Me llega por WhatsApp el último mensaje de José Pedro Manglano a sus seguidores, a los que llama “pringados” en la jerga hakunera, ese dialecto interno que mezcla colegueo emocional, espiritualidad de campamento y una alarmante falta de rigor teológico.
Texto íntegro enviado por José Pedro Manglano a sus seguidores:
Mirad a Cristo pringado en cada Misa:
“Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre”. Tomadla, disponed de ella cualquiera de vosotros. No hace falta que mostréis méritos, no hay requerimiento alguno, ni tampoco os exigiré nada. Si te va bien, tómame, úsame, mastícame, tritúrame. Me gustaría que supieseis que libremente me ofrezco y me pongo a vuestra disposición porque quiero que “tengáis derecho” sobre mí, y yo no quiero ningún derecho sobre vosotros. Vivo en un sometimiento obediencial a lo que sea bueno para cada uno de vosotros.
Cada Misa, últimamente, cuando levanto su Cuerpo y su Sangre en la consagración, me viene la necesidad de decirle que yo también quiero ofrecerme, como hace Él, a todas las personas. Ojalá viva así. Ojalá vivamos así: enamorados de Jesucristo, pringado, ofrecido y sin derechos, en esta locura del último lugar, en esta locura de renuncia a cualquier derecho o reconocimiento. ¡Qué bonita es esta pobreza que no se reserva nada!
Preguntémosle cada día: ¿estoy dejándote vivir en mí la locura del último lugar?
Un abrazo desde Río Negro, Colombia: unos días de tocar a Dios en la historia de unos y de otros. Os contaré.
Aupa todos, y a disfrutar
josepe
Hasta aquí la cita. Ahora, el problema. O mejor dicho: los problemas.
El texto quiere ser místico y acaba siendo pueril; pretende ser audaz y resulta confuso; aspira a sonar profundo y termina pareciendo una letra descartada de una canción de Hakuna con pretensiones de tratado espiritual. No es solo una cuestión de estilo —que ya es suficientemente pobre— sino de fondo: el modo en que se habla aquí de la Eucaristía no es simplemente torpe, es teológicamente desfigurado.
Cristo no está “pringado”. Cristo no es una masa disponible, ni un objeto sentimental que se deja “usar”, “masticar” o “triturar” según el estado emocional del fiel. Ese lenguaje, presentado como radicalidad evangélica, introduce sin rubor una inversión completa del orden sacramental: el sujeto soberano pasa a ser el hombre y Cristo queda reducido a material manipulable para la experiencia religiosa del momento. No hay adoración, no hay sacrificio, no hay altar. Hay consumo, hay apropiación psicológica, hay emotividad autocomplaciente. Y conviene recordar, ya que se afirma que “no hay requerimiento alguno”, que la Iglesia siempre ha enseñado que para comulgar es necesario estar en gracia: no por escrúpulo ni por elitismo espiritual, sino porque la Eucaristía no es un derecho automático ni un gesto expresivo. San Pablo lo formula con claridad: quien come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación. Si no había requerimiento alguno, estaría bien que nos hubieran avisado.
La frase clave —y la más grave— es esta: Cristo “no quiere ningún derecho sobre vosotros”. Aquí ya no estamos ante una simple metáfora desafortunada, sino ante una cristología seriamente dañada. Cristo sí tiene derechos sobre el hombre, porque es su Señor. Negarlo no es humildad ni pobreza evangélica: es borrar al Kyrios del Evangelio y sustituirlo por una figura domesticada, blanda, sin autoridad ni señorío, cuya función es confirmar al creyente en su propio deseo. Eso no es cristianismo: es autoayuda emocional revestida de lenguaje litúrgico.
La insistencia obsesiva en el “sin derechos”, en la “renuncia a cualquier reconocimiento”, en la “disponibilidad total”, no remite ni remotamente a san Pablo, ni a los Padres de la Iglesia, ni a la tradición ascética católica. Remite, más bien, a una espiritualidad horizontalizada, sentimental y terapéutica, donde el sacrificio redentor desaparece y la Eucaristía queda reducida a un gesto simbólico que inspira actitudes bonitas y canciones pegadizas.
Y el desliz sacerdotal es aún más preocupante. Cuando Manglano afirma que, al elevar el Cuerpo y la Sangre, siente la necesidad de decir “yo también quiero ofrecerme, como hace Él”, la confusión ya es frontal. El sacerdote no se ofrece como Cristo. No se consagra a sí mismo. No se convierte en materia sacramental ni en prolongación redentora. Su misión no es duplicar el sacrificio, sino actuar in persona Christi. Confundir esto no es un matiz menor: es desdibujar el sacerdocio ministerial y sustituirlo por una espiritualidad del “yo también”, típicamente emotivista.
Todo el texto destila una teología del “último lugar” mal digerida, convertida en consigna emocional, repetida como estribillo y vaciada de toda densidad doctrinal. El resultado es un Cristo sin majestad, sin juicio, sin señorío, reducido a icono “pringado” que legitima cualquier apropiación subjetiva del Misterio.
No estamos ante una herejía formal. Estamos ante algo más peligroso y mucho más extendido: un lenguaje que roza la blasfemia, no porque niegue explícitamente los dogmas, sino porque los diluye, los infantiliza y los vuelve irreconocibles. Y eso, en la Iglesia, suele hacer más daño que la herejía abierta.