El cardenal Gerhard Ludwig Müller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha advertido sobre los riesgos de una comprensión distorsionada del papado y ha criticado el llamado ultramontanismo, una corriente que exagera el papel y la autoridad del Papa. Lo ha hecho en una entrevista concedida a The Catholic Herald, en la que reflexiona sobre el estado actual de la Iglesia y el modo en que los católicos se relacionan con la autoridad.
Crítica al culto a la personalidad
Durante la entrevista, el purpurado alemán calificó como una “herejía” la veneración de las opiniones privadas y políticas del papa Francisco, subrayando que denunciarlas forma parte de su deber como cardenal. Müller afirmó que hablar de una supuesta “Iglesia de Francisco” supone un grave error teológico, ya que solo existe la Iglesia de Cristo.
“No existe una ‘Iglesia de Benedicto’, ni una ‘Iglesia de Francisco’”, afirmó, recordando que la doctrina es una sola y pertenece a la Iglesia, aunque pueda ser expresada por el Papa en su magisterio.
El Papa, servidor y no monarca absoluto
Müller insistió en que el Papa no es un soberano sin límites, sino un obispo entre otros obispos, con una misión específica como sucesor de san Pedro y principio visible de unidad. En este contexto, recordó el título tradicional servus servorum Dei, utilizado por san Gregorio Magno, para subrayar que el Papa es ante todo el primer servidor de la Iglesia.
“El Papa no es un Führer”, señaló, rechazando cualquier concepción personalista o autoritaria del ministerio petrino. A su juicio, ni la Iglesia universal, ni las diócesis, ni las parroquias deben estructurarse en torno a una figura centralizada, ya que los pastores están llamados a guiar, pero no a sustituir la acción de la gracia.
El origen histórico del ultramontanismo
El cardenal explicó que el ultramontanismo surgió en el siglo XIX como reacción a contextos hostiles hacia la Iglesia, como el Kulturkampf en Alemania o las políticas de separación entre Iglesia y Estado en Francia. En esos escenarios, los católicos desarrollaron una defensa exagerada del Papa frente a ideologías anticristianas.
Sin embargo, Müller advirtió de que esa reacción histórica no puede justificar una sacralización de cada palabra o gesto del pontífice. Según explicó, considerar como dogma las opiniones personales del Papa supone una deformación de la fe católica.
Benedicto XVI y la centralidad de la verdad
En contraste, Müller señaló que el papa emérito Benedicto XVI fue menos objeto de admiración popular debido a su perfil más intelectual y a su insistencia en la verdad y la trascendencia de la Iglesia. No obstante, animó a los fieles a leer y escuchar sus enseñanzas para comprender mejor los límites adecuados del papado.
A su juicio, la tendencia a tratar al Papa como una celebridad refleja una jerarquía de prioridades desordenada, en la que la figura del pontífice eclipsa el centro de la fe cristiana.
Una llamada a recentrar la fe en Cristo
Finalmente, el cardenal lamentó que en actos públicos y celebraciones litúrgicas muchos fieles se centren en fotografiar al Papa en lugar de vivir el sentido espiritual de esos momentos. Para Müller, este comportamiento revela una pérdida del sentido sobrenatural de la fe.
“Si millones de peregrinos no entran en contacto con Jesucristo y con la conversión de su vida, esos números no significan nada”, concluyó, subrayando que la misión de la Iglesia no es promover un culto a la personalidad, sino conducir a los fieles a Cristo.