«La ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas» La homilía histórica en la que Pagliarini anuncia las consagraciones

«La ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas» La homilía histórica en la que Pagliarini anuncia las consagraciones
P. Davide Pagliarani, Superior General FSSPX

Reproducimos la homilía pronunciada por el padre Davide Pagliarini, Superior General de la Fraternidad San Pío X, con ocasión de la bendición de las sotanas de veintidós nuevos seminaristas en la fiesta de la Presentación del Señor. En ella desarrolla una exposición teológica y pastoral de gran densidad doctrinal que culmina en un anuncio de alcance eclesial. Partiendo del misterio de la Redención, del papel singular de la Virgen María como corredentora y de la imposibilidad de permanecer indiferente ante Cristo, el texto desemboca en una justificación explícita de la decisión de la Fraternidad de proceder a nuevas consagraciones episcopales, no como gesto de ruptura, sino como acto asumido de responsabilidad ante Dios, la Iglesia y las almas, invocando el principio supremo del derecho canónico: la salvación de las almas como ley de las leyes.

«Reverendos padres, seminaristas, hermanas, queridos fieles:

Es para mí una gran alegría bendecir hoy las sotanas de veintidós nuevos seminaristas, en este día santo en el que Nuestro Señor Jesucristo, por primera vez, fue al Templo para presentarse ante el altar, manifestando exteriormente la ofrenda de Sí mismo y de su vida. «Aquí estoy para hacer tu voluntad»; «este es el fin de mi Encarnación, y hoy me manifiesto». En la medida de lo posible, estas disposiciones perfectas de Nuestro Señor deben ser las disposiciones de un joven que quiere dar su vida a Nuestro Señor Jesucristo, para un día subir al altar.

¡Qué ejemplo tan hermoso! Este es el modelo que hay que seguir durante toda nuestra vida. Todo esto se realiza en la unidad: la unidad de Nuestra Señora y de Nuestro Señor Jesucristo. Nuestra Señora, la Inmaculada, la Virgen perpetua, aceptó el rito de la purificación conforme a la ley de Moisés. Nunca ninguna criatura ha sido —ni será jamás— tan pura como la Santísima Virgen María. Y, sin embargo, por humildad, aceptó este rito. Se ofrecieron dos tórtolas, una para el holocausto y otra para la remisión de los pecados, y ella es purificada. Era la ofrenda de los pobres.

Y Nuestro Señor mismo fue rescatado porque, como primogénito, pertenecía a Dios, y fue rescatado mediante el pago de la pequeña suma de cinco siclos o cinco monedas. Él, que era el verdadero Redentor, Él, que era en sí mismo el precio de nuestra redención, aceptó ser rescatado por unas simples monedas. ¡Qué humildad! No estaba estrictamente obligado a ir a Jerusalén para este rito. Los judíos que vivían lejos podían cumplirlo por delegación. Sin embargo, la Sagrada Familia quiso cumplir la ley por sí misma, por obediencia.

¡Qué ejemplo tan magnífico! Nuestro Señor ya se nos presenta como obediente, obediente hasta la muerte. Conocemos la perfección de sus disposiciones interiores. Ya estaba dispuesto a darlo todo por nuestra redención, a cumplir su deber de obediencia al Padre y a realizar su voluntad. En este contexto de una inmolación ya perfecta, tenemos un preludio de su Pasión y de su Cruz.

Nuestro Señor no puede dejarnos indiferentes.

Es en esta escena donde aparece Simeón, una escena tan común y tan sencilla en apariencia, pero, a los ojos de Dios, tan única, porque la Redención ya había comenzado. Este anciano habló, y sus palabras se dividieron en dos partes contrastadas. En primer lugar, la alegría de ver a Nuestro Señor Jesucristo y de tomarlo en sus brazos. Una alegría proporcionada al deseo que había alimentado hasta ese día. «Por fin he visto al Salvador, la salvación de Israel. Sí, lo he visto».

En el Cielo no haremos otra cosa que contemplar lo que Simeón contempló en sus brazos durante aquellos breves instantes: esta salvación, este Salvador, preparado por la Providencia divina desde el principio de los tiempos. La Encarnación de Cristo estaba en el designio de Dios, por decirlo así, para todos los pueblos —ante faciem omnium populorum, lumen ad revelationem gentium—. Él es el único Salvador dado y ofrecido a todos los pueblos y a todas las razas, sin distinción. ¡Qué alegría tan inmensa! ¡Qué alegría en los ojos y en las palabras de este anciano! ¡Por fin ha llegado la luz que enseña la verdad! ¡El único camino de salvación!

