El obispo Labaka, en proceso de beatificación por León XIV, relató cómo permitía a jóvenes indígenas tocarle los genitales

El obispo Labaka, en proceso de beatificación por León XIV, relató cómo permitía a jóvenes indígenas tocarle los genitales

El portal Infocatólica ha puesto de relieve la profunda polémica que rodea el proceso de beatificación de Mons. Alejandro Labaka, abierto en mayo del 2025 por León XIV. Y lo ha hecho recordando algo que durante años ha permanecido en un discreto segundo plano: los textos explícitos, escritos y publicados por el propio protagonista, que describen situaciones de desnudez sistemática, convivencia sexualizada con jóvenes y una concepción de la inculturación basada en la teología de la liberación, que no pretendía modificar las costumbres locales sino idealizarlas e integrarse en las mismas: una visión fracasada y absurda que desafió además gravemente la tradición moral de la Iglesia y sus misioneros.

Es importante reseñar que en el análisis de la autobiografía del obispo Labaka, no estamos ante rumores ni ante reconstrucciones hostiles. Estamos ante páginas impresas en la Crónica Huaorani y en otros escritos autobiográficos del propio Labaka. Su proceso de beatificación se abrió oficialmente el 22 de mayo de 2025, cuando el Papa León XIV autorizó la promulgación de los decretos que reconocen su vida como “ofrenda de vida” y su venerabilidad, marcando así la fase inicial del camino hacia la beatificación en la Iglesia Católica.

Ese acto no es solo un formalismo: supone que la Santa Sede reconoce que Labaka vivió con entrega heroica su vocación misionera hasta la muerte, y lo sitúa en la etapa de “Venerable Siervo de Dios”, paso previo necesario antes de poder ser declarado beato y, en un futuro, santo, si se cumplen las condiciones.

Precisamente por eso, lo que allí aparece exige una reflexión seria, directa y sin eufemismos. La discusión no puede reducirse a simpatías personales ni a juicios emocionales sobre su muerte violenta. Existiendo un proceso de beatificación abierto es importante examinar los textos, las decisiones pastorales concretas y su coherencia con la doctrina moral católica de este obispo.

“Bendito nudismo”: cuando la adaptación se convierte en ideología

Labaka, obispo misionero en el Amazonas, no describe simplemente una adaptación cultural forzada por el clima o la necesidad. Eleva el nudismo a categoría casi teológica:

“¡Bendito nudismo de los Huaorani, que no necesitan trapos para salvaguardar sus normas de moral natural!” (CH, 39).

Y añade:

“Vivían desnudos y yo también a menudo estaba desnudo como ellos”.

No se trata únicamente de tolerar una costumbre local mientras se anuncia el Evangelio. Se trata de asumirla como paradigma moral originario, como retorno al “Paraíso antes del pecado”:

“Dios ha querido guardar en este pueblo la manera de vivir, la moral natural como en el Paraíso antes del pecado” (CH, 57).

La cuestión no es la tela, sino la teología. En la tradición cristiana, el pudor no es una convención cultural secundaria, sino una expresión antropológica vinculada a la conciencia del pecado original y a la dignidad del cuerpo. Presentar una cultura concreta como conservación intacta de la “moral natural” prelapsaria implica una idealización teológica de gran calado.

La inculturación, según el magisterio, supone asumir lo verdadero y bueno de cada pueblo, pero siempre a la luz del Evangelio. Cuando la adaptación se formula en términos de superioridad moral originaria, el riesgo ya no es práctico, sino doctrinal.

Convivencia sexualizada con jóvenes: textos que no admiten maquillaje

El punto verdaderamente grave no es el nudismo en abstracto, sino las escenas que el propio Labaka narra con una franqueza inquietante.

Describe dinámicas reiteradas de excitación entre jóvenes:

“Observé la facilidad, o mejor la práctica casi generalizada como algo ritual, de excitarse entre los varones frecuentemente (…) amén de otros juegos de aspecto homosexual en sus largas tertulias familiares” (CH, 57).

Y en ese contexto explica que decidió bañarse y convivir desnudo con ellos:

“Partir de su realidad me pidió bañarme con ellos o como ellos, o a la vista de jóvenes y niños, con toda naturalidad; intencionadamente hacer el aseo completo de varón adulto; permitir satisfacer la natural curiosidad de tocar y ver en lo que nos ven distintos…”

La situación no queda ahí. Él mismo reconoce intentos de provocación:

“Uno de los adolescentes quiso excitarme y lo impedí con sonriente energía”.

En otro pasaje relata:

“Peigo se quedó, al parecer, sin hamaca y se acercó a mi cama (…) compartí la cama acostándonos desnudos bajo el mismo mosquitero” (CH, 51-52).

