Las palabras importan. Y en boca de un cardenal, importan todavía más. Cuando en la transcripción de los audios publicados por Infovaticana el arzobispo de Madrid, José Cobo, se refiere a la expulsión del padre Santiago Cantera del Valle de los Caídos con un ambiguo “no sé si se lo había ganado o no”, no estamos ante una frase inocente ni improvisada. Es una expresión cínica, calculada y profundamente cobarde. Una de esas fórmulas que permiten insinuar sin afirmar, deslizar la sospecha mientras quien la pronuncia se lava las manos. Es la retórica del poder cuando no quiere asumir responsabilidad, pero sí dejar rastro.
esto fue un momento original donde llega un prior, el antiguo prior, y nos dice: “Que nos echan”. No sé si se lo había ganado o no, pero sí: “que nos echan”.
Esa insinuación no es neutra. Deja caer, de manera deliberada, que un monje benedictino, fiel a sus votos, a su regla y a su conciencia, pudo “merecer” un destierro que lo obligó a abandonar la comunidad a la que había consagrado su vida. Insinuar eso es un ejercicio de cinismo insoportable. Es sugerir, sin pruebas ni argumentos, que la fidelidad puede ser culpa y que la coherencia puede ser motivo de castigo. Es aceptar como verosímil que un sacerdote ejemplar mereciera ser apartado por razones que no se atreve a formular con claridad, porque el único motivo por el que fue apartado el padre Cantera fue por la imposición de unos políticos inmorales.
Vamos a ser claros y a resolverle la duda al cardenal de Madrid: no, el padre Santiago Cantera no se lo merecía. No se lo merecía ni humana, ni espiritual, ni eclesialmente. El padre Cantera es un sacerdote fiel, un monje benedictino íntegro, un hombre que ha vivido conforme a sus votos y a su fe, sin dobleces ni cálculos. Posee una talla intelectual, académica, doctrinal y espiritual que debería ser espejo para muchos, no objeto de insinuaciones cobardes ni de comentarios al paso lanzados off the record para quedar bien con todos y no responder ante nadie.
Resulta especialmente hiriente que estas palabras procedan de quien ocupa la sede de Madrid no por un reconocimiento generalizado de méritos pastorales o intelectuales, sino como fruto de una designación ampliamente cuestionada, ajena al criterio de muchos de sus pares, del propio nuncio y de quienes conocen de cerca su trayectoria. No es una crítica personal gratuita, es una constatación: la mediocridad se delata cuando se pretende rebajar a quienes incomodan por su coherencia. Cuando falta autoridad moral, se recurre a la insinuación.
¿Quién es usted, José Cobo, para sugerir que un benedictino de la talla del padre Cantera “quizá” merecía verse forzado a romper sus votos por un destierro encubierto? ¿Quién es usted para deslizar la sospecha sin dar la cara, para manchar sin asumir, para protegerte tras la ambigüedad mientras otros cargan con las consecuencias? La Iglesia no necesita pastores que se limiten a “pasar por ahí”, ni prelados que actúen como notarios de decisiones ajenas, ni cardenales que adopten el lenguaje del poder político mientras vacían de sentido el lenguaje de la fe.
Lo ocurrido en el Valle de los Caídos no es un episodio menor ni un malentendido administrativo. Es una prueba de carácter. Y en esta prueba, las medias tintas, las frases cínicas y las manos lavadas no absuelven. La fidelidad no necesita defensa tibia. Necesita verdad. Y la verdad, en este caso, es sencilla y rotunda: el padre Santiago Cantera no merecía nada de lo que se le hizo. Quienes sí deberían dar explicaciones son otros.
Nota de la redacción: InfoVaticana no se considera éticamente vinculada por el carácter “off the record” de este encuentro, al haber sido excluida de la convocatoria pese a ser el medio eclesial con mayor audiencia en España.
