TRIBUNA: En Defensa de la Teología del Cuerpo (IV)

Por: Oswaldo Lozano

TRIBUNA: En Defensa de la Teología del Cuerpo (IV)

¿Qué hacer entonces ante la teología del cuerpo, según san Juan Pablo II?

Voy a tratar de concluir y espero con esto inaugurar un diálogo constructivo con la Dama Católica ex Perpleja y con cualquiera de ustedes, tradicionalistas, pues lo que me une a ustedes es mucho más grande que la distancia establecida en esta sana discusión.

Desacreditar totalmente la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II —sobre todo, en su mayoría, por culpa de estos influencers sexo-místicos que prostituyen el legado de san Juan Pablo II diciendo cualquier barbaridad— en nombre de una ciertamente incompleta “doctrina tradicional” o de un tomismo que parece indicar que el Espíritu Santo enmudeció para siempre con la muerte de santo Tomás de Aquino, ha ido demasiado lejos. Me parece que a cualquiera que haga esto, en un debate con mis profesores del Instituto Juan Pablo II de Washington D. C., le iría bastante mal.

Además, la Teología del Cuerpo debe leerse a la luz de todo el magisterio de san Juan Pablo II; sin olvidar su exhortación apostólica Familiaris Consortio, de la que el papa Francisco se ha desmarcado con su confusa y dañina Amoris Laetitia; sin olvidar la gran encíclica Veritatis Splendor, a la que también el papa Francisco ha ignorado por completo en su Amoris Laetitia y respecto de la cual ha evitado contestar las cinco preguntas (conocidas como dubia) que le presentaron honorables señores cardenales, basadas precisamente en cuatro de ellas en la Veritatis Splendor, siendo uno de esos cardenales el gran Carlo Caffarra, presidente fundador del Instituto Juan Pablo II en Roma; y sin olvidar la carta apostólica Mulieris Dignitatem, ni la hermosa Carta a las familias, ni la primera encíclica de san Juan Pablo II, Redemptor Hominis.

Además de todo esto, también debe leerse a la luz de lo que serios intelectuales han desarrollado en pensamiento y reflexión a raíz de estas catequesis, sobre todo descubriendo en ella no solo el significado nupcial y fecundo del cuerpo, sino el significado filial que no mencionó san Juan Pablo II, pero que dejó entrever, y de eso mismo habló Benedicto XVI el 13 de mayo de 2011, en el discurso del 30.º aniversario del Instituto Juan Pablo II.

Particularmente recomiendo entrar en diálogo con los profesores del Instituto Juan Pablo II de Washington D. C. (con ningún otro instituto, por favor) y con el padre José Granados, superior general de los Discípulos de los Corazones de Jesús y de María, a quien considero la autoridad máxima en la recta comprensión e interpretación de la Teología del Cuerpo según san Juan Pablo II.

Y para poder entender no solamente la Teología del Cuerpo, sino el pontificado entero de san Juan Pablo II, hay que tener siempre en mente el párrafo 22 de la constitución pastoral para la Iglesia en el mundo de hoy, Gaudium et Spes, el más mencionado y citado por san Juan Pablo II en todo tipo de documentos, audiencias y discursos:

“En realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación… El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado.”

San Juan Pablo II se refirió constantemente a que Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre.

Este párrafo ha sido desacreditado por algunos tradicionalistas que lo han catalogado de antropocentrista. Está claro que el modernismo se ha olvidado de Dios y se ha enfocado en los derechos humanos y en la dignidad humana, olvidando el don del Espíritu Santo del temor de Dios. Pero me pregunto honestamente: ¿acaso intentar entendernos nosotros, los hombres, desde Cristo —pues “somos creados en Él, por Él y para Él” (cf. Col 1,16)— nos convierte en antropocentristas?

Recordemos lo que dijo san Juan Pablo II acerca de que el cuerpo, y por lo tanto el hombre, entra por la puerta grande de la teología en el momento en que el Verbo eterno del Padre se encarna en la persona divina de Jesús de Nazaret, en quien se unen las dos naturalezas, divina y humana: dogma de la unión hipostática, establecido en el Concilio de Calcedonia en el año 451, IV Concilio Ecuménico de la Iglesia.

