El llanto impostado de los neocones muertos

El llanto impostado de los neocones muertos

Hay un tipo de católico que lleva años practicando una espiritualidad muy concreta: la obediencia como puesta en escena. En público son papólatras de oficio, monaguillos del comunicado oficial. Se santiguan con el bolletino, aplauden cada movimiento como si fuera dogma y repiten “unidad” con la misma fe con la que un burócrata repite “procedimiento”.

Lo decisivo, sin embargo, no está en lo que proclaman, sino en lo que blindan. Porque esa misma gente que exige sumisión absoluta en lo litúrgico y en lo sacramental lleva años desobedeciendo sistemáticamente en lo patrimonial. Han construido estructuras mercantiles paralelas, fundaciones blindadas, entramados empresariales y circuitos financieros diseñados para que Roma no tenga jurisdicción real sobre nada. Para eso no citan el Derecho Canónico. Para eso no hablan de comunión ni de escándalo. Ahí la obediencia desaparece sin complejos. Fraude de ley, sí; sacramentos, no.

Y lo más revelador es que ni siquiera esa obediencia selectiva les sirve de refugio. Porque, pese a tanta genuflexión pública, la jerarquía los trata con frecuencia como a piezas prescindibles. Los usa, los corrige, los margina y los humilla, y ellos lo aceptan con una mezcla de resignación y miedo. Andan cabizbajos, siempre justificando el último desplante, explicando por qué esta vez el silencio es prudencia, por qué ahora toca aguantar. Sumisos incluso cuando son maltratados.

Pero basta que la escena se desmonte —siempre discretamente, alrededor de un café— para que el decorado se caiga. Entonces la obediencia también desaparece, pero en la dirección contraria: el Papa pasa a ser un desastre, un hereje, un títere en el mejor de los casos. No lo dice la Fraternidad; lo dicen ellos. Los mismos que luego, tras haber sido ninguneados o ridiculizados por los obispos de turno, se rasgan las vestiduras cuando alguien actúa como si la crisis que ellos describen en privado fuera real y no una simple válvula de escape verbal.

La fidelidad neocón funciona así: adhesión pública, humillación asumida y descreimiento privado. Sumisión declarativa, autonomía práctica. No es obediencia; es una técnica de supervivencia dentro del sistema eclesial. Se obedece mientras conviene, se traga mientras duele y se murmura cuando no hay cámaras. Y, sobre todo, se exige obediencia a los demás mientras uno mismo acepta sin rechistar un régimen permanente de desprecio jerárquico.

Por eso, con el anuncio de nuevas consagraciones episcopales por parte de la FSSPX, ha estallado la función. Lágrimas, escándalo, indignación moral sobreactuada. Resulta que Lefebvre era patético, todo era soberbia, Pablo VI lo dejó en evidencia, y que esto es cisma y rebeldía. El repertorio es conocido. Lo sorprendente no es lo que dicen, sino la amnesia deliberada que exhiben, como si décadas de bloqueos, desplantes y castigos silenciosos no hubieran existido.

Lo que hace la Fraternidad —con todos los problemas objetivos que puedan y deban señalarse— no nace de un capricho ni de una pulsión romántica, sino de una lógica elemental: continuidad sacramental. Tras décadas de negociaciones estériles, tras treinta años de conversaciones que siempre terminan en el mismo punto muerto, tras un régimen de permisos revocables, bloqueos litúrgicos sistemáticos y arbitrariedad episcopal, una institución sin pedir jurisdicción material recurre al instinto mínimo de supervivencia pastoral: asegurar obispos para ordenar, confirmar y sostener una obra que, guste o no, produce frutos visibles.

No es el ideal. No me entusiasma. Pero fingir que no se entiende el mecanismo es deshonestidad intelectual, especialmente cuando quienes lo critican llevan años aceptando, en silencio y con la cabeza gacha, un trato que revela hasta qué punto su obediencia no les garantiza ni respeto ni protección.

Lo que estos neocones no soportan no es la desobediencia. Es la desobediencia que no controlan. No les escandaliza la excepción; les escandaliza no administrarla. Ellos son obedientes ante el micrófono y subversivos en la sobremesa, sumisos en el despacho episcopal y valientes solo en privado. Papólatras de escenario, conspiranoicos de café, resignados profesionales del maltrato jerárquico.

El problema no es Lefebvre. El problema no es siquiera la Fraternidad.

El problema es una fidelidad neocón construida como sumisión a conveniencia: exige obediencia estricta en lo sacramental mientras vive instalada en el cinismo estructural, la ingeniería financiera y el doble discurso, aceptando además ser despreciada por la jerarquía a la que adula. Incienso ante las cámaras, autonomía mercantil en la trastienda, cabeza baja en el palacio episcopal, veneno en el café. Y luego, por supuesto, lágrimas.

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