Las palabras pronunciadas por Liliana Sáenz de la Torre, hija de una de las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz, marcaron el tono del funeral celebrado en recuerdo de los 45 fallecidos: una despedida profundamente cristiana, centrada en la Eucaristía, en la fe del pueblo y en la exigencia serena de verdad, lejos de cualquier acto simbólico ajeno al sentido religioso del duelo.
La intervención tuvo lugar al final de la misa funeral celebrada en el pabellón deportivo Carolina Marín, que reunió a más de 4.400 personas. Sus palabras provocaron aplausos prolongados y lágrimas de emoción entre los asistentes, al poner voz al dolor compartido de las familias y bajo la forma cómo debían ser despedidos sus seres queridos.
“El único funeral que cabía en esta despedida”
Sáenz comenzó su intervención agradeciendo a la diócesis la celebración del funeral, subrayando que era el único que las familias consideraban adecuado:
“En primer lugar, gracias a nuestra Diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino”.
La referencia explícita a la Eucaristía sitúa el centro del acto en la fe católica y en la presencia real de Cristo, no en discursos institucionales ni en gestos simbólicos. La mención a la Virgen de la Cinta refuerza además el carácter mariano de la celebración y su arraigo en la devoción popular:
“Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo”.
Gratitud y reconocimiento al pueblo y a los servicios de emergencia
En su discurso, Sáenz expresó también un agradecimiento amplio y detallado al pueblo de Adamuz y a la ciudad de Córdoba, destacando la ayuda inmediata prestada tras el accidente. Recordó cómo muchos vecinos se lanzaron “sin pensar en las consecuencias” a auxiliar entre hierros, sangre y dolor, acompañando a los heridos y sosteniendo a las familias en los momentos más duros.
Agradeció igualmente la labor de los cuerpos de seguridad, de los servicios de emergencia, de la sanidad andaluza y de Cruz Roja, subrayando no solo su profesionalidad, sino también la cercanía humana y la empatía mostradas en los días posteriores a la tragedia.
Una crítica serena y una petición de verdad
A su vez, criticó la lentitud en la información ofrecida a las familias en los primeros momentos. “Es mejor saber que imaginar”, afirmó, reclamando un trato más humano y transparente en situaciones de esta gravedad.
Dejando clara la necesidad de conocer la verdad sobre lo ocurrido. “Somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad porque sólo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará”, afirmó, insistiendo en que esa búsqueda se hará desde la serenidad y la paz, no desde el enfrentamiento.
“No son solo los 45 del tren”
Sáenz rechazó que las víctimas quedaran reducidas a una cifra:
“No eran sólo una cifra… eran vagones llenos de virtudes y defectos, de anhelos y silencios, de esperanza”.
Padres, madres, hijos, abuelos: personas concretas, con historias, afectos y proyectos, arrancadas de forma abrupta.
Fe, cruz y esperanza cristiana
El discurso concluyó con una larga y sentida invocación mariana, confiando a las víctimas a la Virgen bajo diversas advocaciones y expresando la esperanza cristiana de que “en el abrazo de Dios la vida venza a la muerte”.
Días antes, las familias habían manifestado su rechazo a un funeral masónico promovido por el Gobierno, considerándolo ajeno a su fe católica. Frente a ello, las palabras pronunciadas en el funeral dejan clara la convicción de las familias: el consuelo auténtico se encuentra en Dios, en la cruz y en la fe compartida de un pueblo creyente.
Dejamos a continuación el discurso completo de Liliana Saénz de la Torre:
«Majestades, excelentísimas autoridades civiles y eclesiásticas que nos acompañáis. Hoy, cuando el vendaval que recorre nuestro interior parece intentar calmarse, queremos empezar estas palabras dando las gracias.
En primer lugar, gracias a nuestra Diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino bajo la mirada de su madre, en su advocación cinteña. Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo. Gracias a los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía… Gracias, incluso, a los que lo hacéis por agenda.
Gracias al pueblo de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y que nunca olvidará, así como a la ciudad cordobesa, a los que nos sentimos y nos sentiremos unidos para siempre… sin pensar en las consecuencias, no dudaron en sumirse al caos de los hierros retorcidos, de la sangre, del dolor y de las lágrimas. Acompañaron a nuestros heridos hasta que estuvieron seguros de que estaban a salvo y luego, nos acompañaron en nuestro lamento. Pusieron a nuestra disposición el sustento y el cobijo de esos amargos días, pero sobre todo, pusieron todo su cariño, su entrega y su deseo de hacer que ese duro momento doliera un poco menos.
Gracias a los cuerpos de seguridad y emergencias que acudieron prestos, como siempre, a la llamada… hicieron lo que pudieron con la información y los medios de los que disponían… gracias por vuestra empatía, vuestra cercanía y vuestro afecto en los días posteriores.
