La Arquidiócesis de Milán confirmó este domingo 1 de febrero de 2026 la salida del ministerio presbiteral de Alberto Ravagnani, uno de los sacerdotes más conocidos del entorno digital católico en Italia.
La decisión fue comunicada oficialmente en una nota firmada por el vicario general de la archidiócesis, monseñor Franco Agnesi, en la que se informa que Ravagnani, de 32 años, deja de ejercer como vicario parroquial y como colaborador de la pastoral juvenil diocesana. «Desde hoy, ya no es sacerdote en activo».
La noticia, adelantada por Il Messaggero, evidencia un fenómeno que ya venimos viendo hace un tiempo: clérigos convertidos en influencers, con gran exposición mediática, estética cuidadosamente construida y un lenguaje más propio del entretenimiento digital que del ministerio sacerdotal.
De sacerdote a personaje digital
Con más de medio millón de seguidores entre Instagram y YouTube, Ravagnani se había convertido en un símbolo de una pastoral centrada en la imagen, los reels, los mensajes emocionales y una presencia constante en redes. Su estilo —alejado del hábito clerical, con gestos, lenguaje corporal y puesta en escena claramente afeminados y festivos— fue presentado durante años como “innovador”, alejándose de la sobriedad y la identidad propias del sacerdocio católico.
Polémicas previas y advertencias ignoradas
En los últimos meses, su figura había estado envuelta en controversias, entre ellas la publicación de contenido patrocinado para una empresa de suplementos alimenticios. El propio arzobispo de Milán, monseñor Mario Delpini, había advertido sobre los riesgos de una pastoral reducida a la comunicación digital.
Un patrón que se repite
Ravagnani fue uno de los protagonistas del Jubileo de los influencers católicos celebrado en Roma en 2025. Su salida del sacerdocio no es un caso aislado, sino un síntoma más de un modelo pastoral que ha privilegiado la estética y la popularidad por encima de la identidad sacerdotal.
El sacerdote está llamado, ante todo, a ser sacerdote. Hombre de oración, de altar y de Eucaristía. Todo lo demás —la comunicación, la pastoral, incluso la presencia pública— solo tiene sentido si brota de ahí y vuelve ahí. Cuando el ministerio se mide en visualizaciones, cuando la fecundidad se confunde con seguidores y la identidad se subordina a la imagen, la vanidad termina ocupando el lugar de la gracia. Y entonces no es la Iglesia la que evangeliza al mundo, sino el mundo el que acaba moldeando al sacerdote.