La Dama Católica ex Perpleja, en su último artículo que aborda el tema de la Teología del Cuerpo, publicado en InfoVaticana el sábado 10 de enero de 2026, establece que “como obra catequética, la Teología del Cuerpo es antropocéntrica, esto es, centrada en el hombre, a la vez que personalista, acorde al tema central del Concilio Vaticano II y al estilo filosófico personalista y fenomenológico propio de Wojtyla”. A esto yo respondo, según lo dicho en el párrafo anterior, que la Teología del Cuerpo es cristológica. Y como tal, puesto que el Verbo eterno hecho hombre es precisamente verdadero Dios y verdadero hombre —en quien su naturaleza humana purísima e inmaculada creada implica ser un cuerpo y alma plenamente humanos—, entonces reflexionar sobre el hombre, cuya identidad y vocación se explica de manera integral desde Cristo, no hace a la Teología del Cuerpo antropocentrista.

El personalismo es otra de las filosofías que, por ser posterior a santo Tomás de Aquino y a la escolástica, es desacreditada aparentemente a priori por los tradicionalistas, entre ellos incluido el padre Christian Ferraro, que en una conferencia publicada en el blog Que no te la cuenten, del padre Javier Olivera Ravasi, desacreditó con lenguaje absolutista —y hasta dando la impresión de un profundo desprecio— tanto la fenomenología como el personalismo.

No es este el foro para entrar ahora en estos temas. Solamente comparto que el concepto de persona es una de las grandes aportaciones del pensamiento católico a la filosofía y se acuñó para intentar profundizar en los dos más grandes misterios de la fe católica; a saber: qué es Dios y quién es Cristo; es decir, el Misterio de la Santísima Trinidad y el Misterio de la unión hipostática en la Encarnación del Verbo eterno del Padre.

Que haya autores denominados “personalistas” cuyas propuestas no ayudan a la reflexión católica y que incluso se alejan de la comprensión de la fe, ni duda cabe. Para una reflexión muy seria y profunda sobre el concepto de persona, recomiendo ampliamente el libro del gran filósofo alemán Robert Spaemann (a quien conocí personalmente en el Instituto Juan Pablo II de Washington D. C. por los años 2010-2011), titulado precisamente Personas. Acerca de la distinción entre “algo” y “alguien”.

La Teología del Cuerpo como un «Signo de los tiempos»

Y quisiera proponerles a ustedes, en especial a la honorable Dama Católica ex Perpleja y, sobre todo, a los que se autodenominan tradicionalistas, que la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II sea quizá un “signo de los tiempos”. Permítanme explicar por qué lo creo así.

Me parece a mí que deberían volver la mirada al hecho de que el papa Francisco haya suprimido el Instituto que san Juan Pablo II fundó, para reconstituirlo escogiendo al sórdido personaje, aficionado al arte homoerótico, Vincenzo Paglia, como gran canciller del nuevo instituto. En mi opinión, abolir ese instituto y poner a este personaje al frente del instituto que sustituye al fundado por san Juan Pablo II constituye la clarísima respuesta a las cinco dubia presentadas por los cuatro cardenales en el año 2016, a raíz de la confusa y dañina Amoris Laetitia.

La fecha de la supresión del Instituto que fundó san Juan Pablo II —en el aniversario de la primera aparición de la Santísima Virgen de Fátima en 1981, y que había escogido a quien era todavía un simple monseñor, Carlo Caffarra, como presidente fundador— fue el 8 de septiembre de 2017, a escasas 48 horas después de la repentina muerte del cardenal Carlo Caffarra, todavía con el funeral de Caffarra sin concluir. Recordemos que el cardenal que más se empeñó en publicar y exigir respuesta a las cinco dubia fue precisamente Caffarra.

¿Por qué le incomodó tanto a Francisco el diminuto Instituto Juan Pablo II como para tener que suprimirlo en nombre de su hereje “cambio antropológico”, del que habló en su lamentable motu proprio Summa Familiae Cura, y fundar otro para que tuviera como hilo conductor de los programas académicos la Amoris Laetitia, en la que jamás pudo pronunciar la palabra “adulterio” y en la que deliberadamente rechazó la enseñanza de Familiaris Consortio, n.º 84 (ratificada por Benedicto XVI en su Sacramentum Caritatis, n.º 29), acerca de que personas divorciadas vueltas a casar civilmente pudieran acceder a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, siempre y cuando vivieran “como hermanos”?

¿No creen ustedes que cuando Francisco despreciaba tanto algo y quería suprimirlo era porque seguramente sería algo verdadero, sagrado y/o bello, tal como quedó de manifiesto con su draconiana Traditionis Custodes, con la que busca asfixiar paulatinamente y para siempre la sagrada liturgia romana con la que la Iglesia celebra la santa Misa —ahora con restricciones, prohibiciones y hasta amenazas y persecución— desde alrededor del año 600, como si a él le perteneciera este patrimonio sagrado y milenario de la Iglesia y legislara sobre él a su antojo, sin importarle que el papa san Pío V haya establecido el misal tridentino a perpetuidad en 1570 y haya advertido que si alguien alteraba esa Misa incurriría en la ira de Dios y de los santos apóstoles Pedro y Pablo?