Y aún más explícito:

“Los jóvenes estuvieron más juguetones que nunca, abundando en palabras y signos que figuraban la unión de sexos, permitiéndose tocamientos en los genitales. Esta vez me molestaron especialmente, hasta constatar con algazara que las reacciones viriles son idénticas entre nosotros y los Huaorani. Con todo, no insistieron ni conmigo ni entre ellos de manera que se produjera polución. Procuré no hacer ningún drama y me esforcé en actuar con naturalidad, reírme con ellos y disuadirles del juego” (CH, 146).

Colocarse deliberadamente en un contexto reiterado de excitación sexual con jóvenes, compartir desnudez y espacio nocturno, y describirlo como método pastoral plantea un escándalo grave sobre la prudencia, la continencia y el juicio moral.

En un contexto eclesial especialmente sensibilizado por los abusos, estos textos no pueden ser minimizados como meras anécdotas culturales.

De decisión personal a método pastoral

La cuestión se agrava cuando esta praxis no queda reducida a una opción individual discutible, sino que se presenta como modelo misionero.

“El misionero no tiene que esperar que le desnuden, sino que hará mejor en adelantarse a hacerlo para dar muestras de aprecio y estima a la cultura del pueblo Huaorani” (CH, 144).

La desnudez deja de ser una circunstancia tolerada para convertirse en gesto programático. Además, las escenas descritas incluyen convivencia en contextos mixtos, con participación de religiosas en situaciones donde la desnudez se normaliza como herramienta comunicativa.

Una inculturación sin dimensión purificadora

El núcleo teológico del problema es aún más profundo. En los textos de Labaka aparece una inculturación que parece diluir la dimensión correctora del Evangelio.

Él mismo describe prácticas que califica como “juegos de aspecto homosexual” o dinámicas de excitación ritualizada. Sin embargo, no se aprecia horizonte claro de transformación moral ni llamada a una pedagogía gradual de purificación.

La tradición católica ha enseñado siempre que el Evangelio asume lo verdadero y bueno de las culturas, pero purifica lo desordenado. La inculturación no es fusión acrítica, sino inserción transformadora.

Cuando se naturalizan prácticas sexualizadas bajo la categoría de “madurez sexual extraordinaria” y se evita cualquier confrontación moral por miedo a “crear complejos”, la misión corre el riesgo de convertirse en acompañamiento neutral más que en anuncio salvífico.

Ese desplazamiento no es menor: afecta al concepto mismo de evangelización.

Beatificación y responsabilidad eclesial

Mons. Labaka murió de forma violenta en 1987. Ese hecho es trágico y nadie lo discute. Pero la beatificación no canoniza circunstancias dramáticas; examina virtudes heroicas, ortodoxia doctrinal y coherencia moral integral.

En una Iglesia marcada por la herida de los abusos, ¿es prudente avanzar sin un examen exhaustivo de escritos donde un sacerdote describe convivencia desnuda con jóvenes que intentan excitarlo y escenas de tocamientos genitales en su entorno inmediato? Plantear estas preguntas no es puritanismo. Es responsabilidad eclesial. La santidad no teme la luz. La Iglesia debe tener el coraje de reconocer los errores de la teología de la liberación y de misioneros que tuvieron una visión atrofiada de una evangelización «inculturada» en el error.

