La trampa de Restán: llamar cisma a exigir pastores que no se rindan

La trampa de Restán: llamar cisma a exigir pastores que no se rindan

José Luis Restán vuelve a la carga. Y lo hace como siempre: levantando un espantajo teológico para no responder al fondo del asunto.

En su último editorial en COPE —claramente dirigido contra las críticas surgidas a raíz de la posición episcopal sobre la inmigración— Restán acusa a una supuesta “derecha católica” de reproducir la vieja trampa progresista: separar al pueblo de Dios de los obispos, oponer cuerpo y cabeza, dinamitar la unidad de la Iglesia. Según él, estamos ante la misma maniobra que han utilizado “todos los regímenes totalitarios” para combatirla.

Conviene leer despacio, porque la trampa está muy bien envuelta.

No, Restán, no es lo mismo. No se está intentando separar al pueblo de los pastores. Se está pidiendo —cada vez con más urgencia— que haya pastores, y no asalariados. Y esa distinción no es marxista, ni progresista, ni inventada por Twitter. La hizo Cristo.

El Señor no advirtió contra los fieles que piensan, disciernen o critican. Advirtió contra el asalariado, que no es pastor, al que no le importan las ovejas y que huye cuando ve venir al lobo. Y añadió por qué huye: porque no son suyas.

Eso es exactamente lo que muchos fieles perciben hoy. No una jerarquía imperfecta —eso siempre ha existido— sino una jerarquía que gestiona conflictos para no tenerlos, que pacta para sobrevivir, que confunde prudencia con rendición y comunión con disciplina vertical.

Restán habla de “negar la fisonomía de la Iglesia”. Pero lleva años negando, con hechos y editoriales, otra fisonomía igualmente evangélica: la del laico adulto, con conciencia formada, que no necesita que el aparato mediático episcopal le diga qué pensar sobre cada coyuntura política.

Resulta especialmente cínico que quien celebró la caída de un gobierno provida y profamilia en Polonia por ser “poco europeísta”, quien aplaudió la entrega del Valle de los Caídos al relato del poder y quien ahora bendice el marco conceptual del Gobierno sobre inmigración, se presente como defensor de la “unidad católica” frente a los fieles críticos.

Unidad, sí. Pero unidad en la verdad, no en el argumentario de Bruselas, ni en el BOE, ni en la nota de prensa del obispo de turno.

Restán acusa a los críticos de querer “leer la cartilla” a los apóstoles. Curiosa analogía. Porque en la historia de la Iglesia, cuando los pastores han errado gravemente en su relación con el poder, no han sido corregidos por regímenes totalitarios, sino por santos, por mártires… y muchas veces por laicos.

Los que juraron la Constitución Civil del Clero también hablaban de unidad. Los que pactaron mientras los cristeros morían también hablaban de sensatez. Los que se adaptaron para no ser molestados siempre tuvieron un discurso muy espiritual.

Lo que hoy molesta no es la crítica, sino que esa crítica recuerde algo incómodo: que la autoridad en la Iglesia no es un salvoconducto moral, y que cuando los pastores actúan como gestores del consenso, alguien tiene que recordarles que fueron ordenados para dar la vida por las ovejas, no para administrar su descontento.

No, Restán. Nadie quiere una Iglesia sin obispos. Lo que muchos ya no aceptan es una Iglesia con obispos que, cuando llega el lobo, miran a otro lado… y luego piden silencio en nombre de la unidad.

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