Teherán busca nuncio, el mítico destino de Bugnini queda vacante

Teherán busca nuncio, el mítico destino de Bugnini queda vacante

La Santa Sede ha anunciado el traslado del arzobispo Andrzej Józwowicz, hasta ahora nuncio apostólico en Irán, a la Nunciatura de Sri Lanka, un destino sensiblemente más relevante desde el punto de vista pastoral. El nombramiento, publicado en el boletín oficial de la Santa Sede, deja vacante la sede de Teherán, una plaza históricamente marginal por número de fieles católicos pero cargada de un simbolismo singular en la memoria curial, al haber sido el lugar al que fue enviado, en circunstancias nunca aclaradas oficialmente, uno de los personajes más controvertidos del posconcilio.

Porque antes de convertirse en la más célebre nunciatura de destierro del catolicismo contemporáneo, Irán era simplemente Irán: un país remoto, musulmán hasta la médula, con una presencia católica microscópica y una relevancia pastoral prácticamente nula. Nadie soñaba con Teherán; nadie lo pedía; nadie lo utilizaba como trampolín. Hasta que un nombre propio quedó soldado para siempre a ese destino: Annibale Bugnini.

Bugnini no fue un burócrata gris ni un diplomático reciclado. Fue, durante años, el verdadero ingeniero jefe de la reforma litúrgica posconciliar, el hombre que pasó de monje lazarista discreto a cardenal en la sombra, sin birreta pero con un poder que muchos cardenales con anillo en el dedo jamás alcanzaron. Su obsesión era la liturgia y su convicción, inamovible, que la liturgia tradicional no debía reformarse, sino superarse. No corregirse, sino desmontarse y volver a montar con piezas nuevas, preferiblemente irreconocibles.

Desde el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, Bugnini operó con una mezcla de fervor ideológico y astucia administrativa que hoy resulta casi admirable, si no fuera porque sus consecuencias siguen siendo motivo de disputa medio siglo después. Fue el alma del Novus Ordo Missae, el rostro sonriente del Misal de 1969, y el hombre que convenció a media Curia de que la tradición litúrgica podía tratarse como un borrador provisional. Muchos colaboradores posteriores, como Louis Bouyer, acabarían reconociendo con una franqueza tardía que el proceso estuvo plagado de improvisaciones, manipulaciones de textos antiguos y un entusiasmo rupturista que rozaba lo doctrinalmente temerario.

A medida que el nuevo rito se imponía, también crecía la incomodidad. No solo entre fieles o sacerdotes, sino en los despachos romanos. Bugnini acumulaba enemigos, no tanto por lo que decía como por la forma en que lo hacía: excluyendo, marginando, arrinconando cualquier objeción bajo la etiqueta infalible del “espíritu del Concilio”. Y fue entonces cuando comenzaron a circular los famosos rumores. Masonería. Afiliaciones discretas. Dossiers. Susurros. Nada probado de manera concluyente, todo suficientemente grave como para no poder ignorarse.

Pablo VI, el papa atormentado por las tensiones posconciliares, optó por la salida más limpia y más cruel a la vez. En 1976, Bugnini fue nombrado pro-nuncio apostólico en Irán. Sin explicaciones. Sin aclaraciones. Sin vuelta atrás. De arquitecto de la liturgia universal a representante diplomático en un país sin liturgia católica que reformar. Un puesto artificial, creado a medida, para enmascarar un destierro que nadie quiso explicar, pero que todos entendieron.

La ironía es tan perfecta que roza lo literario. El hombre que soñó con una misa “abierta al mundo” terminó sus días en una teocracia islámica cerrada a cal y canto, donde los católicos eran una nota a pie de página estadística. Bugnini aceptó el cargo, se trasladó a Teherán y allí murió en 1982, lejos de Roma, lejos del altar que había rediseñado, lejos incluso de la polémica que él mismo había creado. Ni rehabilitado ni condenado: simplemente apartado. Como se aparta un mueble incómodo del salón principal.

Y con la plaza de Teherán nuevamente libre, cuesta no pensar —siempre en clave de estricta fantasía diplomática— en lo bien que encajaría hoy ese destino con algunos nombres muy de actualidad. Un retiro persa podría sentarle admirablemente a Víctor Manuel Fernández, lejos de prólogos creativos y entrevistas explicativas; tampoco desentonaría José Cobo Cano, que podría ensayar en Teherán una pastoral del silencio radical, sin micrófonos ni documentos marco. Incluso cabría soñar con un hito histórico y simbólicamente perfecto: Simona Brambilla como primera «nuncia» apostólica en Irán, coronando así una sede que, desde Bugnini, no se limita a representar a la Santa Sede, sino que ofrece algo mucho más valioso: distancia, desierto y una saludable desconexión del centro.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando