Scicluna difunde una carta pastoral en clave LGTB

Scicluna difunde una carta pastoral en clave LGTB

Monseñor Charles J. Scicluna, secretario del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ha publicado recientemente un texto de carácter pastoral centrado en el acompañamiento espiritual de personas a las que identifica bajo la sigla LGTB. El artículo, que reflexiona sobre la presencia amorosa de Dios en la vida cotidiana y ha sido difundido ampliamente en redes sociales por el P. James Martin, pone de relieve la ambigüedad con la que muchos responsables eclesiales vienen tratando este tema desde perspectivas ajenas a la antropología cristiana y a la enseñanza constante de la Iglesia.

Resulta profundamente preocupante que un Secretario del Dicasterio para la Doctrina de la Fe —institución encargada de custodiar la integridad del depósito revelado— asuma y difunda un marco conceptual defectuoso para pensar la relación entre la persona, la Iglesia y Dios. No estamos ante un mero problema de lenguaje pastoral o de énfasis espiritual, sino ante presupuestos teológicos que condicionan gravemente la comprensión de la fe católica.

La reducción de la persona a una sigla

La primera premisa viciada es la identificación de personas concretas bajo una sigla ideológica. La Iglesia nunca ha definido a nadie por una categoría sociopolítica, psicológica o cultural, sino por su condición de criatura creada a imagen de Dios, llamada a la comunión con Él y a la santidad.

Asumir este lenguaje no es neutral. Supone aceptar una antropología que fragmenta a la persona y convierte una inclinación en rasgo definitorio. La Iglesia acompaña personas, no identidades ideológicas. Cuando adopta sin matices ese vocabulario, corre el riesgo de legitimar un marco conceptual que no nace del Evangelio, sino de una construcción cultural concreta.

Desplazar el centro de la vida espiritual

La segunda premisa problemática consiste en situar esa identidad —definida por la inclinación— en el centro de la relación con Dios. Desde la fe católica, lo que estructura la vida espiritual no es una orientación afectiva, sino el estado de gracia y la respuesta libre a la llamada de Dios.

Todos comparecemos ante el Señor como pecadores necesitados de conversión. El cristianismo no se articula en torno a identidades, sino en torno a la cruz, la conversión y la gracia. Cuando una inclinación concreta se convierte en eje interpretativo de la vida espiritual, se desplaza el núcleo del Evangelio y se diluye la llamada universal a la santidad.

La falsa narrativa de una Iglesia distante

La tercera premisa es la presunción de una distancia estructural entre las personas con inclinaciones homosexuales y la Iglesia. Esta narrativa, repetida hasta la saciedad, es sencillamente falsa.

La distancia no es entre la Iglesia y una condición concreta, sino entre la gracia y el pecado. Y esa distancia atraviesa a todos los hombres. La lucha contra la concupiscencia y los pecados de impureza no es patrimonio de nadie: afecta al soltero, al casado, al célibe, al consagrado. Todos experimentamos el peso de una naturaleza herida y todos estamos llamados a combatirla con la ayuda de la gracia.

No existe una doctrina especial ni una moral diferenciada. Existe una única enseñanza: la llamada universal a la castidad según el propio estado de vida, la dificultad real de vivirla y la certeza de que Dios acompaña a todos en ese combate.

La doctrina silenciada y la trampa del discurso

Aquí es donde conviene desenmascarar la trampa que subyace a este tipo de textos. Porque, tomadas literalmente, muchas de las afirmaciones que contienen son verdades evidentes y compartidas por toda la Iglesia: que Dios ama a todos, que nadie queda fuera de su misericordia, que su presencia acompaña toda vida humana. Todo eso es doctrina católica elemental, verdades que ningún fiel discute.

El problema es que, en este contexto concreto, esas afirmaciones no constituyen el mensaje real, sino el envoltorio. Lo que se sugiere —sin afirmarlo nunca de manera explícita— es algo muy distinto: que el pecado deja de ser decisivo; que vivir objetivamente en contradicción con la ley moral no tiene mayor relevancia espiritual; que una vida sexual activa fuera del orden querido por Dios no exige conversión ni cambio; que, en definitiva, “no es para tanto”.

Esa es la conclusión implícita que se introduce de forma sibilina. No se niega formalmente la doctrina, pero se la vacía de contenido. No se afirma que el pecado no exista, pero se lo vuelve irrelevante. Y así, bajo un lenguaje de acompañamiento, presencia y consuelo, se transmite una pastoral que tranquiliza al hombre en su pecado en lugar de llamarlo a la conversión.

El amor de Dios no consiste en decirnos que nuestra conducta no importa, sino en darnos la gracia para salir del pecado. Separar misericordia y conversión no es verdadera pastoralidad: es un engaño espiritual que confunde y desarma.

Una responsabilidad doctrinal ineludible

Que estos enfoques se difundan en ámbitos eclesiales ya es motivo de seria preocupación. Que procedan de quien ocupa un cargo de responsabilidad en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe lo es aún más. No se trata de negar la necesidad de una pastoral cercana y paciente, sino de recordar que la verdadera misericordia nunca se opone a la verdad moral.

La misión de la Iglesia no es adaptarse acríticamente a los marcos culturales dominantes, sino juzgarlos a la luz del Evangelio. Cuando se asume un marco defectuoso, aunque sea con buena intención, se oscurece la llamada radical del cristianismo y se priva a los fieles del anuncio íntegro que salva.

La doctrina de la Iglesia no es una carga inhumana, sino una expresión luminosa de la verdad sobre el hombre. Silenciarla, relativizarla o diluirla bajo discursos ambiguos no libera: confunde. Y esa confusión, cuando nace en instancias llamadas a custodiar la fe, no puede ni debe pasar desapercibida.

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