Desencanto y declive demográfico

Desencanto y declive demográfico
A family presents the offertory gifts to Pope Leo XIV, Mass for the Jubilee of Families, Children, Grandparents, and the Elderly, June 1, 2025 [photo: Vatican Media]

Por Kristen Ziccarelli

Desde los inicios del pontificado del Papa León XIV, han abundado las especulaciones sobre su postura respecto a la inteligencia artificial (IA). Aunque todavía no se ha publicado una encíclica oficial sobre la IA, el Santo Padre ha hecho varios comentarios al respecto, algunos de ellos recientemente en un discurso dirigido a jóvenes estadounidenses a finales del año pasado. Entonces afirmó de manera contundente que «la IA no puede ofrecer sabiduría real. . . . No se detendrá en el asombro, en el asombro auténtico, ante la belleza de la creación de Dios. . . . La IA jamás podrá sustituir el don único que tú eres para el mundo».

Como sugieren sus palabras, los peligros de una cultura de IA pseudoespiritual están, en efecto, relacionados con la crisis demográfica que se despliega en todo Occidente. Una generación incapaz de maravillarse ante la Creación, sin «asombro» ni «sabiduría», tendrá dificultades para acoger en ella una nueva vida. La generación más joven ya no sueña con tener hijos, y las consecuencias son profundas. El avance del declive demográfico se está convirtiendo en un problema serio: las tasas de fertilidad están muy por debajo del nivel de reemplazo, las poblaciones envejecen y las grietas creadas por la presión demográfica comienzan a hacerse visibles.

En este momento, Europa ya tiene una tasa global de fecundidad (TGF) media de alrededor de 1,4 hijos por mujer, significativamente por debajo de la tasa de reemplazo de 2,1 necesaria para mantener la población. Dentro de la Unión Europea en 2023, la TGF se situó en torno a 1,38 nacimientos vivos por mujer, y más de un tercio de los países de la UE presentaban tasas iguales o inferiores a 1,3.

El vacío espiritual persistente, especialmente en Estados Unidos y Europa, está marcado por un clima generalizado de desencanto, carente de sentido del misterio y de la trascendencia. Nuestra crisis cultural en curso ya ha producido efectos demográficos negativos y seguirá haciéndolo si no se recupera el espíritu de sacrificio y de servicio al que se refirió el Papa en su discurso.

Muchos se apresuran a relegar la crisis demográfica a un problema meramente económico. Pero el deseo de engendrar hijos nace de algo mucho más profundo que la estabilidad financiera o la posibilidad de comprar una vivienda. La gente ha sido pobre antes y aun así acogió familias numerosas en su vida. Mi generación creció junto a la tecnología, en una época obsesionada con la optimización. Ahora estamos empezando a interactuar con la IA. Nuestro sentido del asombro se ha embotado de forma definitiva. ¿Cómo puede alguien esperar que traigamos nueva vida al mundo cuando espiritualmente no estamos dispuestos a renovarlo?

Para los oídos de un hombre secular promedio de la Gen Z, tener esposa y familia suena como asumir una carga absorbente que solo empeorará su posición en un universo materialista y finito. Si creemos que nuestro nacimiento es un accidente y no un don de Dios, ¿cómo vamos a concebir a los hijos como algo distinto de una obligación?

Desde que la mayoría de nosotros puede recordar, nuestro mundo ha estado mediado por feeds algorítmicos, cuantificado mediante métricas y ahora moldeado por la IA. El salto radical de fe que exige acoger una nueva vida —otro ser humano, un hijo— resulta, en efecto, inimaginable. Si no podemos imaginar un mundo distinto del que ya habitamos, ¿por qué imaginar hijos, una decisión que admite de manera inherente la imprevisibilidad?

Como la Iglesia ha afirmado con frecuencia, la tecnología puede hacer la vida mejor y más segura. Pero, por supuesto, no puede sustituir el deseo innato de nuestros corazones de un significado que vaya más allá del consumo o la comodidad. Desde esta perspectiva, nuestro actual declive demográfico es casi inevitable. ¿Cómo esperamos evitar la extinción como pueblo si no valoramos la vida, no concebimos la paternidad y la maternidad como una vocación y no fundamentamos nuestras políticas y nuestra cultura en la ética provida? Si Occidente desea de verdad florecer —no solo sobrevivir, sino florecer—, la respuesta no puede ser más dispositivos, más subsidios o más desgravaciones fiscales.

Lo que se necesita es una renovación de la visión, comenzando por recuperar el sentido de lo sagrado en la vida humana, abriendo nuestros corazones al misterio, a lo trascendente, a los milagros. El arte, la música, la naturaleza, la oración y la comunidad son cauces importantes de la cultura y tienen el poder de transmitir la sabiduría antigua de que los hijos son dones y expresiones de esperanza.

En segundo lugar, se requiere un cambio cultural del individualismo a la generatividad. Debemos reorientarnos desde el cálculo secular típico de «¿qué quiero para mí?» hacia la pregunta más profunda: «¿qué dejará mi generación?». La familia y los hijos son la corona de la Creación y las raíces de la comunidad; debemos tratarlos como tales. La enseñanza de la Iglesia, según la cual nuestras vidas son para Dios y nuestro impacto mundano es secundario, es vital en este punto.

En tercer lugar, debemos fundamentar la política en una correcta antropología cristiana: la preservación de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Las políticas que ignoran la sacralidad de la vida están equivocadas incluso en un contexto secular, si conducen a nuestra extinción. Este es uno de los errores de la revolución sexual, que ha mentido a las mujeres al decirles que su felicidad última se encuentra en la carrera profesional y ha llevado a presentar el matrimonio como una institución opresiva.

En cuarto lugar, una renovación espiritual intencional debe reflejarse en las políticas públicas y en las instituciones sociales. Como el Papa León XIV nos ha recordado recientemente, una postura verdaderamente provida implica mucho más que oponerse al aborto. También merece la pena trabajar para que exista un consenso cultural que celebre la vida en todas sus etapas, apoye económicamente a las familias y transmita que las familias son un bien. Todo ello envía una señal necesaria a los jóvenes de que su sociedad celebra a los niños y quiere acogerlos.

Dotar a las generaciones en edad fértil de imaginación y valentía exigirá estrategia y reflexión. Decir simplemente a la Gen Z «deberíais tener hijos» no funcionará. Tenemos que mostrarles por qué deberían tenerlos. Y los padres que ya defienden sin complejos su decisión de tener hijos ofrecen un testimonio mejor que cualquier discurso.

Ellos muestran que estar abiertos a la vida y formar una familia es la mayor aventura de esperanza en un mundo cargado de negatividad. Nuestro declive demográfico es un síntoma del vacío espiritual de nuestro mundo; la falta de imaginación en los jóvenes es su manifestación. Y los niños son la cura.

Sobre la autora

Kristen Ziccarelli es una profesional católica que vive en Washington, D. C.

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