La Iglesia conmemora este 7 de febrero al Beato Anselmo Polanco y Fontecha, obispo agustino de Teruel asesinado en la Guerra Civil en 1939 y proclamado mártir por el papa Juan Pablo II en 1995. Su figura es hoy un símbolo de fidelidad pastoral en tiempos de prueba, y su memoria ha adquirido también una dimensión universal al ser llevado como reliquia en la cruz pectoral del papa León XIV, que la porta en su ministerio petrino.
El beato Anselmo Polanco nació el 16 de abril de 1881 en Buenavista de Valdavia, Palencia, en el seno de una familia sencilla y profundamente cristiana. Ingresó en la Orden de San Agustín desde muy joven y, tras años de formación teológica y pastoral, fue nombrado obispo de Teruel y Albarracín en 1935, pocos años antes del estallido de la Guerra Civil Española.
Un pastor que no abandonó a su rebaño
En un clima de hostilidad abierta contra la fe y sus ministros, Polanco decidió permanecer con su pueblo, a pesar de tener la posibilidad de abandonar la diócesis. No se retractó ni renunció a su firma en una carta colectiva de los obispos españoles que denunciaba la persecución religiosa, lo que le costó ser detenido en 1938 por las fuerzas republicanas y sufrir diversas privaciones durante casi un año.
El 7 de febrero de 1939, cuando la guerra se encontraba ya en su fase final, fue maniatado, conducido fuera de prisión y ejecutado por un pelotón de fusilamiento en Pont de Molins (Gerona), junto a otros prisioneros. Tenía 57 años. Su martirio es un testimonio de fidelidad a Cristo y a la Iglesia hasta la plenitud de la entrega.
Su cuerpo fue posteriormente reverenciado como el de un mártir de la fe. El 2 de julio de 1994, el papa Juan Pablo II reconoció su martirio, y el 1 de octubre de 1995 fue beatificado junto a otros creyentes asesinados en aquella persecución religiosa desatada en España.
Su memoria en la cruz de León XIV
En la cruz pectoral que lleva el papa León XIV, junto a reliquias de san Agustín, santa Mónica y otros santos agustinos, se encuentra un fragmento de su reliquia, un signo palpable de que el martirio español forma parte de la memoria viva de la Iglesia universal. Esta cruz, regalo que acompañó al entonces cardenal Robert Francis Prevost desde antes de ser elegido Sumo Pontífice, ha sido objeto de atención desde que León XIV hizo público su uso en diversas celebraciones litúrgicas y al presentarse ante el mundo.
Ese gesto —llevar el nombre y la sangre de un pastor español martirizado por el odio a la religión en su cruz— no es accidental ni ornamental. Recuerda que la fe cristiana no es un consuelo cómodo sino una entrega radical de la vida por el Evangelio, y que los mártires españoles del siglo XX siguen siendo referentes de fidelidad para la Iglesia de hoy.