El error de la FSSPX que Roma puede exigir que corrijan

El error de la FSSPX que Roma puede exigir que corrijan

Si Roma quiere que el diálogo con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X sea algo más que una escenificación, hay un punto concreto, delimitado y plenamente exigible que debe ponerse públicamente sobre la mesa. No es tanto el reconocimiento de la crisis eclesial, hoy asumida de facto incluso por instancias romanas. No es tampoco la discusión interminable sobre la hermenéutica del Concilio Vaticano II, cuyo carácter pastoral y recepción problemática ya no constituyen un tabú institucional. El punto que Roma sí debe reclamar a la FSSPX con legitimidad total es la corrección de un error pastoral grave que vienen cometiendo: impedir de hecho al fiel cumplir el precepto dominical mediante la asistencia a una Misa válida promulgada por la Iglesia, y hacerlo además en nombre de la defensa de la tradición.

En la praxis ordinaria de la FSSPX se transmite una idea clara en sus consecuencias, aunque a veces formulada de modo implícito: cuando el fiel tiene acceso a la Misa tradicional, la asistencia al Novus Ordo no cumple el precepto dominical y cuando no tiene acceso queda exento de acudir a Misa. No se trata aquí de una preferencia litúrgica ni de una exhortación ascética. Se trata de una calificación moral que coloca al fiel en situación objetiva de pecado grave por obedecer a la autoridad de la Iglesia.

Ese es el núcleo del problema. El precepto dominical obliga bajo pecado mortal. Decir, explícita o implícitamente, que una Misa válida, celebrada según un rito promulgado por el Romano Pontífice, no basta para cumplir ese mandato, equivale a romper la certeza moral del fiel. A partir de ese momento, obedecer a la Iglesia deja de ser garantía suficiente para permanecer en gracia. El fiel queda obligado a someter la ley eclesiástica a un juicio previo externo a la jerarquía, y la autoridad pastoral pierde su capacidad objetiva de obligar.

Pero el daño no se detiene ahí. Esta posición acaba debilitando la doctrina católica sobre la eficacia objetiva de la gracia sacramental. La tradición de la Iglesia siempre fue clara: la Misa actúa ex opere operato. Su eficacia no depende del entorno, ni del clima espiritual, ni de la corrección subjetiva de quienes asisten. La gracia no es frágil. Lo frágil es el hombre, y por eso necesita los sacramentos. Introducir la idea de que el contexto puede neutralizar hasta ese punto la gracia equivale a invertir la lógica tradicional: el sacramento deja de ser remedio y pasa a convertirse en un peligro.

Este planteamiento tiene un origen histórico comprensible. En los años setenta y ochenta, cuando el panorama litúrgico era objetivamente devastador y la Misa tradicional parecía acorralada, pudo desarrollarse instintivamente una pastoral de repliegue, marcada por un miedo razonable a la desaparición absoluta. Pero ese contexto ya no es el actual. Hoy existe un hecho eclesial imposible de negar: el birritualismo real. Cientos de miles de fieles han descubierto la Misa tradicional desde el Novus Ordo. No contra él, sino desde él. Han llegado a la tradición no desde la ruptura, y viven con normalidad en ambos ritos.

Este dato es decisivo y la Fraternidad no puede seguir ignorándolo. La Misa tradicional tiene una fuerza intrínseca, que hoy ya no necesita ser protegida mediante prohibiciones morales ni mediante la descalificación del rito ordinario. Allí donde ambos ritos conviven, el bien se impone por sí mismo. La experiencia demuestra que la tradición no se debilita; al contrario, se expande, se consolida y se transmite con mayor naturalidad. El contacto no la corrompe.

Por eso, el error más grave no es doctrinal en abstracto, sino pastoral en concreto: impedir explícitamente al fiel acudir a una Misa válida para cumplir un mandamiento grave de la Iglesia. Ese es el punto que Roma debe exigir que se corrija. No es una concesión ideológica, sino una exigencia mínima de coherencia teológica. Mientras se mantenga la idea de que obedecer a la Iglesia puede no bastar para evitar el pecado mortal, el problema no será disciplinar ni canónico. Será directamente teológico.

En este marco, la reunión entre el cardenal Víctor Manuel Fernández y el superior general Davide Pagliarini tiene un punto claro de aterrizaje. Roma puede y debe pedir a la Fraternidad que suprima esa posición pastoral concreta. Sacado ese compromiso, el resto entra en un terreno distinto. La aceptación de obispos no sería entonces una cesión doctrinal, sino una medida prudencial de continuidad sacramental, especialmente en un contexto objetivo de emergencia generado por Traditionis Custodes. Ese marco de excepcionalidad existe y negarlo sería ingenuo.

Pero nada de eso puede justificarse mientras se mantenga una pastoral que bloquea el acceso del fiel a la gracia en nombre de su protección. La tradición no necesita ese miedo. Probablemente nunca lo necesitó. Pero hoy, menos que nunca.

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