Hace diez años comenzaba, en plena Meseta Tibetana, una aventura misionera que humanamente parecía destinada a durar apenas unos meses. La Orden San Elías nació en febrero de 2016 impulsada por el padre Federico Highton, junto con el padre Javier Olivera Ravasi, con la convicción de anunciar a Cristo allí donde no es conocido y con una confianza radical en la Providencia de Dios. Una década después, aquella obra sigue en pie, marcada por la precariedad material, la intensidad misionera y una visión de la vida religiosa abiertamente contracultural.
Su fundación de la Orden tuvo lugar el 3 de febrero de 2016, con aprobación diocesana del obispo de Darjeeling, cuya jurisdicción abarca territorios de extrema dificultad pastoral como el norte de la India, Bután y zonas de la Meseta Tibetana. Desde sus inicios, San Elías se concibió como una comunidad orientada a las misiones ad gentes, dispuesta a ir a los márgenes geográficos, culturales y espirituales, sin apoyarse en estructuras sólidas ni en seguridades humanas.
Provisionalidad, riesgo y confianza en la Providencia
La Orden nació con una conciencia clara de provisionalidad y de riesgo. Tal como recuerdan hoy sus miembros —quienescompartem el recuerdo a través de su blog y X—, en aquellos primeros momentos se pensaba sinceramente que la experiencia duraría poco tiempo. Sin embargo, estos diez años han estado marcados por lo que describen como una “felicidad y alegría constante”, incluso en medio de las tribulaciones, las carencias y las contradicciones inevitables de una misión llevada al límite.
Ese espíritu originario quedó plasmado de manera especialmente elocuente en un texto escrito por el padre Federico Highton en mayo de 2016, desde el Extremo Oriente, bajo el título La Orden que anhelamos. Se trata de un escrito programático que no pretende describir una congregación viable según criterios humanos, sino una Orden dispuesta a vivir en permanente tensión evangélica: pobre, incómoda, sin apoyos, sin reconocimientos y preparada incluso para desaparecer antes que traicionar la Verdad.
Parresía, pobreza y rechazo del acomodo
En ese texto, el fundador rechaza explícitamente una vida religiosa acomodada, diplomática o integrada en las lógicas del poder civil o eclesiástico, y propone una Orden marcada por la parresía, la pobreza radical, la disposición al martirio y el desprecio de cualquier forma de carrera interna. La referencia constante a San Elías —profeta incómodo, solitario y ardiente— no es casual, sino clave para entender la identidad de la Orden y su vocación de signo de contradicción.
Diez años después: un ideal que permanece
Diez años después, ese ideal sigue siendo el punto de referencia de la Orden San Elías. No como un proyecto cerrado ni como una obra consolidada, sino como una apuesta radical por una forma de vida religiosa que asume el riesgo, la fragilidad y la exposición como parte constitutiva de su fidelidad al Evangelio.
A continuación, compartimos el texto La Orden que anhelamos, escrito por el padre Federico Highton en los orígenes de la misión y republicado por el padre Olivera en X:
No. No sólo no queremos una congregación empeñada en existir sino que queremos una Orden (usamos la expresión lato sensu) que parezca empeñada en que no la dejen existir más. No queremos una congregación deseosa de reconocimientos, sedienta de miembros o de ser mencionada, ni experta en tomar medidas para quedar bien ante los enemigos de Cristo sino una Orden que se goce en quedar mal y tener problemas a causa de haber predicado la Verdad.
No queremos una congregación deseosa de recibir favores , sino una Orden que no pague tributo a ningún Pilato y en la que jamás se oiga la más mínima palabra adulatoria, sea quien sea el gobernante de turno.
No queremos una congregación que acumule ahorros o que sea diestra para recaudar fondos, sino vivir de limosna, olvidados del vil metal, donde la plata sea tocada con asco, felices de vivir abandonados a la Omnipotente Providencia de Dios.