Pues debe saberse muy bien que el papa Francisco también se incomodó mucho con el Instituto Juan Pablo II —único referente serio y confiable, transmisor e intérprete de la Teología del Cuerpo—, al grado de suprimirlo y hacer uno nuevo con un nombre tan ambiguo y confuso como todo su pensamiento.

¿Por qué suprimir un instituto que fue fundado por un papa santo el día en que derramó su sangre en el atentado contra su vida, mientras la Iglesia celebraba a Nuestra Señora de Fátima? Y Francisco lo hizo afirmando que, cito textualmente: “el cambio antropológico [énfasis añadido] y cultural, que influye hoy en todos los aspectos de la vida y requiere un enfoque analítico y diversificado [énfasis añadido], no nos permite limitarnos a prácticas de la pastoral y de la misión que reflejan formas y modelos del pasado [énfasis añadido]”.

¿El pasado? ¿En qué momento se convirtió en “pasado” lo que el mismo sucesor de san Juan Pablo II e inmediato predecesor de Francisco, Benedicto XVI, había notado tan actual y había ratificado incluso proponiendo, en su discurso del 13 de mayo de 2011, profundizar más en la reflexión?

La visión antropológica del pontificado de Francisco en la Iglesia, ¿qué considera como el elemento o los elementos que, de pronto —o paulatinamente—, causaron un cambio antropológico, de modo que, a partir de algún momento, suceso o lo que sea, el hombre dejó de ser el que era y ahora es otro? ¿Acaso ya no podremos decir “y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros”, pues el tipo de hombre en el que acontece el Misterio de la Encarnación es algo diferente o diverso al que tiene en mente el papa Francisco?

¿Cómo se relaciona este herético “cambio antropológico”, que conlleva proponer un “nuevo humanismo”, con el hecho de que la Iglesia haya decidido dialogar con otras religiones enemigas y herejes —considerando que la pluralidad de ellas es una bendición con la cual Dios creó al género humano—, pero que haya optado por tomar medidas de censura y/o silencio ante sus propios fieles que piden claridad y respuesta ante cuestiones que lastiman a la Tradición milenaria de la Iglesia y su enseñanza doctrinal y moral de siempre, ratificada y explicada ampliamente en tiempos muy recientes por san Juan Pablo II y Benedicto XVI?

Es necesario recordar que el único humanismo propio de la fe apostólica de la Iglesia católica es cristológico. El único humanismo verdadero es el que ha bajado del cielo y se ha encarnado en la persona de Jesucristo, el Verbo eterno del Padre hecho hombre; y solamente desde Él es desde donde se puede mirar y explicar qué y quién es el hombre.

Siguiendo con la interpretación de la desacreditación de la Teología del Cuerpo en el pontificado de Francisco como un “signo actual de los tiempos”, pregunto: ¿por qué el hereje pro-sodomía del cardenal “Tucho” Fernández ni siquiera puso una sola cita de las catequesis de la Teología del Cuerpo en su extenso documento Una Caro para hablar del matrimonio monógamo entre un hombre y una mujer, a pesar de haber puesto ahí 256 citas bibliográficas y/o notas al pie de página?

Que uno de los personajes que más le ha hecho y le está haciendo daño a la Iglesia en tiempos actuales y recientes —autor de los más pervertidos escritos que se hayan escrito por un sacerdote recientemente en la Iglesia— ni siquiera vuelva la mirada a la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II, ¿no les parece que eso le da muchos bonos a la Teología del Cuerpo y, por tanto, merece ser rescatada, estudiada, profundizada y difundida con recato, respeto y decoro?

Usted, Dama Católica ex Perpleja; usted, padre Christian Ferraro, y padre Javier Olivera Ravasi; y todos ustedes, los que realmente aman la Tradición de la Iglesia, harían mucho más bien a la Iglesia de hoy —sí, a esa Iglesia posconciliar que en muchos momentos y aspectos se va aproximando paulatinamente más a parecer una ONG que a tener el rostro de la única Iglesia verdadera, que da culto, reverencia y sigue el camino establecido por el único Dios verdadero— si estudian a fondo, rescatan, explican y profundizan la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II que si la desacreditan por completo.

