El subdiaconado: la plata que se vuelve oro

El subdiaconado: la plata que se vuelve oro

Hoy, 14 de febrero de 2026, en el seminario de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro de Wigratzbad, en Baviera, doce jóvenes (tres españoles) han sido ordenados subdiáconos. No es una noticia ruidosa. No aparecerá en los titulares del mundo. Pero en el cielo ha debido de haber un suave estremecimiento de gozo, porque doce vidas han dado un paso luminoso hacia el altar.

El subdiaconado —hoy suprimido en la disciplina ordinaria tras el motu proprio Ministeria quaedam de Pablo VI (1972)— no era una simple función práctica ni una estación decorativa en el camino al sacerdocio. Era, y sigue siendo allí donde se conserva, una verdadera “subida” al altar, una orden sagrada que introduce ya en la órbita estable del clero mayor, con obligaciones graves y dulces: el celibato perpetuo y el rezo íntegro del Oficio Divino.

Hasta el subdiaconado, el seminarista había recibido la tonsura —signo de consagración— y las órdenes menores: ostiario, lector, exorcista y acólito. Eran peldaños preparatorios, necesarios, hermosos; pero el subdiaconado marcaba un umbral: ya no se trataba solo de servir; se trataba de pertenecer de un modo definitivo. El subdiácono toca el cáliz, prepara el altar, canta la Epístola, sostiene el libro sagrado, purifica los vasos. No consagra, pero está ya en el círculo inmediato del Misterio. Vive en la penumbra sagrada del Sancta Sanctorum, a un paso del fuego. Y por eso la Iglesia antigua lo consideró siempre como una orden mayor, con vínculo estable al altar y a la oración pública de la Iglesia. El subdiácono se convierte en hombre del Oficio, en custodio de las Horas, en centinela de la alabanza coral. Su jornada ya no es suya: pertenece a la Iglesia.

En su Vida de Santo Domingo de Silos, en el siglo XIII Gonzalo de Berceo pintó con admirable plasticidad la scala sancta de cuatro peldaños sagrados:

Tal era como plata mozo cuatrogradero,

la plata tornó oro cuando fue pistolero,

el oro margarita en evangelistero,

cuando subió a preste semejó al lucero.

El “[e]pistolero” es el subdiácono. Hasta entonces se ha bruñido la plata del que sube las gradas: el vigor de alpinista a lo divino, el estudio entusiasta del descubridor de Dios, la pureza limpia del joven recio, la fidelidad atenta en las órdenes menores, la obediencia abnegada en lo pequeño. Pero cuando recibe el encargo solemne de proclamar la Epístola —de ser voz de la enseñanza apostólica en la asamblea— la plata se vuelve oro. No es aún la perla del diácono ni la estrella radiosa del presbítero; pero ya es oro. Oro que no brilla para sí, sino que refleja una luz mayor. Hay en esa metáfora medieval una teología profunda: la gracia no anula la naturaleza; la purifica y la eleva. La plata no desaparece: se transfigura. El joven casto, formado en la disciplina, probado en la fidelidad, al asumir el subdiaconado se convierte en hombre de altar, hombre de promesa irrevocable, hombre de breviario. Porque uno de los aspectos más elocuentes del subdiaconado es que, desde ese momento, el candidato se obliga al celibato perpetuo y al rezo diario del Oficio Divino. No es una simple norma jurídica: es un signo teológico. El celibato no es renuncia triste, sino anticipación escatológica. El subdiácono declara con su vida que Cristo basta, que el Reino es real, que el altar es centro suficiente. Y el Oficio Divino —esa corriente ininterrumpida de salmos, himnos y lecturas— lo introduce en la respiración misma de la Iglesia. Desde ese día, su voz se entrelaza con la de monjes, vírgenes consagradas, sacerdotes y fieles que santifican el tiempo. El subdiácono empieza a vivir, de manera estable, lo que será su identidad futura: hombre ordenado in sacris y segregado para el sacrum, pero no separado del mundo, sino entregado a él desde el altar.

La reforma de Pablo VI, al suprimir las órdenes menores y el subdiaconado en la disciplina latina ordinaria, quiso simplificar la estructura ministerial y resaltar el diaconado, también permanente. Sin embargo, no pocos han sentido que con la desaparición del subdiaconado se perdió también un matiz pedagógico y ascético precioso: ese momento solemne en que el joven se compromete ya definitivamente, cuando aún no es diácono, pero ya pertenece jurídicamente al altar. Por eso resulta motivo de sincera alegría que en institutos como la Fraternidad Sacerdotal San Pedro se conserve esta orden sagrada según la disciplina litúrgica tradicional. No como gesto arqueológico, sino como expresión viva de una teología del sacerdocio que subraya la continuidad, la gradualidad y la belleza simbólica de cada peldaño.

Doce jóvenes. Doce historias personales. Doce familias que han entregado un hijo. Doce voluntades que hoy han dicho, con temblor y firmeza: Subo. Suben al altar, pero descienden a la kénosis del Siervo de Dios. Suben en dignidad, pero descienden en humildad. Suben en responsabilidad, pero descienden en obediencia.

La plata de la tonsura y de las órdenes menores ha sido hoy transformada en oro. No oro mundano, sino oro litúrgico: el que adorna el cáliz, el que circunda el sagrario, el que arde en la custodia. Si perseveran —y la Iglesia entera ora por ello— ese oro se tornará perla oriental en el diaconado y astro fulgurante en el presbiterado. Pero ya hoy son, de un modo nuevo, hombres del altar. Y en un tiempo en que tanto se trivializa lo sagrado, en que el lenguaje religioso se diluye y el compromiso se relativiza, ver a jóvenes abrazar el celibato y el Oficio Divino como obligación gozosa es un signo de esperanza. Porque cada subdiácono es una promesa de fidelidad y de continuidad; una promesa, joven e ilusionada, generosa y bizarra, de que el altar no quedará vacío.

La plata se ha vuelto oro. Un oro que refleja la luz de Cristo. Un oro que custodiará la Domus aurea: Maria, Mater sacerdotalis.

 

Por: Mons. Alberto José González Chaves

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