Tradicionalmente influenciada por corrientes biologistas y evolucionistas, la psicología del desarrollo ha tendido a reducir el crecimiento humano a procesos adaptativos o de equilibrio homeostático. Así lo evidencia la obra de autores contemporáneos como Piaget o Freud; no obstante, la perspectiva tomista plantea una comprensión más profunda e integral del desarrollo psicológico humano en la que el despliegue vital se orienta al logro de la contemplación natural y sobrenatural como fin último. El desarrollo, desde esta perspectiva, no se limita a la adquisición de competencias o la adaptación al entorno sino que se concibe como el perfeccionamiento progresivo de las facultades del alma, especialmente, en su dimensión espiritual.
La psicología tomista parte de una ontología que reconoce la presencia del alma espiritual como un principio vital inmaterial desde la concepción; esta entidad confiere al ser humano una identidad subsistente y una unidad entre su dimensión corporal y espiritual. De este modo, se supera la visión reduccionista que considera al recién nacido como un organismo indiferenciado; para Santo Tomás, la persona humana es un individuo de naturaleza racional, con operaciones propias y orientado hacia su propia perfección; por tanto, el crecimiento implica un proceso de integración y fortalecimiento de las capacidades operativas del ser en el que el alma es el principio animador y ordenador de toda la vida psíquica.
Desde esta mirada, el desarrollo psicológico se entiende como el perfeccionamiento orgánico y jerárquico de las facultades humanas; inicialmente, predominan las operaciones vegetativas y sensitivas, pero, progresivamente, emergen las operaciones racionales y volitivas; Santo Tomás señala que existe una relación de naturaleza y de generación entre las facultades, pues las inferiores surgen de las superiores y se ordenan jerárquicamente según su perfección; así, la evolución de la personalidad y la interioridad no responde meramente a condicionamientos externos o biológicos, sino, sobre todo, a la capacidad del alma de integrar, ordenar y perfeccionar sus tendencias bajo la guía de la razón.
En la infancia, la importancia del vínculo afectivo y el desarrollo de la virtud de la templanza se evidencian como fundamentales para la conformación de las primeras disposiciones psíquicas. A diferencia de la teoría del apego de Bowlby —quien interpreta la relación madre-hijo en clave instintiva y adaptativa—, la perspectiva tomista subraya el valor del amor oblativo y la donación parental como bases del crecimiento armónico de la personalidad; la virtud de la templanza —orientada a la moderación de los placeres del tacto— comienza a gestarse en la infancia mediante la experiencia de cuidado, seguridad y estabilidad en el entorno familiar; la serenidad básica adquirida en esta etapa es considerada un requisito indispensable para la salud psíquica y la futura madurez afectiva.
El desarrollo intelectual —otro pilar central en la concepción tomista— se comprende a partir de la doctrina de las virtudes intelectuales. Santo Tomás distingue que el alma humana es “intelectiva”, y que, como su potencia más elevada, la mente imprime su sello en todas las operaciones, incluso, en las del orden sensible, configurando así la personalidad; la mente, según el Aquinate, se perfecciona a través de los hábitos intelectuales, los cuales son disposiciones estables que orientan la inteligencia hacia la captación de la verdad. Entre estas virtudes destacan el hábito de los primeros principios (intuición), el hábito de la ciencia (conocimiento discursivo) y el hábito de la sabiduría (visión arquitectónica y contemplativa), siendo esta última la culminación de la perfección intelectual.
La adquisición de las virtudes intelectuales supone una formación gradual y un ejercicio constante de la inteligencia, superando la mera acumulación de conocimientos y orientando el juicio hacia el bien y la verdad; sin estas virtudes no puede hablarse de madurez, ya que la virtud es precisamente el punto de excelencia y perfección de una facultad. La presencia o ausencia de estas virtudes explica, en parte, las diferencias de desarrollo intelectual entre las personas y la particular configuración de la mente y el carácter.
En la concepción tomista, la adolescencia se caracteriza por el despertar de la conciencia de sí y del mundo donde la inteligencia adquiere la capacidad reflexiva y la voluntad se fortalece en la toma de decisiones; el desafío fundamental de esta etapa no es, primordialmente, la sexualidad, sino la adquisición de la autoposesión y el gobierno de sí mismo, orientados hacia la madurez adulta. Así, la meta última del desarrollo psicológico es la integración de las facultades bajo la guía de la prudencia, virtud que permite el recto juicio y la autogobernanza, signos inequívocos de madurez y plenitud humana.
La psicología tomista, finalmente, no desconoce la importancia de las dimensiones biológica, afectiva y social, pero las subordina a la finalidad última del hombre, que es la contemplación y la perfección espiritual. La salud psíquica y la madurez humana son vistas como etapas necesarias y articuladas dentro de un proceso de perfeccionamiento que culmina en la interioridad y la unión con el fin último, trascendiendo, así, la visión fragmentada de la psicología moderna.
En síntesis, la concepción tomista del desarrollo psicológico del hombre ofrece una perspectiva integradora y teleológica, donde cada etapa y facultad se articula armónicamente en función de la perfección personal y el despliegue espiritual. En contraste con las tendencias reduccionistas contemporáneas, este enfoque permite comprender el crecimiento humano en toda su riqueza, dignidad y orientación trascendente.