TRIBUNA: La doctrina del Acto de Ser de Santo Tomás

Por: Luis López Valpuesta

TRIBUNA: La doctrina del Acto de Ser de Santo Tomás

Si alguien me preguntara quién es mi santo favorito, sin dudar señalaría ex aequo a San Francisco de Asís (1181/2-1226) y a Santo Tomás de Aquino (1224/5-1274). Dos figuras cristianas de muy distinta complexión física, personalidad y espíritu, que vinieron al mundo de manera sucesiva como si fueran dos mellizos en el parto histórico de la cristiandad. Un maravilloso regalo del Creador a la humanidad para enseñarnos, a través del primero, a sentir y a amar, y del segundo a contemplar y a pensar. Y hacerlo como cristianos, pues ambos nos invitan con su ejemplo a desarrollar como hijos de Dios, según la Gracia que se nos entregó a cada uno, lo mejor de nuestras facultades volitivas e intelectivas, esto es, hasta el límite de nuestras capacidades. Y aunque sus imponentes logros siguen hoy generando nuestro asombro y admiración, desde el punto de vista más íntimamente cristiano los dos eran conscientes de que toda la gloria de sus obras pertenecía a Dios y no a ellos; eran meros «siervos inútiles«; «nada tenían que no hubieran recibido antes». Y precisamente por eso, por su fidelidad y sus trabajos, por ser «fieles en lo poco«, «Dios los puso sobre mucho» (Mt. 25,17). Jamás dudaron de que «de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos» (Rm. 11,36).

Precisamente sobre este santo y sabio dominico, del que hace unos pocos días celebramos su aniversario, querría destacar uno de los descubrimientos de su metafísica, una genialidad que me sigue fascinando cada vez que reflexiono sobre ella: su doctrina sobre la diferencia entre ente y existencia; entre esencia y acto de ser; entre ens y esse. Personalmente es la tesis tomista (más incluso que sus clásicas cinco vías) que con mayor fuerza racional me convence de que Dios existe y de que sostiene con su poder todo lo creado. Por supuesto hablo de prueba filosófica, no empírica, pero conviene extender un poco la mente para darse cuenta que, partiendo desde la misma realidad material pero sin salir de ella, son absolutamente insuficientes las explicaciones acerca de por qué existen las cosas y por qué nuestra inteligencia está capacitada para captarlas, entenderlas, diferenciarlas, ordenarlas y estructurarlas con rigor científico. Que el terreno de la metafísica sea menos firme que la solidez empírica de la física -cosa que no niego, y de ahí el prestigio de la segunda frente al actual (e injusto) descrédito de la primera- no implica que, siguiendo una vía lógica sin errores ni falacias, no se puedan alcanzar resultados gozosos en cuanto a la verdad, más allá de lo que podamos medir, pesar o contar. Principio tomista es que todos los caminos de verdad -sean la ciencia o la teología- llevan a la Verdad, es decir, a Dios. Santo Tomás peregrinó y coronó la cumbre del saber, lo máximo que el hombre puede alcanzar con su inteligencia acerca de Dios, el Acto puro de Ser. A partir de esa cima, -como también refiere el santo (Suma contra Gentiles, Libro I, Cap. III)- y para alcanzar el Cielo del conocimiento pleno de Dios necesitamos de la fe y de la Revelación. Y, muy importante: ser humildes, tanto en el acto de pensar como en el acto de creer.

La primera vez que Santo Tomás expone esta distinción entre la esencia y la existencia de las cosas es en su obrita «De ente et esentia» (1256), compuesta cuando él tenía unos treinta años, siendo bachiller y preparándose para su futura cátedra de París. En este breve estudio reflexiona sobre estos conceptos filosóficos teniendo presente a Aristóteles, Averroes y, sobre todo, Avicena. Este último filósofo, árabe como el anterior, en una genial intuición, fue el primero que introdujo en el pensamiento filosófico la potente noción de existencia como distinta de la esencia, si bien considerándola un mero accidente extrínseco del ente; visión alicorta, superada genialmente por el santo italiano.

La existencia -y entramos en lo más impresionante de la metafísica tomista- no es un accidente sino un principio distinto en las criaturas, a diferencia de Dios (en Él, esencia y existencia se identifican). En efecto, en las cosas que vemos, tocamos o percibimos hay materia, hay forma pero también -dirá Santo Tomás- esse (existencia).  Materia, como principio de potencialidad; forma como principio de actualidad (que da la esencia a las cosas), y esse, el hecho mismo de existir, que es el acto más fundamental del ser y que -atención- no es formal, puesto que la forma se vincula a la esencia (materia + forma), y el esse pertenece a otro orden, al orden de la existencia:

«Es imposible que los propios principios de la esencia de un ser causen su existencia, porque todo ser creado no es causa de su existir»  (Suma Teológica I q3,a4).

