El estallido informativo tras las desclasificaciones judiciales vinculadas al caso Epstein —listas de contactos, correos electrónicos y documentos incorporados a distintos procedimientos civiles en Estados Unidos— ha generado un ruido difícil de ordenar con rigor. A ello se suma la circulación masiva de material manipulado mediante IA y la tendencia de muchos grandes medios a seleccionar fragmentos llamativos sin reconstruir el contexto completo. El resultado es un ecosistema informativo en el que discernir hechos objetivos resulta especialmente complejo.
Lea también: Los correos de Epstein y el Banco Vaticano: aclaraciones necesarias
En ese marco han aparecido una serie de intercambios mantenidos entre 2018 y 2019 de Epstein con Steve Bannon, polémico exasesor de Donald Trump y figura relevante del populismo conservador estadounidense. Algunos medios, entre ellos El País, se han apresurado a presentar estos correos como indicio de una supuesta conspiración ideológica conservadora contra el papa Francisco en la que estarían implicados tanto Bannon como Jeffrey Epstein. Ese encuadre simplón, sin embargo, exige una contextualización más amplia y una lectura menos especulativa de los materiales disponibles.
Es obvio que Jeffrey Epstein nunca estuvo interesado en “derrocar” al papa Francisco. Su objetivo, coherente a lo largo de décadas, fue sobre todo congraciarse con poderosos a los que comprometer, sin distinción de signo, ámbito o discurso público. En ese marco, Steve Bannon no aparece como cerebro de nada, sino como uno más de los que hablan demasiado y cae seducido en la red de Epstein.
Qué dicen literalmente los correos Epstein–Bannon
Los mensajes conocidos muestran conversaciones sobre dinero, redes internacionales de influencia y estrategias políticas en un sentido amplio. En ese contexto, Bannon emplea un lenguaje agresivo y grandilocuente, propio de su estilo, refiriéndose al papa Francisco como adversario en la denominada “guerra cultural” y utilizando expresiones como “derribar a Francisco”. Más allá de la bravuconada, no hay en los textos evidencia de un plan operativo concreto, ni de contactos eclesiales relevantes, ni de capacidad real para intervenir en la estructura institucional de la Iglesia.
Lo que sí revelan los correos es una interlocución directa y un grado de confianza suficiente como para hablar sin filtros de poder, financiación y ambiciones personales. Deducir de ahí que Epstein compartiera o promoviera una agenda católica conservadora es sin embargo totalmente insostenible. No existe ningún indicio documental o biográfico que apunte en esa dirección. Epstein es un corruputor que identifica en Bannon a una figura influyente, vanidosa y proclive a la exageración, es decir: un interlocutor potencialmente vulnerable para su red dedicada a comprometer y controlar a personas poderosas.
Quién fue realmente Jeffrey Epstein
Epstein fue un financiero de perfil opaco cuya extraordinaria capacidad de acceso a las élites occidentales nunca quedó plenamente explicada por su trayectoria profesional conocida. Durante décadas cultivó relaciones con presidentes, magnates tecnológicos, científicos, académicos y miembros de la aristocracia europea. Entre los contactos documentados hay una preponderancia de perfiles vinculados a la izquierda woke como Bill Gates —quien reconoció reuniones con Epstein tras su condena de 2008— y Bill Clinton, cuyos encuentros y desplazamientos en el entorno de Epstein constan en registros de vuelos y en testimonios recogidos por la prensa estadounidense.
Es cierto que esta red no se concentra en un sector ideológico concreto. Atraviesa el núcleo del establishment político, financiero y cultural occidental, con presencia tanto de figuras asociadas al progresismo globalista como de actores de otros ámbitos de poder. El patrón es consistente: Epstein no seleccionaba por afinidad ideológica, sino por posición, influencia y capacidad de proyección.
Una estrategia de infiltración transversal del poder
El examen conjunto de fuentes abiertas —registros judiciales, declaraciones bajo juramento, investigaciones periodísticas de largo recorrido como las del Miami Herald— revela una lógica coherente. Epstein se infiltró de forma sistemática en los principales ámbitos del poder contemporáneo: política, finanzas, ciencia, filantropía y cultura. No actuaba como militante ni como ideólogo, sino como operador relacional.
Su objetivo no parece haber sido promover una causa concreta inmediata, sino generar dependencia, comprometer reputaciones y acumular capital de influencia. Esa transversalidad invalida cualquier lectura partidista. Epstein no fue un operador de causas políticas concretas, fue algo distinto: un agente de corrupción moral obsesionado con pervertir a los poderosos en el vicio y el mal.
El método: llevar al límite y capturar
Un elemento central, ampliamente acreditado en sede judicial, es la naturaleza del entorno que Epstein construía. No se trataba solo de lujo o excentricidad social. El núcleo de su actividad fue el empuje deliberado hacia la transgresión extrema: prostitución, explotación sexual sistemática y utilización de menores. La pederastia no fue un exceso marginal, sino el eje probado de su actividad criminal, como reconocieron las propias autoridades federales estadounidenses.
Desde una lógica de poder, este método es eficaz. Quien cruza límites morales y legales de ese calibre queda atrapado a sangre por el miedo, la vergüenza y la amenaza permanente de exposición pública. En ese punto, el control de Epstein – o de sus jefes- ya no requiere coerción directa: se sostiene en el silencio forzado y en la autocensura.
¿Un operador de intereses superiores?
La longevidad operativa de Epstein, su capacidad para sortear investigaciones durante años y la indulgencia institucional de la que disfrutó tras su primera condena han alimentado hipótesis sobre su posible relación con estructuras de poder más amplias, incluidas conexiones con servicios de inteligencia, una posibilidad de la que empiezan a acumularse indicios sólidos.
Más allá de esas hipótesis, lo que sí resulta coherente es la naturaleza profundamente destructiva de su conducta. No responde a una agenda política clásica, sino a una dinámica de degradación moral sistemática: destrucción de la inocencia, normalización del crimen y reducción de las personas a instrumentos. Muchos identificarán esta lógica, sin necesidad de retórica excesiva, con lo que la tradición cristiana ha descrito siempre como una forma radical de mal.
Bannon como caso ilustrativo, no como clave explicativa
En este marco, Steve Bannon no es el centro del fenómeno, sino un caso ilustrativo. Una figura influyente, ambiciosa y retóricamente desmedida, que se mueve con ligereza en entornos opacos. Pensar que Epstein estaba interesado en su programa ideológico es invertir la relación real. Epstein no necesitaba compartir las ideas de Bannon; le bastaba con identificar su exposición y su imprudencia.
Una estrategia de infiltración
El caso Epstein no revela una conspiración católica conservadora ni una maniobra ideológica coherente contra el papa Francisco. Revela, más bien, una estrategia de infiltración transversal del poder basada en la corrupción moral extrema, la explotación sexual y la acumulación de material comprometedor. Reducirlo a una lectura partidista no solo es intelectualmente pobre, sino que impide comprender su verdadera naturaleza: un sistema que cree que puede pactar con el mal sin convertirse en su rehén.
Reducir el caso Epstein a una conspiración ideológica concreta es una forma de no entenderlo. Epstein quería comprometer a todos los poderosos, sin excepción, porque ese era su verdadero capital: la capacidad de degradar y capturar. Algunos supieron mantenerse al margen; otros no. Steve Bannon cae aquí no como estratega, sino como ejemplo de imprudencia y vanidad. No hay épica ni plan maestro: hay un mecanismo de corrupción transversal y quienes, por torpeza o soberbia, entraron solos en él.