Sin embargo, la alegría y la luz de Simeón se vieron bruscamente interrumpidas por el anuncio que dirigió a Nuestra Señora y a san José. Se volvió hacia ellos, los bendijo y les dijo algo en un tono muy distinto, aunque evidentemente relacionado con lo anterior. ¿Qué iba a decirles? Les anunció que la redención del género humano por medio de este Niño se realizaría a través del sufrimiento, de la cruz y de la Pasión. Este Niño será un signo de contradicción. Esta es una definición muy bella de Nuestro Señor. Él es un signo de contradicción.

¿Qué significa esto en un lenguaje más actual? Significa que Nuestro Señor no ocultará la verdad, sino que la afirmará. Es un signo de contradicción. La manifestará con sus palabras y la confirmará con sus milagros. La proclamará y afirmará claramente que es el único camino de salvación, que no hay otro. ¿Por qué dice esto? Porque no puede engañar a las almas. No vino al mundo para engañarlas. Vino para salvarlas. Vino a manifestar la verdad y, por ello, será perseguido. Y quienes lo sigan también serán un signo de contradicción. Por tanto, hay que elegir. No podemos permanecer indiferentes ante Nuestro Señor Jesucristo. No podemos permanecer indiferentes ante la obra de la Redención. Quienes permanecen indiferentes ya han hecho su elección. Quienes permanecen indiferentes han rechazado a Nuestro Señor Jesucristo.

Simeón lo dijo con toda claridad. ¿Qué dijo en su profecía? Dijo que todos estos elementos de la obra redentora de Nuestro Señor tendrían lugar para que se revelaran los pensamientos de muchos corazones. ¿Qué significa esto? ¿En qué sentido se revelarán los pensamientos del corazón de los hombres? En el sentido de que nadie podrá permanecer verdaderamente indiferente ante Nuestro Señor Jesucristo. Hay que elegir. Él es un signo de contradicción. Nuestro Señor mismo dirá un día: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama».

Y esta revelación del misterio de la Redención, que se cumplirá mediante los sufrimientos de Nuestro Señor, irá acompañada de otro sufrimiento. Este misterio de la Redención se reveló primero a través del sufrimiento de Nuestro Señor. Pero Dios quiso que Nuestra Señora estuviera asociada a esta obra, y que su papel junto a Nuestro Señor se revelara al mismo tiempo que se revelaba el papel de Él ante los hombres. Simeón, dirigiéndose a la Virgen, le dijo: «Una espada de dolor atravesará tu alma». ¡Qué misterio tan sublime se encierra en estas palabras! Y, sin embargo, es un misterio que podemos penetrar, y que es extremadamente querido por la Santa Madre Iglesia. Es el misterio de la corredención, el misterio de la asociación de Nuestra Señora con la obra de Nuestro Señor Jesucristo.

El lugar de Nuestra Señora en la Redención.

Ahora comprendemos por qué el ángel pidió el consentimiento de Nuestra Señora, su fiat. Ella comprendió verdaderamente que convertirse en la Madre de Dios significaba convertirse en la madre de un Dios sufriente, de un Dios redentor, de un Mesías sufriente, tal como lo anunciaba el Antiguo Testamento. Comprendiéndolo, dijo: «Sí, acepto. Si es la voluntad de Dios, acepto». Dios se hizo hombre con un fin muy preciso, y Nuestra Señora lo comprendió. Lo aceptó por encima de todo. Pero ¿por qué? ¿Por qué, en su sabiduría divina, quiso Dios asociar así a Nuestra Señora a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo?

Porque Nuestro Señor vino a salvar las almas. Pero pedirá a cada alma su colaboración, su adhesión a la fe y su participación en el sufrimiento. Sin embargo, a Nuestra Señora, a pesar de haber sido preservada del pecado original desde antes de su concepción, a ella, que fue de algún modo la redimida más perfecta y única, jamás tocada por el pecado, Dios le pidió también su cooperación en la obra de la Redención, de un modo proporcional a su santidad. ¡Qué misterio! Esta es una visión profundamente católica de la Santísima Virgen María. Sí, Dios quiere la cooperación de sus criaturas, y ha hecho de Nuestra Señora el prototipo de esta cooperación.