No queremos un instituto de respetables monseñores sino falanges de Apóstoles parresíacos a los que no les importe nada ni “el qué dirán” ni la cárcel ni el hambre ni la muerte ni ninguna injusta sanción, venga de la sede que venga, siempre y cuando haya sido por predicar la Verdad.
Queremos una Orden que sólo espere los favores de Dios, no los de los magnates del siglo y ni siquiera del siglo eclesiástico.
Queremos una Orden pródiga en “medios paupérrimos” -fe, oración y penitencia- y carente de riquezas materiales para que sea evidente que todas las conquistas apostólicas obtenidas fueron Gestas del Altísimo y no maniobras humanas.
Anhelamos una Orden Crucificada, una Orden plenamente idealista (en el sentido de los Ideales juveniles y altísimos que abraza), una Orden que, salvo un milagro (o varios), parezca inviable o humanamente imposible de existir, una Orden que durante su período de existencia -sea larguísimo o efímero- brille por haber osado intentar hazañas apostólicas quijotescas, una Orden que no sepa nada de prudencias humanas, de restricciones mentales o de arreglos con los magnates -civiles o eclesiásticos.
Una Orden que prefiera mil veces ser cerrada antes que uno de los miembros se abstenga de decir una frase que su conciencia le pide decir; una Orden donde no sólo se emprendan misiones martiriales sino que la misma Orden sea martirial al vivir dispuesta (y expuesta) a ser cerrada “dando la vida por los amigos”; una Orden que elija vivir un año de león antes que mil de gallina.
Una Orden toda de cara a la Eternidad, una Orden que no sea un reducto ni un hospital de campaña, sino un escuadrón de combate; una Orden cuyas espaldas las cuiden los Ángeles del Paraíso y no “contactos” encumbrados, una Orden que sea precursora del Precursor de la Parusía (que es San Elías), una Orden ajena a toda propaganda, una Orden que incomode a todos los que quieren un “cristianismo” acomodado a nuestros tiempos, una Orden en la que todo ensueño de hazañas misionales sea bienvenido y bendecido, una Orden a la que no le importe nada quedar bien con nadie sino sólo con Dios.
Una Orden que no tenga más razón de ser que la de ser un mero soporte para la Épica católica, una Orden cuya regla torne prácticamente imposible que se instale en ella el fariseísmo, una Orden a la que no le importe nada tener un número ridículo de religiosos, una Orden que moleste a los traidores y a los tibios, una Orden odiada por el Infierno, temida por los ministros de la iniquidad, una Orden que viva el Evangelio literalmente, una Orden de amigos entrañables, una Orden que sepa burlarse del mundo moderno, una Orden que de verdad sea signo de contradicción, una Orden que tenga desdén por el proselitismo en su propio favor, una Orden donde nadie se sienta coaccionado a entrar o a no salir.
Una Orden que inquiete a los pusilánimes, que busque poner en cortocircuito total al Nuevo Orden Mundial, una Orden que prefiera el fracaso más rotundo antes que negociar un principio, una Orden donde sea imposible “hacer carrera”, una Orden que se empeñe en convertir los más remotos pueblos paganos, una Orden anhelante de mil martirios, una Orden que no tenga nada de diplomática, una Orden que no tenga interés en ver frutos sino sólo en dar el más heroico testimonio de fe en Cristo Crucificado, una Orden que, aun cuando le sean concedidos pocos días de vida en la faz de la Iglesia, deje en el Cuerpo Místico un ejemplo imborrable del más épico Quijotismo católico.
Una Orden que si algún día fuese clausurada, sea recordada como una Orden Religiosa en la que se vivió a lo grande, a la tremenda…
Una Orden de ensueño, una Orden que sólo quiso osar extraordinarias hazañas para Dios, una Orden parresíaca, una Orden libre con la libertad de los hijos de Dios, una Orden que no midió ni calculó nada, una Orden toda de la Virgen, una Orden en la que Dios se gozó…
Esa Orden queremos. ¡Que Dios nos la conceda!
¡Viva Dios!
Padre Federico
Misionero en Extremo Oriente
Meseta Tibetana, 13/5/16,
Fiesta de Nuestra Señora de Fátima