Teología de la Patria

Teología de la Patria

Teología de la Patria. Estamos llegando, amigos, a las últimas consecuencias de la tesis contractualista y voluntarista de Juan Jacobo Rousseau. Estamos llegando a sus últimas consecuencias, como olvido notable y gravísimo de que el hombre, desde la nada, no tiene derecho a la existencia; que los hijos no eligen a sus padres; y que los ciudadanos no optan por una patria determinada, porque la existencia, la filiación y la nacionalidad nos vienen dadas directamente por la naturaleza. Aquí no hay decisiones voluntarias.

Por eso tenía razón, mucha razón, José Antonio cuando nos decía que la patria no es un contrato, sino que la patria es una fundación, y, por consiguiente, el tratamiento político de la patria no puede equipararse al tratamiento jurídico de un negocio contractual. Tenía ciertamente razón Raimundo Panikkar cuando decía que nosotros no tenemos una patria, sino que pertenecemos a ella. Tan pertenecemos a ella que, cuando se olvida la tradición, que es la que da identidad y continuidad a una patria, y cuando queremos disponer de nuestra patria o de una parte de nuestra patria, con amputaciones y mutilaciones, creyendo que la patria pertenece a nuestro patrimonio, estamos actuando contra natura.

Decía el gran tribuno del tradicionalismo que una patria no es un todo social simultáneo, sino que es un todo social continuo en el cual se integran las generaciones pasadas, la generación presente y las generaciones venideras. Por eso nosotros nunca nos hemos cansado de repetir que España, la patria, es una unidad de historia, de convivencia y también una unidad de destino.

Y cuando no se piensa así, cuando no se concibe la patria como una fundación, cuando se estima que la patria es algo contractual y negociable, ocurre aquello que se pregunta el gran amigo uruguayo Álvaro Pacheco Seré. Cuando uno se pregunta: ¿hay una o dos Españas?, y se pregunta si España es un problema, como se preguntaba Pedro Laín Entralgo, o un enigma histórico, como lo calificó en un libro Claudio Sánchez-Albornoz. Cuando se pregunta si hay razones suficientes para que España siga viviendo, si no ha llegado la hora del finis Hispaniae

Nosotros, españoles de verdad; nosotros que queremos a España; que amamos a España profundamente; que queremos que España siga viviendo; que queremos que España sea una grande y libre; que queremos que España sea una unidad de destino en lo universal; que queremos vivir en orden, en paz y con trabajo. Nosotros, puestos en pie ante los que piden el finis Hispaniae, nos levantamos, levantamos la bandera, entonamos el himno de España y nos enrolamos en las huestes de un frente español, que frente al finis Hispaniae gritamos aquel grito valiente, aquel grito noble y venerable de ¡Santiago y Cierra España!

(Blas Piñar, fragmento del discurso del 26 de enero de 2003 en el Palacio de Congresos de Madrid)

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