El 2 de julio de 1957, fiesta de la Visitación de Nuestra Señora, Pío XII publica su única encíclica en frances, Le pèlerinage de Lourdes, con ocasión del centenario de las apariciones. De tono pastoral y exhortativo, se inscribe en la línea doctrinal de la Iglesia sobre la misión de la Santísima Virgen en la economía de la salvación. El punto de partida es netamente cristológico: Lourdes, la devoción mariana y la figura de María sólo se comprenden desde Cristo. Como clave hermenéutica de todo el texto, Pío XII escribe que «todo en María nos lleva hacia su Hijo, único Salvador». Con esta frase descarta cualquier lectura autónoma o paralela de la mediación mariana: la Inmaculada no ocupa un lugar intermedio independiente, sino que conduce a Cristo y remite constantemente a Él.
Ahora bien, esa referencia absoluta a Cristo no vacía la misión de María, sino que la define. Pío XII la describe en términos muy claros recordando el modo en que la Virgen se manifestó en Lourdes: «Ella viene a Bernardita, la hace su confidente, su colaboradora, el instrumento de su ternura maternal y de la misericordiosa omnipotencia de su Hijo, para restaurar el mundo en Cristo mediante una nueva e incomparable efusión de la Redención». María aparece como instrumento querido por Dios, asociada a la acción redentora de Cristo, no como fuente de salvación, sino como colaboradora subordinada en la aplicación de sus frutos.
El Papa no se limita a describir un hecho pasado: Lourdes es un signo permanente de esta economía de la gracia, donde se manifiesta de manera visible el encuentro entre el sufrimiento humano y la acción redentora de Cristo: «Jamás, en un lugar de la tierra, se ha visto un cortejo semejante de sufrimiento; jamás un resplandor semejante de paz, de serenidad y de alegría». El contraste no es accidental: el dolor, asumido y ofrecido, se convierte en lugar de gracia. El Papa recuerda que «la Virgen Inmaculada, que conoce los caminos secretos de la gracia en las almas y el trabajo silencioso de esa levadura sobrenatural del mundo, sabe cuánto valen, a los ojos de Dios, vuestros sufrimientos unidos a los del Salvador». María comprende el valor redentor del sufrimiento porque está íntimamente asociada al sacrificio de Cristo. Sin utilizar el término «corredención», Pío XII expresa la realidad del concepto: una cooperación real, aunque totalmente subordinada, en la obra del único Redentor.
De esta asociación brota la mediación mariana en el orden de la gracia, como expresa Pío XII al recordar que en Lourdes «ardientes súplicas han obtenido de Dios, por la intercesión de María, tantas gracias de curación y de conversión». La mediación de la Virgen no es recurso sentimental, sino intercesión eficaz, querida por Dios, orientada siempre a la conversión y a la renovación del hombre. Esta mediación se concreta en una invitación insistente y casi apremiante. Pío XII reproduce la llamada de la Virgen con palabras directas: «Id a Ella… id a Ella… id a Ella… y recibid la paz del corazón, la fuerza del deber cotidiano, la alegría del sacrificio ofrecido», como frutos de una gracia que transforma la vida y la orienta a Dios.
El Papa amplía esta perspectiva al conjunto de la Iglesia y de la sociedad: los sufrimientos ofrecidos y unidos a los de Cristo «pueden contribuir en gran medida a esa renovación cristiana de la sociedad que imploramos de Dios por la poderosa intercesión de su Madre». La mediación mariana no se encierra en el ámbito privado de la devoción, sino que tiene una dimensión eclesial y social: María coopera, desde su misión maternal, a la fecundidad redentora de la Iglesia en el mundo.
Pío XII presenta la invitación de Lourdes como una llamada siempre actual. Recordando las palabras dirigidas a Bernardita, subraya que la Madre de Dios «sin imponerse, apremia a los hombres a reformarse a sí mismos y a trabajar con todas sus fuerzas por la salvación del mundo». La discreción de María no disminuye la exigencia de su llamada; su mediación no sustituye la responsabilidad personal, sino que la despierta y la sostiene
Pío XII concluye implorando para la Iglesia «la más amplia efusión de gracias». La Redención, obra exclusiva de Cristo, se derrama sobre el mundo mediante la gracia; y en este designio, por voluntad de Dios, María ocupa un lugar singular como Madre asociada, mediadora e intercesora. En Le pèlerinage de Lourdes muestra Pío XII la misión de la Virgen como inseparable de Cristo, totalmente subordinada a Él, pero verdaderamente asociada a la difusión de los frutos de la Redención. Lourdes aparece así como espejo de la mediación maternal de María al servicio del único Salvador del mundo