Gracias a la sanidad andaluza, sin duda sostenida por los profesionales que la integran. Yo sé lo que es volver a casa de una guardia mala y abrazar a tus hijos porque sabes que alguien ya nunca podrá volver a hacerlo con el suyo. Yo sé lo que es intentar sanar el cuerpo de alguien que tiene el alma herida de muerte… tuvo que ser durísimo, compañeros, gracias. Gracias al personal y voluntarios de Cruz Roja, que no han soltado nuestra mano en ningún momento… si no puedes curar, alivia… si no puedes aliviar, consuela… si no puedes consolar, acompaña.
Gracias a nuestras instituciones autonómicas, que se pusieron de frente desde el minuto cero, soportando el caos y los envites de nuestra propia angustia… permitidme, no obstante, una crítica a la lentitud de la información pues, creedme, es mejor saber que imaginar. Gracias también, como no, a las pequeñas corporaciones locales cuyos vecinos iban corriendo la voz de que algo grave estaba azotando los cimientos de la comunidad sintieron nuestro quebranto como el suyo propio… querida Pilar, queridos alcaldes… habéis demostrado que hay que ser grandes como personas para poder ser grandes como servidores públicos.
Y gracias, infinitas gracias a Huelva, nuestra querida ciudad bendecida por el sol, que no ha dejado de arroparnos de una forma extraordinaria, haciéndonos llegar la grandeza de su amor y su propio dolor, intentado así que el nuestro fuera un poco menos desgarrador. Y así han ido pasando los días y el dolor va dejando paso a los recuerdos y nuestro corazón, aún con la misma espada clavada, empieza a esbozar pequeñas y tímidas sonrisas cuando mil estampas pasadas irrumpen continuamente en nuestra mente.
Yo tendría algo más de pocos años cuando un día le pregunté a mi madre… «mami, ¿tú cuánto dinero ganas?»… supongo que sería algo que hablábamos entre chiquillos… «lo justo, cariño» -me dijo ella- «porque lo que queda en mi cuenta a final de mes, no es mío»… «¿y de quién es, mamá?», le pregunté porque no lo comprendía… «de los demás», me dijo ella. Así era mi madre… generosa con todo lo que tenía, generosa con sus ganas, generosa con su tiempo, generosa con sus sonrisas… así era ella.
Y es que lo que perdimos ese fatídico domingo 18 de enero no era sólo una cifra… eran vagones llenos de virtudes y defectos, eran vagones llenos de triunfos y derrotas, eran vagones llenos de anhelos y silencios… eran vagones llenos de esperanza. Porque ellos no sólo son los 45 del tren… ellos eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos. Ellos no sólo son los 45 del tren… ellos eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas. Ellos no sólo son los 45 del tren… ellos eran la ilusión de buscar un futuro mejor, la alegría de disfrutar momentos en familia o el deseo de volver con nuestros seres queridos… ellos eran eso que ya nunca serán. Porque ellos no son sólo los 45 del tren, ellos eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta. Ellos no son sólo los 45 del tren… pero son los 45 del tren.
Y nosotros… nosotros somos las 45 familias a las que se les paró el reloj a las 7:45 de aquella fatídica tarde. Somos las 45 familias que se abrazaron en aquel centro cívico, donde el paso del tiempo se iba inundando de silencio y el silencio iba dejando paso al llanto cuando empezamos a comprender en el lento avance de las horas que volveríamos sin ellos. Somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y el beso que no damos es el que más recordamos. Somos las 45 familias que cambiarían todo el oro de este mundo, que ahora no vale nada, por poder mover las agujas del reloj tan sólo 20 segundos. Y también somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad porque sólo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará. Sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que en los brazos de la Virgen ahora duermen y el regazo de una madre que los quiere es quien los mece.
Virgencita de la Cinta, patrona de este gran pueblo, dales paz, serenidad, descanso eterno. Virgen bella, virgen guapa, no los sueltes de tu vera, que no sientan el dolor, que no sientan la miseria. Que el amor y la verdad los cobije para siempre y en el abrazo de Dios la vida venza a la muerte. Madre de la Almudena, virgen que guía el camino, llévales el beso mudo, ese adiós que no les dimos. Remedios, madre querida, reina del Aljaraqueño, bríndales tus firmes manos que ya nunca tengan miedo. Madre del amor hermoso, reina de la Victoria, Dolores del negro luto, concédeles tú la gloria. Y guía también nuestras vidas, humilde Virgen del Sol, y que la misericordia lata en nuestro corazón. Haz que cese este dolor, Virgen morena del Carmen, llévate esta cruel espada con la espuma de los mares.
Discurso transcrito por El Periódico.com