La verdad es un bien

La verdad es un bien

Por Randall Smith

Desde los tiempos de Platón, los filósofos han hablado de las propiedades “trascendentales” del ser: propiedades que todo ente posee, como la Verdad, la Bondad y la Belleza. Algo que podemos aprender de esta lista es que la verdad es un bien.

Nadie quiere que le mientan. Queremos pan; queremos la verdad. Incluso podemos querer la verdad más de lo que queremos pan. La verdad es deseable, como la belleza. La verdad nos mueve del mismo modo que la belleza. Somos felices cuando obtenemos la respuesta correcta en matemáticas o cuando descubrimos cómo resolver un problema. Pero también nos sentimos atraídos por cosas que parecen verdaderas y no lo son. Estos son bienes ilusorios. Perseguirlos es como correr tras un espejismo de agua en el desierto.

Los cristianos creen que la fuente última de la verdad es Dios, puesto que Él es la fuente última de todo ser, bondad y belleza. Podríamos describir esto como la dimensión vertical de la verdad: la verdad tal como existe en la mente de Dios. Pero dado que, aparte de los elementos importantes que recibimos por la revelación divina, no podemos conocer la mente de Dios, debemos recurrir a lo que llamaré la fuente “horizontal” de la verdad.

Adquirimos conocimiento a través de los sentidos y mediante el razonamiento sobre el mundo creado. Pero, contrariamente al hiperindividualismo de pensadores como Descartes, que imaginaba poder construir por sí solo un acervo de conocimientos mediante su propia lógica deductiva, llegamos a conocer las cosas en comunión con los demás. Aprendemos conversando con otros y dejando que nuestros pensamientos, presupuestos y conclusiones sean cuestionados.

Según Tomás de Aquino —siguiendo una idea que encontró en las obras de Cicerón y Aristóteles—, los seres humanos tienen una inclinación propia de su naturaleza a conocer la verdad sobre las cosas más altas y a vivir en sociedad. Ambas están relacionadas. Alcanzamos la verdad viviendo con los demás.

Y solo podemos vivir con éxito con los demás si compartimos una dedicación común a la verdad. Pero una dedicación común a la verdad significa que no puedo limitarme a descansar en “mi” verdad. Si quiero la verdad, debo estar abierto a la corrección y debo resistir la tentación de acomodarme en las seguridades de una “verdad” ilusoria.

No hacer justicia a la verdad sería una ofensa no solo contra mi prójimo, sino también contra Dios, fuente de toda verdad. En el Decálogo se nos manda no mentir, pero también debemos estar positivamente entregados a la plenitud de la verdad. Sería necio imaginar que esta devoción a Dios y a la verdad no nos exigiría mucho: ni paciencia, ni sacrificio, ni disciplina. Casi con certeza lo exigirá.

Con este espíritu, permítanme recomendar un libro con consejos útiles y prácticos: May Contain Lies: How Stories, Statistics, and Studies Exploit Our Biases – And What We Can Do about It, de Alex Edmans. Edmans examina algunos de los sesgos que nos desvían de la verdad.

Uno común se llama sesgo de confirmación. Ocurre cuando aceptamos acríticamente una afirmación si confirma lo que nos gustaría que fuera verdad, aun cuando puedan existir explicaciones alternativas. También hacemos lo contrario: rechazamos las afirmaciones que no nos gustan e inventamos explicaciones alternativas para justificar nuestras convicciones iniciales y descartar la evidencia contraria. En las disputas contemporáneas es habitual que quien no aprecia cierta información encuentre un motivo para ignorarla, mientras que un partidario la considere la verdad del Evangelio.

El sesgo no solo aparece en la interpretación de la evidencia, sino también en relación con la información que recopilamos desde el principio. Solo buscamos pruebas que confirmen nuestra corazonada inicial y no nos atrevemos a explorar algo que pueda contradecirla. Los estudios sugieren que un mayor conocimiento rara vez hace a las personas más conscientes de la necesidad de considerar ambos lados; más bien, a menudo les da más razones para elogiar las opiniones que comparten y ridiculizar las que no.

Edmans analiza con agudeza los distintos problemas que surgen cuando confundimos afirmaciones con hechos, hechos con datos, datos con evidencia y evidencia con prueba. Las personas aceptan afirmaciones como hechos, incluso si la información que las respalda es poco fiable o si la afirmación es amplia y vaga. (“Mintió”. “Atacaron”. “No les importaba en absoluto” la gente).

Del mismo modo, las personas aceptan un hecho como dato aunque no sea representativo, sino solo un ejemplo elegido a mano o el resultado de una “minería de datos” selectiva. (Repetir los detalles de un crimen horrible cometido por un inmigrante no respalda la afirmación de que todos o la mayoría de los inmigrantes son criminales. Las encuestas que dicen “los católicos piensan x” arrojan resultados distintos cuando solo se pregunta a quienes asistieron a Misa la semana anterior). El libro de Edmans es especialmente sólido al mostrar cómo la gente puede usar los datos para respaldar casi cualquier conclusión que prefiera.

Aunque la gente sabe que los datos pueden manipularse, con frecuencia los acepta como evidencia sólida que respalda su conclusión preferida, incluso si existen otras interpretaciones posibles. Un número abrumador de directores ejecutivos exitosos usa desodorante. ¿Explica el uso de desodorante su éxito? Muchas personas exitosas dedicaron 10.000 horas a practicar su oficio o deporte. ¿Eso explica su excelencia? ¿O podría ser otra cosa?

Asimismo, incluso si la evidencia puede sustentar una prueba en un ámbito, ¿significa eso que las mismas cosas funcionarán en otro? La evidencia muestra que la disciplina rigurosa funciona bien en el ejército. ¿Funcionará igual de bien en una familia?

Si estamos dedicados a la verdad, como lo exige nuestra devoción a Dios, quizá deberíamos ser más cuidadosos en no conformarnos con ninguna de estas falsas “medias verdades” ilusorias ni transmitirlas a otros en nuestras conversaciones y publicaciones en redes sociales.

¿Imaginamos que la verdad sería fácil? ¿Que siempre nos haría “sentir bien”, nos inflaría de orgullo y alimentaría nuestro sentido de superioridad moral? ¿Qué podría haber en el cristianismo que nos haya llevado a pensar eso? La verdad en su plenitud es más probable que, como Dios, nos humille y nos haga reconocer cuán pequeñas han sido nuestras mentes y nuestros corazones.

Sobre el autor

Randall B. Smith es profesor de Teología en la Universidad de St. Thomas en Houston, Texas. Su libro más reciente es From Here to Eternity: Reflections on Death, Immortality, and the Resurrection of the Body.

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