sería más que temeraria. Por lo tanto, concluimos que no existen razones de autoridad válidas para descalificar como “inoportuno” el título de “Corredentora”, antes bien, existen razones teológicas y de autoridad bien fundadas para adjudicárselo. Razones estas que siguen siendo válidas, como tendremos oportunidad de mostrar.

Es menester considerar ahora el valor pastoral del término “inoportuno”. En efecto, de este punto de vista el fatídico calificativo no debía ni siquiera llevarse en consideración a la luz de la enseñana de San Pablo en la segunda a Timoteo: “praedica verbum, insta opportune, importune, argue, increpa, obsecra in omni longanimitate et doctrina” (2Tim 4, 2). Está claro que si una doctrina y el título que la representa son en sí mismos buenos, se debe insistir en ellos oportuna e inoportunamente, y esto es palabra de Dios. En cambio, el “inoportuno” con que se pretende descalificar el título de Corredentora es sólo palabra de Fernández.

Es posible concluir por lo tanto que el calificativo “inoportuno” no es teológico ni pastoral, es sólo prudencial. Y si es prudencial de una prudencia que no es teológica ni pastoral, ¿qué clase de prudencia es?

Con todo, yendo a las raíces etimológicas del término, que aún hoy determinan su significación en el lenguaje corriente, “inoportuno” quiere decir “que ocurre fuera del tiempo adecuado”.  Decir que el título de corredentora es inoportuno, es afirmar que este título está siendo dicho fuera del tiempo adecuado. Y esto no afecta al título en sí, sino a la ocasión de utilizarlo. Ocasión ésta que por naturaleza es mutable, visto que se refiere al tiempo, y como recuerda el Eclesiastés (3, 1-2), los tiempos cambian: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Tiempo de nacer, tiempo de morir”. En ese sentido, afirmar que el título Corredentora es “siempre inorportuno”, como hace la nota doctrinal, es cierta contradicción e indiscreta pretensión, como si Fernández tuviese presciencia de todos los tiempos pasados, presentes y venideros. Y eso más aún cuando muchos papas ejerciendo su función de enseñar lo utilizaron, ¿habrán sido ellos inoportunos también?

Para poner el punto final a este primer artículo a respecto de un tema sobre el cual hay mucha tinta aún por derramar, sería laudable recordar una máxima que, por así decir, sellaba a fuego a los genuinos miembros de la curia vaticana: “nunquam inducere in errorem Summum Pontificem”. Por eso mismo, los antiguos colaboradores de los papas estudiaban las materias con esmero, las revisaban con agudísima atención, todo por evitar que el Papa se equivocase por culpa de sus ayudantes. Como hemos visto y como aún volveremos a ver, Fernández no aplica esa máxima con rigor. Su texto, firmado por León XIV, lleva el sello de la confusión, de la imprecisión, de la parcialidad, de una formulación movediza, de la clamorosa omisión y de una postura de imprudente discontinuidad con la tradición magisterial y teológica, que en la próxima publicación analizaremos más detalladamente.

Queda suplicar a la Santísima Virgen María, Causa Salutis y Redentora del humano linaje con Jesús, que ilumine al Papa en la elección de sus colaboradores, sobre todo, de aquellos que han de defender la Doctrina de la Fe, pues es alrededor de ella que se construye la verdadera unidad eclesial. En estos tiempos de división, en que se habla de dos Iglesias en confrontación, el Papa del “in Illo uno unum” fue inicialmente visto como una promesa de paz. Sin embargo, la insólita e innecesaria firma en la “nota” de Fernández ha sido para muchos la primera desilusión. La falta de cautela de un Papa, no versado en teología, que en sus primeros pasos asume con relación a la Virgen aires poco benévolos, tiene que ser prontamente remediada. Sólo de esa manera recuperará la confianza de las gentes.

Miguel Guzmán, Pbro. 

Doctor en Teología

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Post scriptum: Estaba terminado este artículo cuando tuvimos conocimiento de la reciente entrevista de Fernández a Diane Montagna, en la cual el polémico purpurado “reinterpreta” el texto de Mater Populi Fidelis en lo que respecta al “siempre inoportuno” con que se descalifica el título de Corredentora.

