El sábado 7 de febrero, los católicos de Colorado en los Estados Unidos de Unidos amanecieron con la noticia de que el arzobispo Samuel Aquila de Denver, ha cumplido los 75 años reglamentarios y ha recibido rápidamente la aceptación de su renuncia. Su sucesor es relativamente novato, el obispo de Colorado Springs James Golka. Apenas fue ordenado y tomó posesión de esa diócesis suburbicaria de Denver hace cuatro años. Como sacerdote procedía de la diócesis de Gran Island, Nebraska. Sus estudios fueron cursados en Creighton University, Omaha, Nebraska, dónde obtuvo el bachillerato en filosofía. Posteriormente en el Saint Paul Seminary en Saint Paul (Minnesota), obtuvo un máster en teología. Se ordenó de presbítero el 3 de junio de 1994 y de obispo el 29 de junio de 2021, día en que tomó posesión de la Sede Coloratense.
Entre sus rasgos resaltantes él mismo se define como una persona tímida, quien necesita con frecuencia tiempo para sí mismo, alejado de las muchedumbres. En la diócesis dónde desarrolló su ministerio presbiteral tenía reputación de místico. Tal vez, eso provenía de haberse preparado para el ministerio de exorcista en Chicago, bajo los auspicios de la asociación León XIII. Un dato curioso que perdura en la memoria de muchos de los que estuvieron presentes, en la catedral de Colorado Springs, para la celebración de vísperas previas a su consagración fue el énfasis puesto en cómo Jesús le lavaba los pies cuando él se sentía especialmente fatigado. Muchos de los allí presentes lo entendieron en sentido literal.
Inicialmente su relación con los sacerdotes fue de un sabor almibarado. Públicamente aseguró que nunca vería ninguno de sus archivos a no ser que fuera más o menos presionado a ello. Logró el aplauso general asegurando que no tomaría medidas canónicas ni aún en casos de necesidad, sino que su dedicación al diálogo sería su impronta. Con delicadeza se notaba que deseaba un rumbo distinto del que el obispo Michael Sheridan había forjado en los diecisiete años precedentes debía ser desacreditado. Era de esperar que los estilos fueran distintos entre dos personalidades notablemente diferentes. El obispo Sheridan era doctor en teología y había enseñado teología dogmática en el seminario de la archidiócesis de San Luis, Missouri. Sus homilías eran profundas y llenas de contenido espiritual y práctico. Lo mismo sus escritos. Las del obispo Golka más bien constaban de un anecdotario personal y apelan al sentimiento y a la emoción. Es de suponer que había público para ambos estilos. Mons. Sheridan cuidaba con esmero que sus determinaciones estuvieran empapadas de tradición y de la disciplina católica. Su sucesor empero buscaba la aprobación de los fieles aún si se ponía en riesgo la dogmática o la disciplina canónica. Un ejemplo, según se dice, fue dispensar del bien de la prole a una pareja que intentaba contraer nupcias inmediatamente después de una vasectomía.
Sin embargo, la mayor contribución sin duda en lo que respecta a la disciplina con los sacerdotes. Una vez que había tomado posesión comunicó en la curia que el nuncio, quien lo había promovido, el ahora octogenario cardenal Christophe Pierre, le había comunicado que había algunos sacerdotes que estaban heridos. Unos cinco y que amenazaban con dejar la diócesis. Les ofreció según él, lo mejor que podía, sanación, porque estaban heridos. Y quizá algunos de buena fe lo creyeron. A la postre, da la impresión de haber sido una treta. Empezó una persecución sin cuarte- con cortesías y amaneramientos. El blanco de sus hostigamientos, sin respetos canónicos, fueron y son los más tradicionales. No ha dado tregua contra los que él percibe que no le son absolutamente sumisos. En total, ha expulsado de la diócesis aproximadamente una docena de sacerdote. Ciertamente percibe que su deber es la obediencia ciega al primado petrino. Lo mismo exige de sus súbditos, nunca mejor dicho, para con él.
Se ha filtrado del consejo presbiteral que en la agenda de una de sus reuniones estaban las siglas del nombre de uno de los expulsados del estado clerical y había reservado un momento en la reunión para que todos los presentes tuvieran palabras laudatorias por el logro que había conseguido. Tal caso, no contó con ninguna garantía procesal y fue ayudado convenientemente desde Roma con un proceso penal administrativo.
El obispo Golka siempre tiene el tiempo muy medido, aun si es el anfitrión en una cena, o si se trata de una cita. Al minuto de cumplir el tiempo destinado para un determinado asunto da por concluido el encuentro. Su agenda está siempre al tope, según le gusta decir. Por ello delega en algunos-incondicionales- una buena carga de “autoridad” o poder para gozar seguramente de un poquito más de tiempo. Se dice que no es infrecuente que lleve muchas de las intenciones de los fieles a su residencia para orar por ellas. Para ello toma a veces varios días de recogimiento. Muchos de ellos en Nebraska. Sus allegados mencionan lo cansado que se suele hallar por el peso de la responsabilidad apostólica que lleva abnegadamente sobre sus hombros y para ello nada más consolador que las constantes muestras de afecto de sus más cercanos o de los que lo conocen poco.
El anuncio de su nombramiento ha causado, en algunos, un justificado revuelo en la Archidiócesis de Denver. Es muy posible que esta esquilma digitada desde Roma continue en mayor escala. En Colorado Springs se ha destruido el 25% de los sacerdotes, otro porcentaje el de los más sinodales y turiferarios podrán esperar promociones a corto plazo, y otros muchos vivirán aterrados con sus conciencias sin reposo, en espera que quien viene sólo puede superar a quien se fue. Ojalá lo supere en santidad. Veamos que dice Roma… Pero Denver si que debe tener claro el panorama y si los donantes han llaman para informarse a la curia metropolitana, solo hay que decirles que se han equivocado de puerta. ¡Excmo. James Golka ad multos annos!