Harían mucho más bien si ustedes se constituyeran en contrapeso a toda la epidemia de villamelones que hacen sus cursos y retiros de la Teología del Cuerpo sin conocerla bien, reduciéndola a psicología barata del sexo, sin tener además formación metafísica sólida previa, y que organizan dichos eventos en un ambiente cargado de sentimentalismo y emoción, pero con muy poca enseñanza doctrinal.

¿No se dan cuenta de que la Teología del Cuerpo es atacada —diríamos— por derecha y por izquierda? Tenemos, por un lado, estos sexo-místicos que se animan a afirmar sandeces de proporciones tales como señalar el orgasmo como una aproximación vivencial a lo que será el cielo; mientras que, por otro lado, los tradicionalistas la tachan de antropocentrista, impregnada de fenomenología y personalismo, y dicen que desprecia el tomismo.

¿No creen que llegó la hora de recuperar el gran legado de san Juan Pablo II acerca de la vocación del matrimonio como camino de santidad y proponerlo con todo recato, pudor, modestia y decoro? ¿No creen que convendría lanzarse a desacreditar a todos estos influencers que tanto daño le han hecho a la Teología del Cuerpo y, en cambio, ustedes proponerla a la Iglesia y al mundo como un genuino “desarrollo de doctrina”?

No encuentro nada mejor que la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II, rectamente entendida y estudiada, para contrarrestar el vendaval desatado por la cultura woke y la satánica ideología de género que se ha instalado en el Vaticano y se ha permeado por toda la Iglesia, en la mayoría de los seminarios, hasta el punto de que el papa Francisco llegó a mencionar que ya había suficiente “mariconería” en esos lugares.

Desacreditar la Teología del Cuerpo —no solo desde el progresismo modernista, sino también en nombre de una “doctrina tradicional”— es el peor error: es dispararnos en el pie. Suficiente problema tenemos con tantos y tantos en la Iglesia que ignoran o rechazan no solamente los tres fines o bienes del matrimonio, sino incluso lo propuesto por el santo papa, destructor de la Misa tridentina, en su verdaderamente profética encíclica Humanae Vitae.

En el momento en que la Iglesia ignoró la sexualidad humana como el eslabón que une el amor y la vida, abrió la puerta a donde estamos ahora, con un “Tucho” Fernández promoviendo la sodomía e incomodándose con el indispensable papel realizado por la Santísima y Purísima Siempre Virgen María en el Misterio de la Redención del género humano, y con el poder que le ha sido otorgado a Ella desde el cielo para ser la Mediadora de todas las gracias.

Que no nos extrañe que el papa san Pablo VI, a escasos tres años de haber impuesto la “misa nueva” y prohibido la Misa que se celebraba con misal en mano desde alrededor del año 600, haya dicho el 29 de junio de 1972, en su homilía de la solemnidad de san Pedro y san Pablo, que el humo de Satanás había entrado por las rendijas de la Iglesia.

¿No sería acaso que, por haber hecho esto que san Pío V advirtió tan contundentemente, ex cathedra, que causaría la ira de Dios y de los santos apóstoles Pedro y Pablo, entonces Satanás encontró la manera de escupir su humo hacia dentro de la Iglesia? El exorcismo para expulsarlo no se ha hecho todavía, y no parece que se entienda que es una necesidad imperiosa y prioritaria.

En fin, creo que finalmente debo parar aquí, pero espero haber podido expresar muy honestamente mi postura y reiterar mi agradecimiento, respeto y admiración por todo lo que hacen ustedes en InfoVaticana. Dios los bendiga, los proteja y les siga concediendo la gracia para poder seguir defendiendo la verdad completa y denunciando la mentira y la confusión que desde Roma han venido contaminando la vida de toda la Iglesia universal.

Pero si hacer esto incluye desacreditar la más grande aportación de toda la historia de la Iglesia respecto a la recta comprensión del matrimonio como camino de santidad —que san Juan Pablo II nos transmitió en varios documentos magisteriales y en su Teología del Cuerpo—, estaremos haciéndonos un inmenso daño y seguiremos dejando crecer las espantosas ideologías que se siguen enquistando en nuestros hogares, nuestras familias, nuestros niños y en nuestra Iglesia.

Esta es la última parte de la serie de artículos dedicados a la Teología del Cuerpo publicados en parte I, parte II, parte III y esta, parte IV.

Nota: Los artículos publicados como Tribuna expresan la opinión de sus autores y no representan necesariamente la línea editorial de Infovaticana, que ofrece este espacio como foro de reflexión y diálogo.

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