Ante todo, afirma que el “siempre inoportuno” se usó exclusivamente en referencia al momento actual (¡sic!). Y atribuye al adverbio “siempre” un sentido que no consta en diccionario alguno al decir que en la “nota” éste viene a significar “a partir de ahora” (¡¡sic!!). Fernández prosigue en su despropósito alegando que “en el fondo de esa palabra [Corredentora], hay elementos que pueden aceptarse y seguir defendiéndose”. A pesar de ello – continúa – la “expresión [«Corredentora»] no se utilizará ni en la liturgia, es decir, en los textos litúrgicos, ni en los documentos oficiales de la Santa Sede.” Finalmente, afirma que se consultaron muchísimos mariólogos, contradiciendo así declaraciones anteriores del P.  Maurizio Gronchi, consultor del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, quien aseguró que “no se pudo encontrar ningún mariólogo colaborador” para trabajar en el documento. Esta última información nos ha sido confirmada por fuentes internas del Dicasterio.

Analicemos rápidamente esta suma de despropósitos.

El primero es lingüístico y prueba la supina ignorancia del supuesto teólogo Fernández. Afirmar que el “siempre” significa “a partir de ahora” va más allá de la ficción. El adverbio “siempre” viene del latín (semper) y significa en cualquier diccionario “en todo tiempo”, por lo tanto, engloba el pasado, el presente y el futuro. Fernández intenta salirse por peteneras, explicando lo inexplicable. Esto es grave. Si no sabe el sentido de las palabras en su lengua madre, ¿cómo se atreve a firmar un texto de tal gravedad sobre un tema tan sensible? Más aún ¿en qué condiciones pretende ser el teólogo del Papa? Es como si un pintor no supiese la diferencia entre un pincel y una espátula, ¡alucinante! Pero Fernández no sólo se atreve a escribir, no sólo pretende hacer teología, sino que induce en error al Papa haciéndole firmar un documento equívoco, altamente polémico, que además lo ha desprestigiado ante la gente en base a un término mal utilizado. Si éste es el teólogo amigo del Papa… ¡líbralo, Señor, de sus amigos!

En segundo lugar, la desvergüenza de afirmar lo contrario que su asesor… uno dice que no consultaron mariólogo alguno, el otro que “muchos, muchos” ¿cuál de los dos es deudor con la verdad? Esta contradicción nos habla de un equipo disgregado, mal organizado y poco honesto, que con toda probabilidad ha presentado un documento sobre la Virgen sin el concurso ni el apoyo de las instancias mariológicas más competentes en la Iglesia… ¿Y son estos los defensores de la fe, los referentes teológicos del Papa León?

En tercer lugar, el papelón que le ha hecho hacer al pobre Papa León. En efecto, “quod scripsi, scripsi”, lo escrito, escrito está, como decía Pilato. En el documento está escrito “siempre inoportuno” y una interpretación falseada de Fernández dada en una entrevista no puede corregir ese error. Con ese “siempre” el Papa León está descalificando a sus antecesores y a una corriente importante de la teología católica. Ha sido un gesto temerario por parte del actual pontífice, sin duda, y además bastante indelicado pues, como se dijo, no es él un teólogo, ni un intelectual destacado, y, además, acaba de llegar.

En cuarto lugar, confirma lo afirmado en el artículo, esto es, la avalancha de reacciones contrarias al documento. Si así no fuese Fernández no hubiese echado marcha atrás, al menos parcialmente. El responsable por el desprestigio del Papa, ahora intenta solucionar la crisis de forma inhábil, empeorándola aún más. Peor ha sido el remedio que la enfermedad, como se dice popularmente.

En síntesis, la reciente entrevista de Fernández sólo viene a confirmar las tesis principales del artículo: el sofista-teólogo plateño no es competente ni como escritor ni como teólogo y ha tenido la audacia de inducir en error al Papa, lo ha cubierto de desprestigio y ahora intentar apagar el incendio alegando lo imposible, o sea, haciendo del término “siempre” una mentira lingüística. Intolerable. Quiera el buen Dios que esta soberana metida de pata le cueste al cargo a Fernández, sería en bien suyo y de toda la Iglesia.

 

Nota: Los artículos publicados como Tribuna expresan la opinión de sus autores y no representan necesariamente la línea editorial de Infovaticana, que ofrece este espacio como foro de reflexión y diálogo.

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