Esto no es teología moral. Es catequesis de parvulario. Y ni siquiera de las buenas.
El discurso del presidente de la Conferencia Episcopal Española ante el decreto del Gobierno sobre la regularización masiva de inmigrantes ilegales no es solo políticamente alineado; es intelectualmente indigente. Un rosario de lugares comunes —acoger, dignidad, bien común, salud democrática— pronunciados como si bastara con repetir palabras bonitas para resolver problemas complejos.
La escena es conocida. Mentalidad de clase de Religión de colegio concertado: hay que ser buenos, hay que tratar bien a los demás, hay que dar la mano, hay que acoger. Manitas blancas. El Domund. “Pon tu mano en la mano de aquel que te da la mano”. Cero conflicto. Cero trágico. Cero realidad.
Pero la doctrina moral católica no funciona así. No se construye sobre eslóganes sentimentales ni sobre impulsos emocionales. Exige prudencia, discernimiento, jerarquía de bienes y, sobre todo, asumir que no toda buena intención produce un buen resultado. Negar eso no es caridad: es irresponsabilidad.
La Iglesia siempre ha reconocido el deber de acoger al necesitado. También ha enseñado, con la misma claridad, el derecho y el deber de las naciones a ordenar los flujos migratorios, proteger el bien común y preservar la cohesión social. Presentar una regularización masiva como si fuera un acto moralmente indiscutible es falsear deliberadamente esa tradición.
Lo grave no es que un obispo tenga una opinión prudencial concreta. Lo grave es que el presidente del episcopado hable como portavoz de ONG ideologizadas, usando exactamente el mismo marco conceptual que un Gobierno que legisla contra la ley natural y contra la fe católica sin descanso.
Aquí no hay análisis de consecuencias. No hay referencia al efecto llamada. No hay una sola palabra sobre seguridad, sobre presión sobre los servicios públicos, sobre barrios degradados, sobre trabajadores pobres españoles expulsados del mercado laboral. Todo eso desaparece bajo una nube de vocabulario blando.
Y mientras tanto, el pueblo fiel asiste atónito. No porque sea cruel o insensible, sino porque sabe que la realidad no se gobierna con frases de taza de desayuno. Los fieles no piden discursos duros: piden discursos verdaderos. Piden pastores que no les traten como niños a los que basta decirles “sed buenos” para que todo encaje.
La misericordia sin verdad es sentimentalismo. Y el sentimentalismo elevado a política eclesial acaba siendo cruel: con los pobres reales, con las sociedades concretas y con los propios fieles, a los que se les exige obediencia mientras se les niega inteligencia.
No, no se puede hacer teología moral al nivel de “mi mamá me mima”. Y cuando se intenta, el resultado no es evangelio: es propaganda con alzacuellos.
