Sexagésima: La Palabra cae en la tierra

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Sexagésima: La Palabra cae en la tierra

Si el tiempo de Septuagésima enseñaba a entrar —a cambiar de clima interior—, el domingo de Sexagésima da un paso más: nos coloca ante el drama real de la escucha. Ya no se trata solo de prepararse para la Cuaresma, sino de preguntarse con seriedad si la Palabra de Dios encuentra en nosotros tierra habitable.

La liturgia romana, fiel a su pedagogía lenta y sabia, avanza sin prisas. Nada se precipita. El Aleluya sigue ausente. El Gloria continúa en silencio. El color morado no amenaza: advierte. La Iglesia no recrimina; interroga.

El Evangelio nos trae una parábola decisiva. El centro del domingo de Sexagésima es la parábola del sembrador. No hay aquí moralismo ni psicología superficial. El texto no se detiene en el sembrador que siembra con largueza, a voleo, sino en los terrenos. La pregunta es: ¿qué tipo de tierra soy yo? La Palabra de Dios nos pone ante cuatro posibilidades reales: superficialidad, dispersión, sofocación por las preocupaciones, o fecundidad. No son categorías abstractas, sino estados del alma. Antes de pedir conversión, la Iglesia me invita a pedir vivir en verdad. Antes de ayunar, me exhorta a hacer examen. Antes del esfuerzo ascético, se impone escucha abierta y receptiva del Verbum Domini. Por eso esta parábola se proclama antes de la Cuaresma: si la Palabra no arraiga, ninguna penitencia dará fruto.

En la Epístola —segunda a los Corintios— San Pablo enumera fatigas, peligros, noches sin dormir, persecuciones, hambre, frío. No hay romanticismo, sino realismo apostólico: el Apóstol muestra que la Palabra no solo se escucha; se paga; que dar fruto implica desgaste; que la fecundidad espiritual no se compatible con una vida cómoda y protegida de todo roce. Que, como decía la Santa, “oración y regalo no se compadecen”

Así, la liturgia enlaza magistralmente el Evangelio y la Epístola: la semilla que cae en buena tierra es la misma que sostiene al apóstol en medio de la prueba. Donde la Palabra arraiga, hay resistencia, perseverancia y fruto.

Los demás textos litúrgicos —colecta, secreta, postcomunión— insisten en una misma tonalidad: fragilidad confiada. No se pide éxito espiritual, sino protección; no se presume de fuerzas: se implora auxilio, con una súplica humilde. La Iglesia ora como quien sabe que el terreno puede endurecerse, que las espinas crecen solas, que el pájaro roba la semilla con facilidad. Por eso suplica ser custodiada, defendida, sostenida.

La liturgia nos prepara sin engañarnos: Sexagésima no es todavía Cuaresma, pero ya no permite distracciones. Es un domingo de lucidez espiritual: nos enseña que ante la Palabra de Dios, siempre viva y eficaz, se impone la disponibilidad del corazón.

Hoy, que se habla tanto de participación, Sexágesima nos dice que no hay verdadera participación sin interioridad, ni fruto sin silencio, ni Pascua sin escucha obediente. Este domingo no apela a emociones religiosas, sino a una pregunta decisiva: ¿qué está pasando con la Palabra de Dios en mí?

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