La Conferencia Episcopal Española ha presentado su campaña 2026 “Matrimonio es más”, impulsada por la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida con motivo de la Semana del Matrimonio en torno a la festividad de San Valentín. Bajo el lema “Level up! El juego de dos” y el claim “El amor, la aventura más épica”, la iniciativa propone como eje central un videojuego profesional diseñado para “validar” si una pareja está preparada para un compromiso definitivo. El juego, desarrollado específicamente para la campaña, ya se encuentra disponible en la web oficial del proyecto.
Según la propia Conferencia Episcopal, se trata de una campaña “vocacional y propositiva” que quiere mostrar la belleza del matrimonio cristiano y presentar esta vocación como respuesta al anhelo profundo del corazón humano. La propuesta creativa ha sido desarrollada en colaboración con la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca y diseñada por profesionales del ámbito del videojuego.
Una vocación no es un juego
El problema no está en la buena intención de fondo —recordar que el matrimonio es una vocación cristiana— sino en el modo elegido para transmitirlo. El matrimonio no es una dinámica lúdica, ni una prueba de compatibilidad sentimental, ni un “nivel” que se desbloquea tras superar determinadas pantallas. Es una vocación exigente, una alianza definitiva entre un hombre y una mujer abierta a la vida, que implica sacrificio, entrega, cruz y fidelidad en medio de un contexto cultural profundamente adverso.
En una España con cifras de matrimonio en caída libre, natalidad desplomada y ruptura familiar normalizada, la pregunta es si el problema pastoral es realmente la falta de un videojuego o, más bien, la ausencia de una predicación clara sobre la verdad del sacramento, su indisolubilidad y su dimensión sobrenatural.
La infantilización como estrategia pastoral
Presentar el matrimonio como un videojuego puede pretender “entrar en diálogo con una sociedad gamificada”, como señala la propia campaña. Sin embargo, el riesgo es evidente: trivializar lo que es sagrado. Cuando se transmite la idea de que el compromiso definitivo puede evaluarse como una experiencia interactiva con “opciones virtuosas”, el mensaje que se envía es que el sacramento puede reducirse a un itinerario emocional validado por una mecánica digital.
Esta forma blanda e ingenua de abordar cuestiones fundamentales de la vida cristiana refleja una tendencia preocupante en no pocas instancias eclesiales: la sustitución de la profundidad doctrinal por el marketing creativo, y de la exigencia evangélica por una estética amable y juvenil. El resultado, lejos de fortalecer la vocación matrimonial, puede contribuir a vaciarla de su dramatismo real y de su grandeza sobrenatural.
Tratar a los jóvenes como adultos
Los jóvenes no necesitan que se les simplifique la fe hasta convertirla en entretenimiento. Necesitan que se les diga la verdad con claridad. El matrimonio cristiano exige madurez, responsabilidad, apertura generosa a la vida y capacidad de sacrificio. Exige preparación seria, acompañamiento espiritual y formación sólida. No se sostiene sobre dinámicas de gamificación, sino sobre la gracia sacramental y la voluntad firme de permanecer fiel “en la prosperidad y en la adversidad”.
Si se presenta el compromiso definitivo como un juego, se corre el riesgo de transmitir que la vocación es reversible, opcional o experimental. Y cuando la Iglesia adopta un tono excesivamente liviano para hablar de realidades decisivas, el mensaje pierde fuerza y credibilidad.
Una cuestión de fondo
La crisis del matrimonio en España no es una crisis de creatividad publicitaria. Es una crisis de fe, de antropología y de coherencia. Requiere claridad doctrinal, testimonio convincente y una pastoral que no tenga miedo de hablar de exigencia, de sacrificio y de verdad.
El matrimonio cristiano es, efectivamente, una aventura. Pero no es un videojuego. Es una vocación que se vive de rodillas ante Dios y de pie ante el mundo. Y quizá el verdadero “level up” pastoral consista en recuperar la seriedad con la que la Iglesia ha hablado siempre de este sacramento.