Septuagésima: la Iglesia enseña a entrar despacio

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Septuagésima: la Iglesia enseña a entrar despacio

Hay tiempos litúrgicos que preparan, afinando el oído. El de Septuagésima pertenece a esa pedagogía de la Iglesia que sabe que el alma humana no pasa de la calle al santuario sin tomar despaciosa y silenciosamente el agua bendita, odiada por el enemigo y por el temor a los contagios. Durante siglos, la Iglesia supo que la Cuaresma —ese gran desierto bautismal— no podía comenzar bruscamente. Antes había que despertar la conciencia, desacelerar el corazón, apagar poco a poco las luces de la fiesta. Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima no eran semanas “de nadie”, sino un atrio: un espacio intermedio donde el alma aprende que va a empezar algo serio. Por eso, no es nostalgia lo que lleva hoy a muchos, sobre todo jóvenes, a redescubrir este tiempo: es hambre de sentido, deseo de coherencia, prevención de pasar demasiado aprisa por los misterios, como si temiera el silencio o cansase la espera.

La liturgia transforma el clima interior. El Domingo de Septuagésima no anuncia aún la penitencia cuaresmal en su forma estricta, pero sí introduce un cambio de atmósfera inconfundible: el color morado aparece; el Gloria se retira; el Aleluya se despide. No son detalles estéticos, sino delicadas decisiónes teológicas: la Iglesia retira de nuestros labios la palabra de júbilo por excelencia para enseñarnos que hay un tiempo para cantar… y otro para callar, esperar, desear. No se nos prohíbe la alegría; nos educa en su añoranza.

La liturgia de este domingo nos lleva al comienzo de la Escritura: la creación, la caída, el trabajo, el sudor. Como si la Iglesia nos dijera: antes de hablar de redención, recuerda por qué la necesitas. No hay psicologismo ni moralina: hay realismo sobrenatural.

En algunos lugares, la despedida del Aleluya se expresaba con un rito entrañable y profundamente simbólico: el Entierro del Aleluya. No era una teatralización ingenua, sino una catequesis sin palabras. El Aleluya escrito en un pergamino se “enterraba” solemnemente hasta la Vigilia Pascual. El gesto era claro: lo que ahora calla, volverá con más fuerza porque la alabanza de la Iglesia no muere, pero debe purificarse. Porque la liturgia no consiste en decirlo todo siempre, sino en decir lo necesario en el momento justo, sabiendo que el silencio también es lenguaje y que la ausencia de la noche oscura puede ser a veces más fecunda que la presencia sensible: Adonde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido..?.

Reivindicar la Septuagésima no es arqueologismo, sino respiración profunda; no es pedir un retroceso sentimental ni una restauración acrítica, sino reconocer que la liturgia romana, en su desarrollo orgánico, sin rupturas, había alcanzado una finura antropológica, cultural y espiritual extraordinaria: sabía preparar gradualmente, acompañar con sabia y empática psicología.

En una época que vive acelerada, sin umbrales ni esperas, este tiempo nos recuerda que la conversión no se improvisa ni se consigue con magias pastoralistas: ¡es tan lenta..!  La alegría cristiana de la Pascua será tanto más verdadera cuanto más haya sido esperada y purificada. Quizá por eso Septuagésima vuelve a ser celebrada: no por nostalgia, sino porque enseña a respirar antes de entrar en el gran combate cuaresmal. Y porque devuelve a la liturgia algo que nunca se le debería arrebatar: su capacidad de formar el alma paso a paso, con paciencia maternal y sabiduría milenaria.

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