Un interesante titular de Infovaticana ha llamado mi atención: «Tucho equipara la inquisición con el holocausto«. He leído bien: el actual prefecto de la institución creada por Gregorio IX en el siglo XIII compara su negociado con el genocidio judío.
No me resisto a escarbar en la noticia, y en efecto, descubro que el pasado martes 27 de enero, durante la sesión plenaria del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (organismo sucesor del Santo Oficio; o sea, de la Inquisición), su Prefecto, Víctor Fernández, destacó la necesidad de «humildad intelectual, espiritual y teológica en el ejercicio de la razón«. Y para ilustrar esa lógica y cristiana exigencia –ubi umilitas, ibi sapientia– agrupó diversos y heterogéneos contraejemplos en la historia:
«Cuanto más avancen la ciencia y la tecnología, más necesitamos mantener viva esa conciencia del límite, de nuestra necesidad de Dios para no caer en el terrible engaño, el mismo que llevó a los excesos de la Inquisición, a las guerras mundiales, a la Shoá, a las masacres en Gaza, todas situaciones a veces justificadas con argumentos falaces».
No me lo podía creer: el responsable actual de la antigua Inquisición rebujaba en una misma bolsa los abusos históricos de esa antigua, vigente y necesaria institución que él preside, con horrores recientes como las guerras mundiales o el genocidio judío a manos de los nazis. O -acorde con el pensamiento progre moderno- las equiparaba a las «masacres en Gaza», comparación impropia teniendo más a mano las matanzas actuales de cristianos en Siria o Nigeria (que salen poco o nada en los medios de comunicación, pero que son tan reales como aquellas). Y que, además, se ajustan mejor a la comparación con las acciones condenables de la pretérita inquisición, pues en este órgano judicial -no ejecutivo- sólo estaban legitimados pasivamente los bautizados cristianos, es decir, nunca actuaba contra judíos o musulmanes sino exclusivamente contra cristianos. Y en Siria y Nigeria las víctimas son los cristianos.
Por otro lado, ignoro qué tiene que ver el avance de la ciencia y la tecnología con la defensa de la Verdad que nos trajo Cristo, salvo que alguien suponga -y no quiero pensarlo del responsable de defender la pureza de la fe recibida- que esta Verdad puede mudarse en razón de ese progreso. Sólo Jesucristo es Camino, Verdad y Vida, y sólo Pedro -la Iglesia Católica de la que él es su cabeza terrenal- tiene la misión encomendada por Cristo de confirmar la fe. Y cuando lo hace con los debidos requisitos, no cabe el error. Si defender la Verdad con malas artes (como hizo la Inquisición histórica en el pasado al emplear la tortura o admitir las denuncias secretas) está mal, defender el error, aunque sea con suaves y dulces sofismas, es peor.
En fin, opino que tras sus desacertadas equiparaciones, el excelentísimo cardenal Fernández, por coherencia, debería presentar su dimisión como el «inquisidor general» que es actualmente (perdón, como el Prefecto para la Doctrina de la Fe, que queda más finolis). Por asociar el pasado de la institución que preside a la barbarie de los campos de exterminio.
Porque además, es indiscutible que con el estudio objetivo (documental) y sin pasión de ese fenómeno histórico que es la Inquisición -y sobre todo de la española, la que ha tenido una mayor duración y fama negativa- se desmontan uno tras otro los desenfoques y excesos que la propaganda antihispánica ha vertido sobre ella. Sólo en cuanto a cifras de ejecuciones -sigo los datos del historiador inglés Henry Kamen “La inquisición española” Ed. Crítica (1985)- las víctimas mortales en nuestro país en tres siglos y pico de duración, no fue muy superior a 2000 personas (compárese, en tiempo y número de víctimas, con las cifras de muertos por la intolerancia religiosa en la Europa protestante sólo en el siglo XVI). “La cantidad proporcionalmente pequeña de ejecuciones –reconoce Kamen (pág. 248)- es un argumento efectivo contra la leyenda de un tribunal sediento de sangre”. Y por supuesto, como sabemos, las sentencias del Santo Oficio eran meramente declarativas; confirmaban si el procesado era o no culpable de herejía contumaz, y era el Estado quien ejecutaba la sentencia (el brazo secular). El condenado, además, podía evitar la muerte mediante la retractación, incluso un momento antes de llegar la antorcha a la paja. Aparte de ello, era un tribunal que otorgaba muchas más garantías que los tribunales civiles y penales de su tiempo, hasta el punto que se han reportado casos de delincuentes comunes, sodomitas y amancebados, que blasfemaban tras su detención sólo para ser enjuiciados por ese tribunal eclesiástico. Y algo que no suele mencionarse: era inmensamente popular y aceptado por la práctica unanimidad del pueblo, que tenía grabada en su mollera que difundir la herejía era una acción mucho más peligrosa para la paz social que cualquier otro delito por grave que fuese. La herejía no sólo cerraba las puertas de la salvación individual sino que, además -como se vio en los ejemplos históricos de Francia o los estados alemanes durante el siglo XVI- propició espantosas guerras civiles y matanzas sin cuento que, en el caso francés, probablemente truncó su posible expansión ultramarina que en ese siglo glorioso realizaron Portugal, España e Inglaterra. Con nuestra mentalidad moderna enjuiciamos muy negativamente que Felipe II sajase radicalmente los focos luteranos de Valladolid y Sevilla en el siglo XVI (bien reflejados en las excelentes novelas de Miguel Delibes, El hereje, y de Eva Díez Pérez, Memoria de cenizas). Pero lo cierto es que merced a unas pocas penas capitales y a una política (anterior) de absoluta intolerancia hacia el error religioso, pudo España vivir sin esas convulsiones y logró así acometer la hazaña política y religiosa de conquistar un continente, sacarlo de las tinieblas del paganismo y de los sacrificios humanos, y llevar la luz de Cristo a millones de almas.
Por supuesto que valió la pena, aunque le duela al Prefecto argentino, que parece olvidarse de aquellos hombres que le regalaron a su patria la fe católica, y la bandera de la Inmaculada como enseña nacional.