Citas literales de Mons. Alejandro Labaka

  1. “¡Bendito nudismo de los Huaorani, que no necesitan trapos para salvaguardar sus normas de moral natural!” (Crónica Huaorani, 39; a partir de ahora, CH).
  2. “Ellos [los Huaorani] iban desnudos, nosotros comenzamos a ir también de esa manera. (…) Vivían desnudos y yo también a menudo estaba desnudo como ellos” (Tras el rito de las lanzas, Vida y lucha de Alejandro Labaka, CICAME, Coca, Ecuador, 2003, 199-200).
  3. “Dios ha querido guardar en este pueblo la manera de vivir, la moral natural como en el Paraíso antes del pecado” (CH, 57).
  4. “Tal como estaba, en paños menores, me adelanté hasta el jefe de la familia, Inihua y Pahua, su señora; junto a mí se hallaba ya el hijo mayor. Con las palabras padre, madre, hermanas, familia me esforcé en explicarles que ellos, desde ahora, constituían mis padres, hermanos; que todos éramos una sola familia… Me desnudé completamente y besé las manos de mi padre y de mi madre Huaorani y de mis hermanos, reafirmando que somos una verdadera familia” (CH, 37).
  5. “Temí ser un rechazo para la cultura y costumbres Huaorani si me manifestaba demasiado rígido (…). En esas circunstancias, comprendí que el misionero, si le toca andar por la selva con ellos, debe andar igual que ellos para poder vestirse cuando llegue la ocasión del frío de la noche” (CH, 38).
  6. “Los misioneros deben comportarse con toda naturalidad entre ellos; no extrañarse de su nudismo ni de ciertas curiosidades que puedan tener con nosotros, y hasta que debemos desnudarnos voluntariamente en algunas circunstancias, no en plan de exhibicionismo sino para no crear complejos de culpabilidad en una cultura de madurez sexual extraordinaria” (CH, 103).
  7. “Cada vez que se integran nuevos misioneros al equipo, se suscitan las mismas preocupaciones de nuestros primeros contactos con la cultura amazónica del ‘hombre desnudo’. La preocupación, hecha casi obsesión, se cifraba en que los Huaorani desnudaban a todos. Admitiendo todos que la desnudez era legal dentro de su cultura, constituía, en cambio, una de las dificultades mayores para la entrada del personal misionero, especialmente religiosas. Muy pronto nos dimos cuenta de que el misionero no tiene que esperar que le desnuden, sino que hará mejor en adelantarse a hacerlo para dar muestras de aprecio y estima a la cultura del pueblo Huaorani” (CH, 144).
  8. “En un momento dado, nos encontramos con que el camino se ha perdido en un profundo aguazal de unos quinientos metros de extensión. Sin dudar un momento Deta (una indígena) se desviste y avanza desnuda con el agua hasta más arriba de la cintura; llegada a la orilla opuesta nos anima sonriente, mientras nosotros caminamos cautelosamente, sin atrevemos a imitar su ejemplo por nuestros prejuicios de educación. Después de un par de horas regresamos por el mismo camino. Deta, esta vez, no se quita su pantaloneta y atraviesa el aguazal, seguida de las Hermanas. Poco después llegamos nosotros: Neñene, con su criatura en brazos, me indica que le ayude a soltarse el lazo de su pantaloneta que, luego, me entrega para que se la pase yo. Ante este signo de confianza y naturalidad, me desvisto también y pasamos así el aguazal” (CH, 145).
  9. “Esta es la única ocasión en que todo el grupo por igual vivimos en la presencia del Creador un capítulo hermoso de la Biblia (Gen. 2, 25)” (CH, 113).
  10. “Observé la facilidad, o mejor la práctica casi generalizada como algo ritual, de excitarse entre los varones frecuentemente y siempre que hacen sus necesidades; amén de otros juegos de aspecto homosexual en sus largas tertulias familiares. Partir de su realidad me pidió bañarme con ellos o como ellos, o a la vista de jóvenes y niños, con toda naturalidad; intencionadamente hacer el aseo completo de varón adulto; permitir satisfacer la natural curiosidad de tocar y ver en lo que nos ven distintos, como, las partes vellosas del cuerpo. Pero ahí precisamente se me ofreció la ocasión de dar una lección, cuando uno de los adolescentes quiso excitarme y lo impedí con sonriente energía” (CH, 57).
  11. “Peigo [un joven Huaorani] se quedó, al parecer, sin hamaca y se acercó a mi cama. En días anteriores le había rechazado, pues le temía por sus ademanes e intentos provocativos homosexuales. Esta vez tuve otra comprensión del ‘aceptar todo, excepto el pecado’ y compartí la cama acostándonos desnudos bajo el mismo mosquitero” (CH, 51-52).
  12. “Nos acostamos muy temprano, apenas oscureció. La casa consta de un solo departamento: En un ángulo está el fogón, entre las hamacas de los esposos Inihua y Pahua. En el otro costado se encuentran las restantes hamacas, quitadas a los obreros de la Compañía, con sus toldos y sus colchas, en dirección este-oeste. Mi cama la pusieron detrás, en dirección norte-sur, en el suelo, de manera que podemos darnos la mano con el joven que duerme junto a mí en la hamaca. Estoy empapado de sudor y me quito la camisa y el pantalón” (CH, 36).
  13. “Mi madre Pahua se empeñó en que todos durmiéramos en su casa, a pesar de no haber casi sitio material para ello (…). Los jóvenes estuvieron más juguetones que nunca, abundando en palabras y signos que figuraban la unión de sexos, permitiéndose tocamientos en los genitales. Esta vez me molestaron especialmente, hasta constatar con algazara que las reacciones viriles son idénticas entre nosotros y los Huaorani. Con todo, no insistieron ni conmigo ni entre ellos de manera que se produjera polución. Procuré no hacer ningún drama y me esforcé en actuar con naturalidad, reírme con ellos y disuadirles del juego (…). En esta circunstancia concreta nada hubiera habido tan ridículo ni que produjera tanta hilaridad como la erección conseguida en el Capitán ‘Memo’ [ese era el apodo del P. Labaka, en Aguarico]. Cuando llegaron de nuevo a acostarse, yo acababa de pedir perdón a Dios por si estaba convertido en ‘un viejo verde homosexual’” (CH, 146).

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