Lourdes Y San Pio X: Maria, medianera y corredentora

Lourdes Y San Pio X: Maria, medianera y corredentora

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Cuando el 2 de febrero de 1904, año primero de su pontificado, San Pío X publica la encíclica Ad diem illum laetissimum, con ocasión del 50º aniversario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, pretende mostrar que el dogma proclamado por Pío IX pertenece al núcleo mismo del misterio cristiano y que María ocupa, por designio de Dios, un lugar necesario en la economía de la salvación. La Inmaculada Concepción no es presentada como un privilegio aislado ni como un honor personal, sino como una clave decisiva para comprender la Redención y la vida de la Iglesia.

El Papa sitúa dentro del plan eterno de Dios a María, preservada de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción y enriquecida con la plenitud de la gracia, lo que significa no solo una santidad excepcional, sino una preparación providencial para una misión única: ser Madre del Redentor y estar asociada de modo singular a su obra salvadora. Tal preservación no fue pasiva ni meramente negativa: Dios quiso una Madre totalmente santa para su Hijo, y la quiso así para asociarla íntimamente a la Redención del género humano. Por eso, al contemplar a María en el momento culminante del Calvario, el Papa escribe: “Cuando llegó la hora suprema del Hijo, junto a la Cruz de Jesús estaba María, y participaba tan enteramente de su Pasión que, si hubiese sido posible, habría soportado gustosa todos los tormentos que padeció su Hijo.” De ello dimana una consecuencia doctrinal decisiva: “De esta comunidad de voluntad y de sufrimiento entre Cristo y María, ella mereció convertirse de modo dignísimo en reparadora del mundo perdido y en dispensadora de los dones que nuestro Salvador nos adquirió con su muerte y con su sangre.” He aquí, formulada con claridad, la doctrina de la corredención mariana. No se trata de una redención paralela ni de una igualdad con Cristo, único Mediador por naturaleza entre Dios y los hombres a Quien pertenece exclusivamente la Redención, en sentido propio y eficaz. Pero precisamente porque Cristo quiso asociar a su Madre a su sacrificio, María coopera de modo real, subordinado y querido por Dios.

Y de esta asociación brota la mediación mariana. San Pío X afirma que no se puede atribuir a María un poder productivo de la gracia, que pertenece sólo a Dios; pero añade que, por su unión singular con Cristo y por haber sido asociada a la obra de la Redención, María merece para nosotros lo que Cristo merece en sentido pleno y actúa como ministra suprema en la distribución de las gracias. Cristo es la fuente; María es el canal maternal establecido por la Providencia: “Pues que la Providencia divina ha querido que tengamos al Dios-Hombre por medio de María, no nos queda sino recibir a Cristo de las manos de María.” No se trata de una opción devocional ni de una sensibilidad particular, sino del orden mismo de la salvación querido por Dios. Separar a Cristo de María es falsear ese orden; acogerlos unidos es entrar plenamente en el designio divino.

En tal contexto doctrinal Pío X se refiere a Lourdes:“Apenas Pío IX había proclamado como verdad de fe católica que María, desde su origen, estaba libre de la mancha del pecado, cuando en la villa de Lourdes comenzaron por obra de la misma Virgen admirables prodigios; de donde nació, con inmenso empeño y obra magnífica, la erección de templos dedicados a la Madre Inmaculada; y hacia los cuales los prodigios que cada día se realizan —obteniéndolos la divina Madre con su intercesión— son argumentos ilustres para abatir la incredulidad de los hombres de nuestro tiempo.” Esta cita es capital. Lourdes no aparece como fenómeno marginal o sentimentalista sino fruto providencial inmediato del dogma, respuesta del cielo al acto solemne del Magisterio. Lourdes es confirmación histórica y pastoral de la Inmaculada Concepción, y sus milagros, argumentos contra la incredulidad moderna. Lourdes es la traducción histórica de lo que el santo Pontífice antimodernista expone doctrinalmente en Ad diem illum laetissimum. Porque en el Pirineo francés, junto al Gave, se ve actuar a la Mediadora; allí se hace visible la fecundidad de su corredención; allí la Inmaculada conduce a la conversión, a la penitencia y a la gracia. Lourdes hace visible la verdad proclamada.

Al mes de firmar esta encíclica, el 28 de marzo de 1905, Pío X inauguró en los Jardines Vaticanos “otro” Lourdes: una réplica exacta de la gruta de Massabielle, donde la Virgen se apareció a Santa Bernadette (inicialmente embutida en otra réplica en pequeño de la basílica de Lourdes, que Pío XI demolería en 1933, por razones estéticas: realmente era una exageración en los jardines; en 1962, Juan XXIII decidió demoler los dos tramos de escaleras laterales y reestructurar el arco de la cueva). Obra del arquitecto Costantino Sneider, la gruta, con la pequeña basílica, fue construida entre 1902 y 1905, y donada a León XIII por el obispo de Tarbes y Lourdes, François-Xavier Schoepfer. Hemos rezado allí muchas veces, alguna de las cuales (ya en los años de su retiro) sorprendimos allí, rezando el rosario, a Benedicto XVI. Porque hoy en esa gruta sigue orando el Papa, especialmente en el rosario de cada 31 de mayo, reforzando así el vínculo entre la Iglesia universal y el santuario de Lourdes, que, más que un lugar geográfico, es una caricia de Dios: su Madre, María Inmaculada, asociada a la Redención y mediadora de la gracia, sigue actuando en la historia, intercediendo y conduciendo las almas a Cristo.

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