Nada de esto existe en el protestantismo, que destruye toda forma de cooperación. Para ellos, solo Dios salva a los predestinados. Esta es la teología de Lutero. Y, en consecuencia, ¿qué buscan los protestantes, si esta cooperación no es necesaria? Lógicamente, rechazan la vida religiosa, la mortificación y el Santo Sacrificio de la Misa, porque la Santa Misa, según ellos, es un esfuerzo humano o una cooperación en una obra que sería puramente divina. Rechazan la veneración de los santos, porque no necesitaríamos intercesores ni mediadores. Y, sobre todo, rechazan la veneración de Nuestra Señora. Esto es terrible, porque destruye la obra de la Redención tal como Dios la quiso. Pero para ellos es lógico.

También hay que decir que, en otro nivel y de otra manera, el modernismo ha hecho lo mismo. Sin negar estas verdades, las ha deformado. Tras el escudo mal entendido de un falso cristocentrismo, es decir, del miedo infundado a quitarle centralidad a Nuestro Señor, el modernismo también reduce toda cooperación humana. Los esfuerzos humanos, las mortificaciones e incluso la vida religiosa ya no se comprenden. El Santo Sacrificio de la Misa se entiende de manera completamente distinta, al igual que el papel de Nuestra Señora. Ella queda relegada a un segundo plano, negando su papel en la Redención, que es tan central. Esto también es terrible.

Cuando se tiene un cuadro hermoso, ¿qué se hace para que resalte? Se busca un marco digno de ese cuadro. Esto es exactamente lo que Dios mismo hizo con la Santísima Virgen María. Este magnífico cuadro de la Redención está enmarcado por Nuestra Señora misma, por su corredención. ¡Qué sabiduría divina! Y, sin embargo, hoy se nos dice que, para apreciar mejor este cuadro y no perder su belleza, habría que quitar el marco.

Nuestra Señora acompaña a Nuestro Señor en el sufrimiento.

[Tres veces la Santísima Virgen María acompañó a Nuestro Señor a Jerusalén. La primera fue para la Presentación en el Templo y la Purificación de Nuestra Señora, que celebramos hoy. Hubo también otras dos ocasiones, y los tres episodios están vinculados entre sí. Se sitúan en el mismo eje y tienen un denominador común.

Hoy, Jesús, presentado en el Templo, ofreció al Padre su vida humana. A los doce años, nuevamente acompañado por la Santísima Virgen María, Jesús manifestó su sabiduría divina y la ofreció al Padre. La tercera vez fue en el Calvario, otra vez acompañado por Nuestra Señora, cuando Jesús ofreció al Padre su propia vida y su propia sangre.

¿Qué tienen en común estos tres episodios tan distintos? ¿Por qué la Santísima Virgen está siempre presente? Ella acompañó a Nuestro Señor tres veces en el dolor y en el sufrimiento. La primera vez, hoy, 2 de febrero, Simeón anunció: «Una espada atravesará tu corazón». A los doce años, volvió a acompañarlo al Templo y sufrió el terrible dolor de perder al Niño Jesús. Fue la prueba más inimaginable para María. La tercera vez fue cuando volvió a acompañarlo en el dolor, en el sufrimiento del Calvario.

¿Por qué cada vez que lo acompañó tuvo que hacerlo en el dolor? Porque ella es corredentora. Porque participó sistemáticamente en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Preparó la Pasión junto a Él. La Pasión de Nuestro Señor es también la suya. Esto es evidente.

¿Cuál es entonces la consecuencia de esta verdad, que está en el Evangelio y no ha sido inventada? Que así como María estuvo presente durante toda la vida de Nuestro Señor y lo siguió en su Pasión y en todo lo que la preparó y estuvo vinculado a ella, así hoy María continúa siendo, con toda lógica, la asociada de Nuestro Señor y continúa dispensando las gracias que son fruto de su Pasión, a la cual estuvo asociada desde la profecía de Simeón, convirtiéndola también en su propia pasión.

¡Qué misterio tan profundo encierra esta espada!

En el día del Juicio, Nuestro Señor preguntará: «¿Qué has hecho con mi Madre?»

