Don Oppas, los juramentados y los cristeros: cronologia de la traición episcopal

Don Oppas, los juramentados y los cristeros: cronologia de la traición episcopal

Arranca el tuit de Borja Escrivá con ese tono paternalista de catequista de parroquia en los años ochenta: “No os preocupéis”. Traducción: no penséis, no comparéis, no saquéis conclusiones incómodas. La historia —dice el cura— es cíclica, y en la Alemania nazi los católicos que se plegaron al régimen se libraron del martirio. Hoy no hay sangre, pero sí “ridiculización” y “presión mediática”.

El problema es que la historia, cuando se conoce de verdad y no en versión tuit pastoral, suele ser cruel con este tipo de discursos. Porque si algo enseña es que las grandes traiciones en la Iglesia no las protagonizaron los laicos incómodos, sino clérigos obedientísimos al poder de turno.

Empecemos por casa. Don Oppas, obispo visigodo, no fue un invento de la propaganda franquista ni un personaje de novela histórica. Fue un clérigo real que bendijo y legitimó la invasión islámica de Hispania. Mientras otros morían defendiendo lo que creían, Oppas negociaba, pactaba y sobrevivía. No fue mártir. Fue útil. Exactamente el tipo de figura que hoy recibiría aplausos por su “realismo pastoral”.

Saltemos unos siglos. Revolución francesa. Constitución Civil del Clero. Juramento obligatorio al nuevo orden revolucionario. ¿Quién juró? La inmensa mayoría del clero francés: obispos, párrocos, canónigos. Los “juramentados”. ¿Quiénes se negaron en masa? Un puñado de sacerdotes refractarios… y el pueblo fiel que los escondió, los protegió y los sostuvo cuando Roma estaba lejos y el terror cerca. Los laicos arriesgaban la vida; los clérigos juramentados conservaban cargos, sueldos y tranquilidad. De nuevo, los que “evitaron problemas” fueron exactamente los que hoy algunos ponen como modelo implícito de prudencia.

Crucemos el Atlántico. México, años veinte. Persecución abierta, templos cerrados, sacerdotes asesinados. Y otra vez el mismo patrón: una parte del episcopado pactando con el poder revolucionario, desautorizando la resistencia, pidiendo calma y obediencia; y unos laicos —los cristeros— que, abandonados por muchos de sus pastores, sostuvieron la fe con rosarios, fusiles y sangre. No eran teólogos de despacho ni expertos en comunicación eclesial. Eran campesinos, padres de familia, mujeres y niños. Mártires de verdad, no de “ridiculización”. Que llamamos martirio a cualquier cosa, Borja.

Y llegamos al presente. España. Regularización masiva de inmigrantes ilegales aplaudida sin matices por la Conferencia Episcopal, con el mismo lenguaje calcado de ONG institucionalizada y cero preocupación por el bien común, la legalidad o las consecuencias sociales. Los laicos protestan, preguntan, critican. Y entonces aparece el sacerdote de guardia para explicarles que cuidado, que la historia es cíclica…

Lo que no dice es que, una vez más, son los laicos los que mantienen las banderas cuando sopla mal viento. Los que sostienen la fe cuando el clero prefiere la respetabilidad. Los que piensan —sí, piensan— cuando se les pide obediencia acrítica. Los que recuerdan que la conciencia no se delega ni se jubila por decreto episcopal.

Así que no, Borja. La historia no demuestra lo que usted insinúa. Demuestra justo lo contrario: que cuando la Iglesia se acomoda al poder, sobrevive… pero se vacía; y que cuando la fe resiste, casi siempre lo hace gracias a laicos que no pidieron permiso para ser fieles. Los Oppas, los juramentados, los curas pederastas y los obispos pactistas pasan. Los fieles que aguantan, permanecen. Y la historia, esa que usted invoca lo deja todo escrito con una claridad bastante incómoda.

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