Un discurso impecable… y prescindible: qué falta en el mensaje de León XIV sobre la fraternidad

Un discurso impecable… y prescindible: qué falta en el mensaje de León XIV sobre la fraternidad

El mensaje de León XIV con motivo de la Jornada Internacional de la Fraternidad Humana plantea una cuestión que no es de estilo ni de sensibilidad, sino de naturaleza teológica y de función del papado. No se trata de si el texto es amable, bienintencionado o políticamente oportuno, sino de si es un discurso que solo puede pronunciar un Papa o, por el contrario, uno que podría firmar sin dificultad cualquier autoridad moral genérica del orden internacional.

El texto está cuidadosamente construido para no ofender a nadie. Demasiado cuidadosamente. Habla de fraternidad, de paz, de puentes frente a muros, de compromiso concreto, de solidaridad frente a la indiferencia. Todo eso es verdadero en un plano humano general. El problema es que el plano específicamente cristiano está ausente. No es que esté deformado o mal expresado: simplemente no está.

Cristo no aparece. No como nombre propio, no como referencia salvífica, no como criterio último. Dios es mencionado, pero como fundamento abstracto de una fraternidad universal previa y autónoma. No como el Dios que irrumpe en la historia, juzga, salva, redime y divide. La fraternidad no nace de la adopción filial en Cristo ni de la incorporación al Cuerpo místico, sino de una condición humana compartida que se presenta como suficiente en sí misma. Eso no es herejía. Es algo más sutil: es irrelevancia cristológica.

Desde ese punto de vista, el discurso es impecablemente compatible con el humanismo moral contemporáneo, incluido el de matriz masónica. No porque contenga símbolos esotéricos ni consignas ocultas, sino porque comparte exactamente el mismo suelo conceptual: fraternidad universal, ética de mínimos, Dios como principio moral no confesional, superación de las diferencias religiosas en favor de una moral común. Nada en el texto exigiría ser corregido por un masón; nada obligaría a introducir una referencia específicamente cristiana para hacerlo aceptable en un foro internacional laico.

Esto lleva a la pregunta incómoda: ¿tiene que hablar así un Papa? No si entendemos el papado como un cargo meramente representativo o diplomático. Sí si lo entendemos, como siempre lo entendió la Iglesia, como un ministerio de confesión pública de la fe. El Papa no es el presidente de una ONG espiritual ni el moderador de un consenso ético global. Es el testigo principal de que la paz no es un producto de la fraternidad humana, sino una consecuencia —siempre frágil— de la verdad sobre el hombre revelada en Cristo.

Cuando un Papa habla como podría hablar cualquier otra autoridad moral, no está ampliando el alcance del mensaje cristiano; lo está diluyendo. No está construyendo puentes; está renunciando a decir qué hay al otro lado. Y eso no es prudencia pastoral. Es una opción: la de sacrificar la especificidad cristiana para no incomodar al mundo.

La cuestión, por tanto, no es si el discurso es “bonito” o “bienintencionado”. La cuestión es si es necesario. Y la respuesta, honestamente, es no. El mundo ya tiene suficientes discursos sobre fraternidad genérica. Solo la Iglesia puede —y debe— hablar de Cristo como criterio último de la fraternidad verdadera. Si el Papa no lo hace, nadie más lo hará.

Dejamos a continuación, el discurso completo:

Estimados hermanos y hermanas,

Con gran alegría y un corazón lleno de esperanza, me dirijo a ustedes por primera vez con ocasión de la Jornada Mundial de la Fraternidad Humana y del séptimo aniversario de la firma del Documento sobre la Fraternidad Humana por el papa Francisco y el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb. En esta ocasión, celebran lo más precioso y universal de nuestra humanidad: nuestra fraternidad, ese vínculo inquebrantable que une a todo ser humano, creado a imagen de Dios.

Hoy, la necesidad de esta fraternidad no es un ideal lejano, sino una urgencia ineludible. No podemos ignorar el hecho de que demasiados de nuestros hermanos y hermanas están sufriendo actualmente los horrores de la violencia y de la guerra. Debemos recordar que «la primera víctima de toda guerra es la vocación innata de la familia humana a la fraternidad» (Francisco, Carta encíclica Fratelli Tutti, 3 de octubre de 2020, 26). En un tiempo en el que el sueño de construir la paz juntos es a menudo descartado como una «utopía anticuada» (ibíd., 30), debemos proclamar con convicción que la fraternidad humana es una realidad vivida, más fuerte que todos los conflictos, diferencias y tensiones. Es una potencialidad que debe hacerse realidad mediante un compromiso cotidiano y concreto de respeto, de compartir y de compasión.

En este sentido, como subrayé recientemente ante los miembros del Comité del Premio Zayed, «las palabras no bastan» (11 de diciembre de 2025). Nuestras convicciones más profundas requieren un cultivo constante a través de esfuerzos tangibles. En efecto, «permanecer en el ámbito de las ideas y de las teorías, sin darles expresión mediante actos frecuentes y concretos de caridad, acabará por debilitar y desvanecer incluso nuestras esperanzas y aspiraciones más queridas» (Exhortación apostólica Dilexi Te, 4 de octubre de 2025, 119). Como hermanos y hermanas, todos estamos llamados a ir más allá de la periferia y a converger en un mayor sentido de pertenencia mutua (cf. Fratelli Tutti, 95).

A través del Premio Zayed para la Fraternidad Humana, rendimos hoy homenaje a quienes han traducido estos valores en «auténticos testimonios de bondad y caridad humanas» (Discurso a los miembros del Comité del Premio Zayed para la Fraternidad Humana 2026, 11 de diciembre de 2025). Nuestros galardonados —Su Excelencia Ilham Aliyev, presidente de la República de Azerbaiyán; Su Excelencia Nikol Pashinyan, primer ministro de la República de Armenia; la señora Zarqa Yaftali y la organización palestina Taawon— son sembradores de esperanza en un mundo que con demasiada frecuencia levanta muros en lugar de tender puentes. Al elegir el exigente camino de la solidaridad frente al camino fácil de la indiferencia, han demostrado que incluso las divisiones más arraigadas pueden ser sanadas mediante acciones concretas. Su labor da testimonio de la convicción de que la luz de la fraternidad puede prevalecer sobre la oscuridad del fratricidio.

Finalmente, expreso mi gratitud a Su Alteza el jeque Mohammed bin Zayed Al Nahyan, presidente de los Emiratos Árabes Unidos, por su firme apoyo a esta iniciativa, así como al Comité Zayed por su visión y su convicción moral. Sigamos trabajando juntos para que la dinámica del amor fraterno se convierta en el camino común de todos, y para que el «otro» ya no sea visto como un extraño o una amenaza, sino reconocido como un hermano o una hermana.

Que Dios, nuestro Padre de todos, bendiga a cada uno de ustedes, y que bendiga a toda la humanidad.

León XIV

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