Quisiera ir aún más lejos. ¿Cómo pudo Nuestra Señora ofrecer a su Hijo, y a un Hijo así? Podemos comprender que se ofreciera a sí misma a Dios, su existencia y su virginidad, pero ¿ofrecer a tal Hijo? ¿Cómo pudo hacerlo? Este Hijo, concebido virginalmente y nacido virginalmente, del cual ella era el único progenitor humano: la naturaleza humana de Nuestro Señor provenía enteramente de Nuestra Señora. Es su carne inmaculada y su sangre inmaculada las que formaron la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, y es lógico que ella adore a este Hijo perfecto. ¿Cómo pudo ofrecerlo? ¿Cómo pudo decir «sí»? No solo «digo sí y me quedo en Nazaret», sino «digo sí de todo corazón y voy con Él». ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo explicarlo?

La respuesta es muy simple. Lo hizo por amor a nosotros. Esto no es un cuento. Es el Evangelio. ¿Vamos entonces a renunciar a esta doctrina? ¿Vamos a olvidar esta espada que atravesó el corazón de Nuestra Señora? ¿Vamos a olvidar su significado? ¿Vamos a olvidar lo que Nuestra Señora hizo al pie de la cruz? ¿Vamos a olvidar su papel de corredentora? Eso es imposible. ¡Forma parte de nuestra fe! ¡Es el corazón de nuestra fe! Es algo que apreciamos de manera especial. Sabemos que en el día del Juicio Nuestro Señor Jesucristo nos mostrará sus llagas y nos preguntará: «¿Qué has hecho con mis llagas? ¿Qué has hecho con mi Pasión? ¿Te has refugiado en mi costado o has preferido el mundo? ¿Qué has hecho con mi sangre derramada en la cruz? ¿Qué has hecho con la Santísima Eucaristía? ¿Qué has hecho con mi gracia?»

Y luego nos hará una última pregunta: «¿Qué has hecho con mi Madre? No me quedaba nada. Estaba despojado de todo y abandonado por todos. No me quedaba ni una gota de sangre en el cuerpo. Lo único que me quedaba era mi Madre, y no una madre cualquiera, sino una Madre que yo mismo había preparado, una Madre inmaculada, llena de gracia, la Madre de Dios. La había preparado para mí, para mi Encarnación, para mi venida al mundo. Ella me acompañó desde la Presentación en el Templo hasta la cruz. Nunca me abandonó. Lo único que me quedaba era mi Madre, y te la di para que siguiera moldeando mi imagen en tu alma. Te di a mi Madre. ¿Qué has hecho con ella? En mí, te dio a luz en el pesebre sin dolor, rodeada de cánticos celestiales. También te dio a luz al pie de la cruz. ¿Qué has hecho con ella? ¿Has celebrado su grandeza? ¿La has honrado y tratado verdaderamente como Madre?»

No hay manera de eludir esta pregunta. Esto es lo que Nuestro Señor nos preguntará. ¿Podemos entonces renunciar a esta doctrina tan bella y tan profunda, que nos muestra sobreabundantemente la caridad de Nuestro Señor? ¿Tenemos miedo de que, al tratar a Nuestra Señora como se merece, como corredentora, nos alejemos del misterio de la Redención, en el que ella misma está totalmente inmersa? Un verdadero católico no puede tener miedo de eso. Es imposible. Y, además, ¿se nos permite engañar a las almas de este modo? Eso es inaceptable. ¿Se nos permite apartar a las almas de Nuestra Señora, cuando su papel no es solo llevarlas a Nuestro Señor Jesucristo, sino también moldear su imagen en ellas? Eso es imposible.

Consagraciones episcopales por fidelidad a la Iglesia y a las almas.

Creemos que ha llegado el momento de pensar en el futuro de la Fraternidad San Pío X, en el futuro de todas las almas que no podemos olvidar ni abandonar, y sobre todo en el bien que podemos hacer a la Santa Madre Iglesia. Esto plantea una cuestión que nos hacemos desde hace mucho tiempo y a la que quizá ahora debamos responder. ¿Debemos seguir esperando antes de considerar la consagración de obispos? Hemos esperado, rezado y observado la evolución de la Iglesia, y también pedido consejo. Hemos escrito al Santo Padre para presentarle, con toda sencillez, la situación de la Fraternidad, explicando estas necesidades y reafirmando al mismo tiempo nuestra única razón de ser: el bien de las almas.