El esse, acto de todos los actos y perfección de todas las perfecciones, no informa (como hace la forma), no es parte de la esencia sino que actualiza a toda la esencia; si (el esse) fuera formal sería parte de la definición de la cosa, con lo cual todas las esencias existirían necesariamente, y eso es inadmisible para Santo Tomás. En luminosa frase del santo: la forma hace que algo sea; el esse hace que sea. Ahora bien, si el esse es realmente distinto de la esencia (materia + forma), y es acogido por ella, se impone la conclusión de que existe necesariamente ese ser cuyo esse no sea recibido, sino que sea su esencia. Y en Dios, por definición, no hay distinción real entre el esse y la esencia; dicho de otro modo, Dios no tiene ser, Dios es el SER; Dios necesariamente existe. Ipsum esse subsistens.

«De donde es necesario que toda cosa tal cuyo estar existiendo es distinto de su naturaleza, tenga el estar existiendo a partir de otro. Y como todo lo que es por otro se reconduce por sí a la causa primera, es necesario que haya una cosa que sea causa del estar existiendo de todas las cosas, en cuanto que (solo) ella misma es solamente estar siendo» (De ente et esentia, 34).

A la pregunta recurrente de por qué existe algo y no nada, Santo Tomás respondeo dicendum: no pueden existir las cosas (contingentes) sin la existencia anterior (y necesaria) de Dios, del que participan todas las cosas. Por supuesto, participación no en sentido panteísta (Dios como parte de las criaturas), sino en el de recibir de modo limitado las perfecciones que Dios posee de modo ilimitado, siendo Dios causa eficiente principal de todo. Así, sólo en ese sentido, las criaturas -seres contingentes- participan de la donación de su ser y existen.

«es necesario que todas las cosas, menos Dios, no sean su propio ser sino que participen del ser y, por tanto, es necesario que todos los seres, que son más o menos perfectos en razón de esa diversa participación, tengan por causa un primer ser que es del todo perfecto» (Suma Teológica I q44,a1).

Por otro lado, la diferencia entre contingente y necesario la desplegará brillantemente Santo Tomás en su Tercera vía demostrativa de la existencia de Dios (la cual es, a mi juicio, la más convincente de las cinco), y que puede formularse así: todos y cada uno de los seres que contemplamos son contingentes -pueden existir o no haber existido, aparecen y desaparecen pues ninguno tiene en sí mismo la causa de su existencia-, pero si todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en el que nada existió. Luego, debe existir un ser necesario, causa y origen de todos los contingentes (Suma Teológica I, q2,a3).

Sin la menor duda, el surco fértil abierto por el santo con esta enseñanza del ser como acto y no sólo como concepto hubiera merecido haber sido sembrado por la semilla de los teólogos que le sucedieron. Desgraciadamente, los brillantes metafísicos cristianos posteriores (hasta que llegó el subjetivismo de la modernidad con Descartes), no profundizaron en esta fecunda doctrina del «acto de ser». El franciscano Duns Scoto en el siglo XIV y el jesuita Francisco Suárez en el siglo XVI abandonaron esa metafísica existencialista de Santo Tomás, en favor de una esencialista. Guillermo de Occam en el siglo XIV fue más allá y redujo la metafísica a una cuestión de palabras, conceptual, no de esencias. Irónicamente, Santo Tomás fue y es avant la lettre el más grande filósofo existencialista de la historia (quién diría que hoy se le podría relacionar con pensadores ateos/agnósticos como Sartre o Heidegger). Menos mal que en nuestro tiempo, el gran filósofo francés Etienne Gilson rescató brillantemente está doctrina, y de hecho afirmará que Santo Tomás fue el primer filósofo que comprendió de verdad la metafísica.

Pienso y repienso, en fin, sobre esta luminosa doctrina, y lo que me asegura mi cabeza me lo ratifica mi corazón. Y -sobre todo- me lo prueba, me lo confirma definitivamente y con divina certeza la Sagrada Escritura: «Bereshit Bara Elohim» (Gn. 1,1); «quia ex nihilo fecit illa Deus et hominum genus» (2 Mac. 7,28). Sólo el Dios revelado en el judeocristianismo es el SER, «el que ES» (Ex.  3,14); trascendente, eterno, todopoderoso, omnisciente, omnipresente, santo y pura bondad; es causa no causada y desde la nada ha dado origen a todo lo creado. Por la munificencia de su amor.

En definitiva, la razón y la revelación son dos ríos que confluyen y desembocan en el océano infinito del Dios verdadero, Uno y Trino. Y aunque navego en la barquilla frágil de mi entendimiento, avanzo con los remos solidos -y a veces duros- de la doctrina tomista, guiándome con la brújula de las Escrituras. Y -fundamental- en el ocaso tengo presente siempre a la estrella polar que es la Bienaventurada Virgen María. Con estos pertrechos tengo la certeza de que llegaré al buen puerto del Cielo. Santo Tomas es mi mejor maestro de teología, pero también es mi santo favorito (sin olvidar al poverello de Asis). Por eso solo puedo concluir este artículo con una exclamación que no brota tanto de mi cabeza como de mi corazón: ¡Santo Tomás, ora pro nobis!

 

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