La reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II y, en particular, el origen y desarrollo del llamado Novus Ordo Missae deben ser abordados con honestidad histórica por el Colegio Cardenalicio ante la evidente pérdida de sacralidad y centralidad de Dios en la liturgia contemporánea, sostiene el obispo suizo Marian Eleganti en una reciente reflexión difundida por LifeSiteNews.
El prelado retoma declaraciones del obispo Athanasius Schneider, realizadas en una entrevista concedida el pasado 20 de enero a la periodista Diane Montagna, en las que se subrayan una serie de hechos históricos frecuentemente ignorados u olvidados por obispos y cardenales en relación con la reforma del rito romano tras el Concilio.
Schneider recuerda que la constitución Sacrosanctum concilium, promulgada el 4 de diciembre de 1963, establecía principios teológicos y pastorales para una reforma prudente de la liturgia, pero no definía en detalle el contenido del nuevo rito. La aplicación práctica quedó en manos del Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia.
En enero de 1965 se publicó un Ordo Missae revisado, que introducía cambios limitados respecto al Misal de 1962 y que fue celebrado por los propios padres conciliares sin suscitar oposición significativa. Sin embargo, en octubre de 1967 se presentó en Roma una “Missa normativa” experimental, que suponía una ruptura mucho más profunda con el rito tradicional.
Un proyecto rechazado que siguió adelante
Ese proyecto experimental fue sometido al primer Sínodo de los Obispos tras el Concilio y recibió una respuesta claramente dividida: 71 votos favorables, 43 en contra y 62 que lo consideraron solo una base para discusión. En términos prácticos, la mayoría de los padres sinodales no otorgó un mandato claro para su adopción.
Pese a ello, el proceso no se detuvo. El trabajo continuó durante los años siguientes, con revisiones sustanciales en textos y estructura, hasta que el 3 de abril de 1969 Pablo VI promulgó el nuevo misal mediante la constitución apostólica Missale Romanum, que entró en vigor el primer domingo de Adviento de ese año. Ese misal es el que hoy se conoce como la Misa según Pablo VI, comúnmente llamada Novus Ordo Missae.
Schneider subraya que este misal de 1969 difiere considerablemente del Ordo de 1965, y que elementos hoy generalizados —como la celebración versus populum o el altar separado del sagrario— no fueron previstos por el Concilio.
Ruptura con la tradición, no desarrollo orgánico
En apoyo de este análisis, el obispo cita una conocida carta de Joseph Ratzinger, escrita en 1976, en la que el entonces teólogo advertía que el nuevo misal rompía con el desarrollo orgánico de la liturgia romana y daba lugar a un libro completamente nuevo, acompañado además de una práctica de marginación del rito anterior sin precedentes en la historia litúrgica de la Iglesia.
Ratzinger recordaba, además, que Sacrosanctum concilium establecía con claridad que no debían introducirse innovaciones sin una verdadera necesidad y que las nuevas formas debían crecer orgánicamente a partir de las existentes.
Pérdida de sacralidad y diagnóstico pendiente
El obispo Eleganti sostiene que estas cuestiones históricas deberían ser afrontadas con seriedad en el próximo consistorio de cardenales, previsto para junio, especialmente ante la crisis litúrgica visible en muchas diócesis: pérdida de la dimensión vertical del culto, centralidad de la asamblea frente a Dios, banalización del espacio sagrado, desplazamiento del sagrario y una insistencia unilateral en el carácter de “comida” de la Misa.
Citando al escritor Martin Mosebach, se habla incluso de una “herejía de la falta de forma” en la praxis litúrgica contemporánea, perceptible —según el prelado— en celebraciones temáticas, improvisadas y centradas en el hombre más que en Cristo.
En este contexto, Eleganti considera que el papa León XIV haría bien en asegurar que los cardenales dispongan de un conocimiento histórico riguroso antes de abordar la cuestión litúrgica, incluyendo el papel de Annibale Bugnini y la influencia protestante en el rediseño del Novus Ordo con fines ecuménicos.
La constitución conciliar, recuerda finalmente Schneider, afirmaba explícitamente la igualdad y dignidad de todos los ritos legítimos de la Iglesia, llamando a su conservación y promoción.
La esperanza expresada por el obispo es clara: sin un diagnóstico honesto, no puede haber sanación, y sin verdad histórica, la reforma litúrgica seguirá siendo un asunto no resuelto en el corazón de la Iglesia.