Hakuna y el efecto campamento

Hakuna y el efecto campamento

Hakuna es ya considerado un movimiento de la Iglesia. Sus miembros, bautizados como pringados, no tienen exactamente normas. Tienen algo parecido a un decálogo hippie en el que se abarca desde sonreír y saludar, mirar a los ojos —lo que nos enseñaron nuestros padres cuando aprendíamos a comunicarnos—, ofrecer el día, “cuidar un Sagrario” —sí, el verbo cuidar, como si Dios fuese un ser que necesitase de nuestros cuidados y no, más bien, de nuestra adoración—, lectura espiritual…

“Prohibido no disfrutar de seguir a Cristo, especialmente en las fiestas y espacios de diversión”, reza dicho decálogo.

Y si hay algo que caracteriza precisamente a los hakuners es eso: la farra.

Hay farra allá por donde van. ¿Retiro espiritual —o God Stop, en la jerga maglana—? Copas. ¿Convivencia de pringados —lo llaman PAM—? Farrón. ¿Viaje de verano —escapada, porque parece que siempre hay que escapar de la realidad y de su tedio—? Doble farra, con temática y disfraces. Todo muy celebrado.

Da la impresión de que no quemaron la etapa de campamentos. Y que, con veinte o treinta años —y algunos incluso con nietos—, necesitan seguir sintiendo esa adrenalina de pertenencia a un grupo, de unidad emocional, de emotivismo compartido y de boy scout tardío. Una espiritualidad con pulsera de tela y fotito de grupo.

Sucede de manera particular con los que van a vivir al estudio: ese convento en el que vivían unas monjas y que Jose Pedro se compró para hacer su casa y la de otros chavales. Allí termina conviviendo un poco de todo: jóvenes de fuera de Madrid, profesionales que se emancipan de su familia unos meses para “vivir la experiencia”, personas que vienen de lejos para conocer la cuna de Hakuna. Comen juntos, celebran Misa, duermen cada uno en su habitación, tienen un horario -se supone, si bien quien conozca un poco más Hakuna sabe que bien les gusta el caos-. Chicos por un lado, chicas por otro —aunque es sabido que la convivencia entre sexos no se vigila escrupulosamente en general en Hakuna—. Bailan, hacen muchos planes, acogen a los que van al estudio de visita o a trabajar. Una comunidad en toda regla. Un reemplazo de la familia con un punto sectario que, curiosamente, a casi nadie le ha levantado sospechas.

Algún sacerdote pasó por esa experiencia creyendo una cosa y salió por patas. Y, por si fuera poco, tienen hasta su propia mascota: unos perros que acompañan a Josepe desde que es un sacerdote solitario que no pertenece ni al Opus Dei ni a la diócesis en términos puristas.

Porque la Iglesia no nació para entretener a nadie. Nació —qué inoportunidad— para convertir. No para llenar fines de semana, ni para anestesiar la soledad con música, ni para sustituir a la familia con una comunidad amable, joven y bien decorada. El cristianismo no es un campamento perpetuo ni una prórroga emocional de la adolescencia: es una Cruz plantada en medio del mundo.

Cristo no dijo “ven y pasalo bien”, sino “ven y sígueme”. Y sígueme es una palabra mucho menos cómoda y bastante menos divertida. La alegría cristiana existe, por supuesto, pero no es la de la farra programada ni la del entusiasmo colectivo: es la que llega después de la renuncia, del silencio, del sacrificio, de la Adoración —no del “cuidado”— de Dios. Cuando la fe se confunde con diversión, deja de exigir; y cuando deja de exigir, deja también de transformar. Entonces ya no estamos ante un camino de conversión, sino ante una experiencia más: bien organizada, bien cantada… y perfectamente prescindible.

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