Escribimos al Santo Padre diciéndole que nuestra única intención es hacer de todas las almas que acuden a nosotros verdaderos hijos de la Iglesia católica romana. No tendremos jamás otra intención. El bien de las almas corresponde al bien de la Iglesia. La Iglesia católica no existe en las nubes: existe en las almas. Son las almas las que constituyen la Iglesia. Si amamos a la Iglesia, amamos a las almas. Queremos su salvación y queremos hacer todo lo posible para ofrecerles los medios para alcanzarla. Por eso hemos suplicado al Santo Padre que comprenda la situación tan singular en la que se encuentra la Fraternidad y que le permita tomar los medios necesarios para continuar esta obra en una situación tan excepcional.

Desgraciadamente, estas razones no parecen interesar a Roma ni resultar convincentes por el momento. Lo lamentamos profundamente. ¿Qué vamos a hacer entonces? ¿Vamos a abandonar a las almas? ¿Vamos a decirles que en realidad ya no existe un estado de necesidad en la Iglesia que justifique nuestro apostolado y nuestra existencia? ¿Que todo está más o menos bien? Eso sería una traición a las almas y, por tanto, a la Iglesia. No podemos hacerlo.

Por eso pensamos que el 1 de julio de 2026 podría ser una fecha adecuada, la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la fiesta de la Redención. Es lo único que nos interesa. Lo que más apreciamos es la Sangre Preciosa de Nuestro Señor, que corre por el madero de la cruz. Nuestra Señora, al pie de la cruz, fue la primera en adorar esta Sangre Preciosa, que seguimos adorando al pie del altar. Es lo único que queremos darle a las almas… Las almas tienen derecho a ello; no es un privilegio, es su derecho. No podemos abandonarlas.

En los próximos días, tenemos intención de darles más información y mayor detalle. Es importante comprender las razones. Es importante comprender lo que está en juego. Esto es crucial. Pero, al mismo tiempo, debemos comprender todo esto en la oración. No basta con preparar solo la mente. Me atrevería a decir que tampoco basta con adoptar un enfoque puramente apologético. Hay que preparar los corazones, nuestros corazones, porque es una gracia, y debemos aferrarnos a esa gracia. Debemos dar gracias a Dios y prepararnos. Sí, consagraciones: una vez más, habrá consagraciones episcopales. Pero no serán para desafiar a la Iglesia; en absoluto. Serán consagraciones por fidelidad a la Iglesia católica y a las almas.

Además, quisiera añadir una última consideración. Asumo plenamente la responsabilidad de esta decisión. La asumo, en primer lugar, ante Dios. La asumo ante la Santísima Virgen María y ante el Papa san Pío X. La asumo ante el Santo Padre. Sinceramente, me gustaría reunirme con el Papa antes del 1 de julio. Me gustaría explicarle todo, para que pueda comprender nuestras intenciones reales y profundas, y nuestro apego a la Iglesia católica, para que lo sepa y lo entienda. También acepto esta responsabilidad ante la santa Iglesia católica y ante la Fraternidad, ante todos los miembros de la Fraternidad y —lo repito una vez más— ante todas las almas que de un modo u otro recurren a nosotros, y que nos piden ayuda ahora o en el futuro. Todas esas almas y todas esas vocaciones que la Providencia divina nos ha enviado y nos sigue enviando. Ante ellas asumo esta responsabilidad, cada una en particular, porque cada alma tiene un valor infinito.

Y en la Iglesia católica nunca debemos olvidar que la ley de las leyes, la ley suprema que prevalece sobre todas las demás, es la salvación de las almas. No es la palabrería, no es el sínodo, no es el ecumenismo, no son los experimentos litúrgicos, ni las ideas nuevas, ni una nueva evangelización: es la salvación de las almas. Esta es la ley de las leyes, y todos tenemos el deber, cada uno en su lugar, de observar esta ley y de consagrarnos totalmente a defenderla. ¿Por qué? Porque Nuestra Señora y Nuestro Señor Jesucristo nos enseñaron durante su vida en esta tierra que no tenían otra intención ni otro objetivo que la salvación de las almas. Por tanto, de un modo u otro, y según nuestros talentos y circunstancias, cada uno de nosotros debe hacer todo lo que pueda, aportando su contribución para salvar su propia alma y la de los demás.

Amén.»

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