«¿Qué ofreceré al Señor por todos sus beneficios? Alzaré la copa de la salvación y ofreceré un sacrificio de acción de gracias», canta el salmista. Con estas palabras, la liturgia introduce los ritos del Ofertorio, momento en el que la Iglesia comienza a expresar visiblemente lo que ya ha confesado con la fe: que la Misa es un sacrificio. Tras haber considerado en el capítulo anterior el sentido teológico del Ofertorio, este episodio de Claves — FSSP se detiene en los gestos y oraciones mediante los cuales el sacerdote realiza la ofrenda del pan y del vino, anticipando sacramentalmente el Sacrificio de la Cruz.
La ofrenda del pan: hostia destinada al sacrificio
El primer gesto del Ofertorio es la ofrenda del pan. Una vez retirado el velo del cáliz, el sacerdote toma la patena y eleva hacia la cruz la hostia que contiene. En la liturgia latina se utiliza pan ázimo, es decir, sin levadura, siguiendo la tradición judía prescrita por Dios mismo para la Pascua. La rapidez de la salida de Egipto impidió a los hebreos dejar fermentar la masa, y todo indica que fue este mismo pan sencillo —harina y agua— el que Cristo utilizó en la Última Cena.
En algunos lugares de la Iglesia primitiva se empleó pan fermentado, costumbre que se conserva en las Iglesias de Oriente y que no afecta a la validez del sacramento. Sin embargo, en Occidente se impuso progresivamente el uso exclusivo del pan ázimo, especialmente a partir del siglo IX, por su simbolismo de pureza y por su mejor conservación para la presencia eucarística.
El pan y el vino no fueron escogidos al azar por el Señor. Ambos expresan con fuerza el misterio de la unidad de la Iglesia: así como un solo pan procede de muchos granos de trigo, y un solo vino de muchos racimos, así los cristianos, por la Eucaristía, se hacen un solo cuerpo en Cristo.
En la primera oración del Ofertorio, el sacerdote presenta el pan como hostia inmaculada, señalando su destino: ser transformado en la Hostia verdadera, Cristo mismo, víctima pura y sin mancha. La oración Suscipe, Sancte Pater está dirigida al Padre y es formulada en primera persona por el sacerdote, que reconoce su indignidad, pero amplía inmediatamente la intención a toda la Iglesia y al salvación de las almas, fin último del sacrificio. Tras trazar una señal de la cruz con la patena, deposita la hostia sobre el corporal, gesto que manifiesta ya con claridad la naturaleza sacrificial de la Misa.
No es casual que el término “hostia” signifique en latín víctima, y más precisamente víctima viva destinada al sacrificio. Desde este primer momento del Ofertorio, la liturgia deja claro que lo que se prepara no es una simple comida, sino un sacrificio.
La patena velada: reverencia ante el misterio
En la Misa solemne, tras la ofrenda del pan, el subdiácono desciende los escalones del altar llevando la patena envuelta en el velo humeral. Este gesto, que puede resultar sorprendente, es un vestigio de la antigua práctica en la que la patena era un gran plato destinado a recoger los panes ofrecidos por los fieles, y que se retiraba del altar durante la consagración.
Este gesto tiene también un profundo significado simbólico. El subdiácono, con la patena velada, evoca a los ángeles adoradores, especialmente a los querubines, que cubren su rostro ante la majestad divina sin atreverse a mirarla directamente. Así, la liturgia expresa reverencia y temor sagrado ante el misterio que se va a realizar.
La preparación del cáliz y la mezcla del agua y el vino
La ofrenda del vino exige una preparación particular. Los acólitos presentan al sacerdote las vinajeras con el vino y el agua. El sacerdote vierte primero el vino en el cáliz en silencio. Después bendice el agua y añade una sola gota al vino. Este gesto, heredado de una costumbre común en el mundo antiguo y muy extendida en Palestina, es casi con toda certeza el mismo que realizó Cristo en la Última Cena.
Pero lo esencial es su triple simbolismo. En primer lugar, expresa el misterio de la Encarnación: así como el agua se mezcla inseparablemente con el vino, la naturaleza humana ha sido asumida por el Verbo sin perder su identidad. La oración que acompaña este gesto procede de una antigua fórmula navideña y lo explica con claridad.
En segundo lugar, la gota de agua representa a los fieles, unidos a Cristo en la ofrenda de su sacrificio. Como enseñaba san Cipriano: «Si se ofrece solo vino, es Cristo sin nosotros; si solo agua, somos nosotros sin Cristo». Por eso únicamente el agua —símbolo del hombre— es bendecida, y no el vino, que representa a Cristo. Este gesto expresa de manera perfecta la participación de los fieles en el sacrificio de la Misa, doctrina rechazada por la Reforma protestante y defendida con firmeza por el Concilio de Trento.
En tercer lugar, la mezcla del agua y el vino recuerda el agua y la sangre que brotaron del costado abierto de Cristo en la Cruz, signo del nacimiento de la Iglesia y de los sacramentos.
La ofrenda del cáliz y la humildad del sacrificio
Con los ojos elevados hacia la cruz, el sacerdote ofrece el cáliz del salud, pidiendo que esta oblación suba hasta Dios como perfume agradable y redunde en la salvación de los presentes y del mundo entero. Al depositar el cáliz sobre el corporal y trazar una señal de la cruz, manifiesta de nuevo la unión entre las oblatas y la Víctima real del sacrificio: Cristo crucificado.
A continuación, el sacerdote se inclina profundamente, expresando con el cuerpo lo que pronuncia con las palabras: que solo un corazón contrito y humillado puede agradar a Dios. Esta actitud retoma la oración penitencial de David en el Miserere y el cántico de los tres jóvenes en el horno, que proclamaban que el sacrificio agradable a Dios no es ante todo el holocausto exterior, sino la humildad del corazón.
Elevando luego las manos y los ojos al cielo, el sacerdote invoca al Espíritu Santo para que bendiga las oblatas. Esta invocación pone de relieve la dimensión profundamente trinitaria del sacrificio eucarístico y señala un punto decisivo: ya no se habla de “nuestro sacrificio”, sino de este sacrificio, el único sacrificio de Cristo, en el que nuestra ofrenda está llamada a quedar asumida.