Por Stephen P. White
Una de las ventajas de vivir en los suburbios de Washington D. C. —y sí, hay algunas ventajas— es que puedo asistir a la Marcha por la Vida casi todos los años. Este año, mientras muchos posibles participantes se preguntan si sus vuelos de regreso serán cancelados por una enorme tormenta invernal, yo no tengo esa preocupación. Estaré allí otra vez, marchando y rezando, y encontrando consuelo en las decenas de miles de rostros jóvenes y sonrientes, en las familias, y en no pocos amigos.
La Marcha ofrece una oportunidad para reflexionar sobre lo que se ha logrado en la defensa de la vida, así como una ocasión para pensar en lo que aún queda por hacer. A menudo este trabajo se entiende en el contexto de nuestra política: políticos provida elegidos, leyes cambiadas, casos judiciales decididos, políticas dignas de elogio o de reproche.
El movimiento provida, que surgió a raíz de Roe v. Wade y que ha perdurado en este país durante más de medio siglo, es un logro notable del activismo ciudadano. Pocos países pueden presumir de una coalición tan amplia y duradera en defensa de los no nacidos como la que tenemos aquí en Estados Unidos.
El papa León subrayó recientemente la importancia de este trabajo, tanto por las vidas implicadas como por el bienestar de la sociedad en su conjunto:
«La protección del derecho a la vida constituye el fundamento indispensable de todos los demás derechos humanos. Una sociedad es sana y progresa verdaderamente solo cuando salvaguarda la santidad de la vida humana y trabaja activamente para promoverla.»
Por supuesto, el movimiento provida es más que activismo político, por importante que este sea. Pensemos, por ejemplo, en las enormes redes de centros de ayuda a embarazadas en crisis que han hecho, y continúan haciendo, una labor tan noble por madres e hijos en todo el país. Pensemos en las Hermanas de la Vida, que encarnan de un modo particular el compromiso católico de servir a los más pequeños entre nosotros. Pensemos en los innumerables ministerios parroquiales provida donde se rezan miles y miles de rosarios cada semana por las madres necesitadas y por la protección de sus hijos.
Estos esfuerzos inmensos y de base amplia en defensa de la vida se ven reforzados también por el testimonio de la Iglesia sobre la dignidad de la vida humana en otros ámbitos: en su defensa de los ancianos y los enfermos terminales; en su solicitud por los pobres, los sin techo, los encarcelados y el extranjero; en su cuidado por los pecadores.
Cada uno de nosotros es amado por Dios, un Dios que, aun siendo nosotros pecadores, nos amó primero. Reconocer esta realidad fundamental, esta comprensión básica de la vida cristiana, es conocer las dos consolaciones de la gratitud y la humildad. De esa gracia brota el imperativo de amar a imitación de Cristo.
El imperativo de amar —que debería informar todo el movimiento provida y que ciertamente se manifiesta cada enero en la Marcha— también nos lleva a reflexionar sobre la enormidad de lo que el aborto ha provocado en este país. El costo en vidas es casi incalculable —casi, pero no del todo—: entre 60 y 70 millones de abortos en Estados Unidos desde 1973.
El costo para las relaciones entre hombres y mujeres, la desolación de las familias, el dolor del arrepentimiento y de la pérdida, el envenenamiento de nuestra política, el endurecimiento del alma de nuestra nación. Todos estos son costos reales del pecado del aborto. Son costos espirituales que nos afectan a todos (incluso a quienes nunca han sido tocados directamente por el aborto), porque modelan y afectan profundamente a las familias, comunidades e incluso a la Iglesia a la que pertenecemos.
La Madre Teresa, en su discurso del Premio Nobel de la Paz en 1979, habló célebremente en defensa de los no nacidos. Pero sus palabras no fueron solo un lamento por el aborto o un llamado a defender a los más vulnerables entre nosotros (aunque hizo ambas cosas). También señaló la pobreza —la mayor pobreza— de aquellas naciones que habían abrazado la licencia del aborto:
«El mayor destructor de la paz hoy es el grito del niño no nacido inocente. Porque si una madre puede matar a su propio hijo en su propio seno, ¿qué nos queda a ti y a mí sino matarnos unos a otros? … Para mí, las naciones que han legalizado el aborto son las naciones más pobres. Tienen miedo del pequeño, tienen miedo del niño no nacido, y el niño debe morir porque no quieren alimentar a un niño más, educar a un niño más; el niño debe morir.»
El aborto legal no es solo una atrocidad moral; es una catástrofe espiritual de una magnitud casi inimaginable. ¿Qué puede lavar la mancha de toda esa sangre? ¿Qué tiene el poder de sanar el alma de una nación tan torcida por décadas de semejante mal? ¿Cómo puede haber esperanza en nuestros corazones cuando el don mismo de la vida se trata como una enfermedad que debe evitarse o una amenaza que debe eliminarse?
La respuesta a esas preguntas fue dada de manera definitiva por Jesucristo hace dos mil años. Nosotros, los católicos, sabemos que no hay pecado tan grande que la gracia de Dios no pueda vencer. Esa es la fuente de toda nuestra esperanza. ¿Qué otra esperanza hay?
Pero los católicos también sabemos que la obra de la salvación realizada por Cristo se expresa a lo largo del tiempo y del espacio a través de la obra de la Iglesia, especialmente en la Misa. Y esto también está en mi mente cuando se acerca la Marcha por la Vida, porque el daño espiritual del aborto exige una respuesta. Cristo ha dado la respuesta definitiva, pero cada uno de nosotros puede unir sus propios y pequeños esfuerzos a los suyos mediante la penitencia y la reparación, la oración y el ayuno, por las cicatrices espirituales que tanto marcan el alma de nuestra amada nación.
Así que esta semana, especialmente: ¡Marcha por la Vida! ¡Reza para que termine el aborto! ¡Actúa para cambiar corazones, mentes y leyes! ¡Sostén a quienes están en necesidad! Y quizá ofrece alguna penitencia, por pequeña que sea, por el bien de nuestra nación y únela al sacrificio del propio Hijo de Dios, en quien reside toda nuestra esperanza.
Acerca del autor:
Stephen P. White es director ejecutivo de The Catholic Project en The Catholic University of America y miembro de Catholic Studies en el Ethics and Public Policy Center.